Lyssandra
La primera reacción fue correr.
Ni Kaelor ni yo dijimos una sola palabra. No hacía falta. Bastó una mirada rápida y compartida para comprender que, a partir de ese momento, el tiempo acababa de convertirse en nuestro peor enemigo. Cada segundo que pasaba sin saber quién era la siguiente víctima o dónde podría ocurrir el nuevo crimen era un segundo que nos acercaba un poco más al fracaso y a la muerte de alguien más.
El inspector tomó la hoja sellada entre sus manos con extremo cuidado, como si fuera un cristal muy fino y delicado que pudiera romperse o desaparecer en cualquier instante. La observó durante apenas unos segundos, girándola levemente bajo la luz de las linternas, como si esperara que la tinta se moviera de nuevo, que apareciera un nombre, una dirección o cualquier detalle que nos permitiera actuar con rapidez.
Pero nada ocurrió.
La tinta se había detenido por completo, fija y oscura sobre el papel antiguo. Solo permanecía aquella frase inquietante y ambigua:
“Mientras ellos buscan respuestas… el asesino ya ha elegido a la segunda víctima.”
Nada más. Ningún nombre propio, ninguna calle, ninguna hora exacta, ni siquiera una descripción que pudiera servirnos para empezar a proteger a alguien. Era solo una advertencia clara, pero al mismo tiempo vacía de información útil.
Kaelor respiró profundamente, llenando sus pulmones de aire frío y húmedo, y soltó un susurro entre dientes cargado de frustración.
—Maldita sea…
Era la primera vez desde que lo conocía que lo escuchaba perder, aunque fuera por un instante, ese absoluto control y serenidad que siempre parecía mantener sobre cada situación. Por un momento, incluso él parecía sentirse superado por algo que escapaba a todas las reglas que conocía.
Guardó la evidencia con cuidado dentro de su bolsa de trabajo y se volvió hacia mí con una expresión más firme y decidida, como si ya estuviera reorganizando sus pensamientos y buscando una nueva forma de actuar.
—Necesito saber una cosa muy importante —dijo con voz seria pero tranquila.
Asentí de inmediato, dispuesta a responder cualquier cosa que pudiera ayudarnos.
—Por supuesto. Lo que sea.
—¿El manuscrito alguna vez escribió un nombre completo, una identidad o datos precisos antes de que ocurriera un crimen? ¿O siempre se mantiene en este nivel de pistas y advertencias vagas?
Cerré los ojos un instante, concentrándome para recordar cada detalle de lo que había aparecido en las páginas desde que el libro llegó a mis manos. Cada palabra, cada frase, cada sensación que había sentido.
—No… nunca de forma inmediata —respondí con sinceridad.
El inspector frunció el ceño, buscando entender mejor su funcionamiento.
—¿Qué quiere decir exactamente? ¿Aparecen después?
—Sí. Al principio solo aparecen pistas: lugares, objetos, sensaciones, frases que parecen no tener sentido hasta que todo ha ocurrido. Es como si fuera armando el rompecabezas poco a poco, pero nosotros solo pudiéramos ver las piezas una vez que ya están colocadas. Después… cuando ya es demasiado tarde para cambiar nada, cuando el crimen ya se ha consumado… entonces llegan los nombres, las fechas exactas y todos los detalles completos.
Vi cómo esa respuesta aumentaba todavía más su preocupación. Si lo que decía era cierto, significaba que el libro no tenía ninguna intención de ayudarnos a impedir lo que escribía. Al contrario: parecía diseñado para hacernos correr detrás de una historia que ya estaba escrita, pero que solo podíamos entender una vez que el daño ya estaba hecho. Era como si disfrutara obligándonos a perseguir sus palabras sin poder alcanzarlas nunca a tiempo.
Kaelor permaneció unos segundos completamente inmóvil, procesando esta nueva información y buscando una salida a ese callejón sin salida. Luego, poco a poco, recuperó esa seguridad y claridad mental que siempre le caracterizaba al enfrentarse a cualquier problema difícil.
—Entonces cambiaremos nuestra estrategia —anunció con firmeza.
Lo miré con cierta confusión, sin comprender bien a qué se refería.
—¿Cómo? Si no podemos saber quién es la víctima ni cuándo ocurrirá, ¿qué más podemos hacer?
—Dejaremos de perseguir el final de la historia —explicó despacio, como si estuviera explicando un razonamiento que acababa de surgirle con claridad—. Si no podemos evitar que se cumpla lo que está escrito, buscaremos algo mucho más importante: el principio de todo.
Fruncí el ceño, interesada pero todavía confundida.
—Explíquese mejor, por favor.
—Todo libro tiene un origen. Todo escrito tiene un comienzo, un lugar donde nació y alguien que lo creó o le dio forma. —Señaló con la mirada el manuscrito que ahora descansaba protegido entre nosotros—. Y alguien tuvo que escribir la primera página, mucho antes de que usted lo recibiera en su casa. Si queremos detenerlo, quizás no tengamos que correr detrás de sus palabras, sino encontrar el lugar donde empezó todo.
Aquellas palabras hicieron que algo despertara en mi memoria, algo que hasta ese momento había permanecido oculto entre el miedo, la confusión y la sensación de estar atrapada en una pesadilla. Una imagen lejana, un recuerdo de infancia y también un comentario que el hombre vestido de negro me había hecho poco antes de desaparecer.
Sentí un escalofrío que me recorrió toda la espalda, más fuerte que el frío de la noche.
—Creo… creo que sé dónde deberíamos empezar —dije con voz más baja, casi como si temiera pronunciarlo en voz alta.
Kaelor levantó la vista de inmediato, atento y con renovada esperanza.
—¿Dónde? Diga todo lo que recuerde.
Tragué saliva con dificultad, sintiendo cómo mi corazón latía con más fuerza.
—Cuando ese hombre habló conmigo, justo antes de que desapareciera, mencionó algo que no le di importancia en ese momento. Hablaba de un lugar donde se guardan historias que no deberían salir nunca a la luz. Mencionó una biblioteca.