Lyssandra
El silencio se prolongó durante varios segundos, pesado y cargado de una tensión que parecía crecer con cada gota de lluvia que caía sobre el suelo empedrado. Seguíamos inmóviles bajo aquella cortina de agua fina y persistente, observando la cubierta del manuscrito como si esperáramos que en cualquier momento apareciera una nueva frase, un nuevo título o un nuevo detalle que nos ayudara a entender mejor lo que estábamos viviendo. Sin embargo, las letras que acababan de formarse permanecieron completamente quietas, brillando tenuemente sobre el cuero oscuro y desgastado antes de perder poco a poco aquel aspecto húmedo y fresco, hasta quedar totalmente secas, firmes y definidas, como si hubieran estado grabadas allí desde hacía muchos años, mucho antes de que yo siquiera hubiera recibido el libro.
Kaelor fue el primero en romper aquel silencio casi irreal. Su voz sonó tranquila, pero con una nota de curiosidad y preocupación que antes no tenía.
—¿Siempre hace esto? ¿Cambia, aparece o escribe cosas nuevas cuando menos lo esperas?
Negué despacio con la cabeza, sintiendo cómo la angustia crecía en mi interior cada vez que pensaba en lo impredecible que era todo aquello.
—No. Nunca repite exactamente el mismo comportamiento. Cada vez encuentra una forma distinta de sorprenderme, de asustarme o de dejarme con más dudas que respuestas. A veces permanece inmóvil y silencioso durante horas, haciéndome creer que todo ha terminado, y de repente empieza a moverse o a escribir como si acabara de despertar de un largo sueño. Es imposible anticiparse a él.
El inspector volvió a observar con atención el título recién aparecido: Los muertos que escriben. Lo recorrió con la mirada de arriba abajo, como si buscara alguna señal, alguna pista oculta que pudiera darle sentido a todo aquello.
—Entonces tampoco sabe con seguridad cuáles son sus límites —añadió con un tono que sonaba más como una afirmación que como una pregunta.
Sentí un nudo muy fuerte en el estómago, como si una mano invisible me apretara suavemente pero con firmeza.
—No estoy segura de que tenga alguno —respondí con sinceridad, sabiendo que aquellas palabras eran las más peligrosas que podía pronunciar.
Aquella idea quedó suspendida en el aire, mezclada con el olor a tierra mojada y a humedad. Hasta ese momento yo había intentado comprender el manuscrito como si fuera un rompecabezas complicado, pero con piezas que al final encajarían. Pensaba que, tarde o temprano, descubriría una regla, un orden o una explicación lógica que me permitiera controlarlo o al menos predecir sus movimientos. Pero cuanto más tiempo pasaba con él, más comprendía que no era yo quien decidía cómo funcionaba: era el libro quien imponía sus propias reglas, sus propios tiempos y sus propios hechos, y nosotros solo podíamos observar y reaccionar cuando ya era casi demasiado tarde.
Kaelor cerró lentamente la cubierta del manuscrito con mucho cuidado, como si estuviera cerrando una puerta que fuera mejor dejar cerrada para siempre. Sin embargo, en cuanto sus dedos se separaron del cuero, pareció tomar una decisión firme y clara.
—Necesito hacerle una pregunta muy importante —dijo con seriedad.
Asentí, preparada para cualquier cosa.
—Adelante.
—¿Ha intentado destruirlo? ¿Arrojarlo al fuego, cortarlo, romperlo o deshacerse de él de cualquier forma posible?
La pregunta me hizo contener el aliento durante unos segundos. Era algo que yo misma había deseado hacer desde el primer momento en que comprendí que aquel libro traía consigo peligro y muerte. Permanecí mirando el suelo mojado, viendo cómo el agua corría formando pequeños arroyuelos, antes de reunir el valor suficiente para responder.
—Sí. Lo intenté con todas mis fuerzas y con todos los medios que se me ocurrieron.
El inspector esperó en silencio, sin interrumpir, permitiéndome continuar.
—Lo arrojé al fuego de la chimenea de mi casa apenas apareció la primera frase que anunciaba la muerte de alguien. Las llamas eran altas y calientes, y rodearon el libro por completo durante varios minutos. Vi cómo el humo salía entre las páginas y pensé que al fin estaría libre de él. Pero cuando el fuego se apagó y quedaron solo las cenizas, el manuscrito seguía exactamente igual: intacto, sin una sola marca de quemadura, sin el menor daño, como si el calor no hubiera podido tocarlo en absoluto.
Respiré hondo para calmarme antes de seguir contando lo demás.
—Después intenté romper las hojas o arrancarlas una por una. Parecen de papel común, del mismo grosor y textura que cualquier libro antiguo, pero son mucho más resistentes. No pude rasgarlas ni siquiera con unas tijeras afiladas. También traté de tirarlo al río que pasa cerca de mi barrio, esperando que el agua se lo llevara lejos y lo hundiera para siempre. Pero cuando volví y entré a mi estudio, estaba de nuevo sobre la mesa, en el mismo lugar donde lo había dejado la primera vez que lo vi, completamente seco y sin una sola gota de agua.
Vi cómo Kaelor procesaba cada una de mis palabras, analizándolas con la misma lógica que aplicaba a cualquier otra prueba de sus investigaciones. No hizo ningún comentario, ni expresó incredulidad ni sorpresa exagerada; simplemente aceptó la información como un dato más dentro de aquel caso que ya superaba todos los límites de lo habitual.
—¿Y alguien más lo ha visto o ha tenido contacto con él antes que yo? —preguntó después de unos segundos de reflexión.
La imagen del hombre vestido de negro apareció de inmediato en mi mente: su figura tranquila, su mirada profunda y triste, sus palabras llenas de advertencias que yo no había sabido entender del todo.
—Sí —respondí en voz baja.
—El hombre del sombrero y el abrigo oscuro —completó él, como si ya hubiera deducido la respuesta.
Asentí con la cabeza.
—Exacto. Él parecía conocer el manuscrito mejor que nadie. Sabía lo que hacía, sabía qué significaban sus palabras y también sabía cuáles eran los riesgos de acercarse demasiado a él. Su forma de hablar y de moverse daba la sensación de que ya había vivido todo esto muchas veces antes.