La teoría de los muertos que escriben

Capítulo VII: Las palabras bajo la luz.

Lyssandra

Las letras dejaron de aparecer con la misma lentitud y suavidad con la que habían nacido, como si hubieran agotado la energía necesaria para formar la frase. El silencio que quedó después fue todavía más inquietante que cualquier ruido, más pesado que la humedad de la noche y más difícil de soportar que la propia lluvia. Sentía que el mundo entero había contenido la respiración junto conmigo, detenido en un instante que parecía no querer avanzar.

No podía apartar la vista del manuscrito que sostenía entre mis manos. Cada vez que aquellas páginas se movían solas y la tinta surgía de la nada, una parte de mí seguía esperando encontrar una explicación razonable, alguna lógica que me permitiera seguir creyendo que todo tenía una causa normal. Quizás se tratara de algún truco elaborado con productos químicos especiales, o de un mecanismo oculto que reaccionaba con el calor o la humedad, o simplemente una ilusión óptica provocada por la luz cambiante de las linternas.

Pero ya no quedaban excusas. Había visto demasiadas cosas imposibles en muy poco tiempo. Y ahora Kaelor también las había visto con sus propios ojos.

Levanté la mirada con mucha cautela, como si temiera interrumpir algo que aún no había terminado. El inspector seguía inmóvil, observando el libro con una intensidad que casi podía sentirse en el aire. Su expresión permanecía serena, firme y casi imperturbable, tal como era su costumbre, pero sus ojos habían cambiado. Durante las últimas horas había visto en ellos seguridad absoluta, capacidad de análisis frío, desconfianza saludable y hasta cierto escepticismo inquebrantable.

Ahora veía otra cosa. Una duda pequeña, casi invisible, que apenas alteraba su mirada, pero que estaba ahí, abriéndose paso poco a poco entre sus convicciones. Y comprendí que, aunque intentara negarlo o buscar razones alternativas, acababa de cruzar la misma línea que yo había cruzado al abrir la primera página de aquel libro. Ya nada volvería a ser igual para él.

—Ahora me cree… ¿verdad? —pregunté con un hilo de voz, casi sin fuerza, como si necesitara escuchar sus palabras para confirmar que no estaba completamente sola en aquella pesadilla.

No respondió enseguida. Permaneció unos segundos más inclinado levemente sobre el manuscrito, sin llegar a tocarlo, y leyó nuevamente la frase que acababa de aparecer, como si repetirla pudiera ayudarle a asimilarla mejor. Después respiró hondo, llenando los pulmones de aire frío y húmedo, y finalmente levantó la vista hacia mí.

—Creo lo que estoy viendo —respondió con calma, sin añadir nada más.

Aquella respuesta me sorprendió, aunque tenía sentido. No dijo que creyera en el manuscrito como algo sobrenatural, ni en la magia, ni en fuerzas que desafiaran las leyes de la naturaleza. Simplemente aceptaba un hecho indiscutible: había presenciado cómo aparecían palabras sobre el papel sin que nadie las escribiera. Y eso, para un investigador acostumbrado a guiarse solo por lo que podía ver y comprobar, era suficiente para empezar a cambiar todas sus reglas.

Cerré lentamente el libro, con cuidado de no hacer un movimiento brusco. En cuanto las tapas se juntaron, las páginas dejaron de moverse al instante, como si hubieran estado esperando precisamente aquel gesto para quedarse quietas. Durante unos segundos más ninguno de los dos habló, dejando que el sonido constante de la lluvia volviera a ser el único sonido del callejón.

Finalmente reuní fuerzas para romper el silencio.

—No fue siempre así —dije con voz más firme, aunque todavía temblorosa por dentro.

Kaelor levantó la vista, atento a cada palabra.

—¿Qué quiere decir? ¿Cómo era al principio?

Apreté el manuscrito contra mi pecho, sintiendo su peso familiar y al mismo tiempo inquietante.

—Cuando llegó a mi casa, hace apenas unas horas, era solo un libro viejo, nada más. De aspecto desgastado, papel amarillento y cubierta oscura. Pensé que alguien me había gastado una broma de mal gusto, o que un lector obsesionado con mis novelas me lo había enviado como regalo extraño. Ni siquiera tenía título visible, ni firma, ni ninguna indicación de quién podía ser su autor.

Solo recordar aquellos primeros momentos me produjo un escalofrío que me recorrió toda la espalda.

—Las primeras páginas estaban completamente en blanco, sin ninguna marca, sin ninguna línea, como si el libro estuviera esperando a que algo o alguien le diera permiso para empezar a existir.

El inspector escuchaba con atención, sin interrumpir, dejando que continuara.

—Después, poco a poco, comenzaron a aparecer frases breves, detalles de lugares, de horas, de personas… y con cada lectura se hacía más claro, más detallado, más real. Y desde entonces nunca volvió a detenerse. Parece que tiene su propio ritmo, su propio tiempo y sus propias reglas.

Kaelor permanecía inmóvil, procesando cada dato con la misma meticulosidad con la que analizaba cualquier prueba.

—¿Todo lo que escribe… ocurre tal cual está descrito? —preguntó finalmente, formulando la pregunta más importante y más peligrosa de todas.

Negué lentamente con la cabeza, sintiendo que el miedo regresaba con más fuerza que antes.

—Eso es lo peor de todo. Es lo que más confunde y lo que más asusta.

Él frunció ligeramente el ceño, con una expresión de preocupación creciente.

—Explíquese mejor, por favor. ¿No siempre se cumple?

Tomé aire profundamente, buscando las palabras adecuadas para explicar algo que yo misma apenas comprendía.

—Al principio pensé que el libro solo predecía lo que iba a suceder. Que era como tener una visión del futuro, algo terrible pero que al menos nos daba tiempo para intentar cambiarlo. Bajé la mirada hacia el suelo mojado y continué con mayor gravedad—. Pero ahora creo que hace algo mucho más peligroso y mucho más difícil de detener.

El silencio volvió a instalarse entre nosotros, más pesado que nunca.




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