Kaelor
La hoja permanecía inmóvil entre mis manos, como si estuviera esperando a que encontráramos todos sus secretos antes de permitirnos avanzar. La lluvia seguía cayendo con la misma constancia inalterable de toda la noche, golpeando con suavidad las carpas y los adoquines, pero aquella página continuaba completamente seca, cálida al tacto y sin una sola marca de humedad, como si el agua hubiera decidido respetarla y mantenerse alejada de su superficie. La observé durante varios segundos con atención, repasando una y otra vez la frase escrita con tinta oscura y firme en el centro:
“Si desean encontrar la Biblioteca del Silencio… dejen de buscar al asesino.”
No me gustaban los mensajes anónimos. En mi trabajo, las pistas que aparecían solas y sin explicación solían ser peligrosas: o bien llevaban a callejones sin salida, o bien estaban diseñadas para desviar la atención y ocultar la verdad. Mucho menos me gustaban aquellas que parecían conocer cada uno de nuestros movimientos, cada decisión que tomábamos y cada duda que nos surgía. Era como si alguien estuviera observándonos desde las sombras, dirigiendo nuestros pasos sin que nos diéramos cuenta.
Con mucho cuidado y sin dañar en absoluto el papel, di vuelta la hoja para revisar el reverso. A primera vista parecía estar completamente en blanco, sin ninguna marca, sin ninguna palabra ni dibujo que pudiera añadir más información. Pero sabía que a veces las respuestas más importantes no siempre están a la vista más sencilla.
La acerqué mejor a la luz intensa de una linterna portátil que uno de los peritos había dejado sobre la mesa de trabajo. Inclinándola en distintos ángulos y cambiando la dirección de la luz, empecé a observar detalles que antes pasaban desapercibidos. El papel era más grueso y resistente de lo habitual, con una textura más áspera y pequeñas fibras oscuras bien incrustadas en su estructura, lo que indicaba que era mucho más antiguo y de mejor calidad que el papel común. No había tinta visible, ni marcas de agua, ni sellos oficiales, ni nada que permitiera identificar su origen.
Sin embargo, algo llamó mi atención casi al instante.
En el extremo inferior izquierdo, había una ligera irregularidad apenas perceptible. No era una mancha, ni una zona más oscura ni más clara. Era simplemente una pequeña diferencia de textura, como si el papel hubiera sido comprimido o trabajado de forma distinta en ese punto.
Pasé muy suavemente la yema del guante sobre esa zona, sintiendo con cuidado cualquier variación. No era una simple marca de manipulación. Era un relieve muy sutil, casi imperceptible al tacto normal. Como si alguien hubiera escrito una palabra o un nombre con tanta fuerza y presión sobre el papel que hubiera quedado grabada en su superficie, aunque no hubiera utilizado tinta para dejarla visible a simple vista.
—Lyssandra —la llamé en voz baja.
Ella se acercó despacio, todavía con el manuscrito protegido entre sus brazos, y se inclinó para observar mejor.
—¿Qué ocurre? ¿Hay algo más escrito?
—Mire esta esquina —le señalé con el dedo sin tocar directamente el papel—. Parece que hay algo grabado, pero no se ve a simple vista.
Entrecerró los ojos, intentando distinguir cualquier cambio bajo la luz que se movía levemente.
—Sí… ahora que lo dice, parece como si hubiera una palabra muy suavemente marcada, pero borrada o cubierta de alguna forma.
Asentí con seguridad.
—Exacto. Fue borrada, o mejor dicho, eliminada para que no pudiera leerse con facilidad. Pero el papel conserva la memoria de lo que escribió sobre él.
Saqué de mi bolsillo una pequeña linterna ultravioleta que siempre llevaba conmigo, una herramienta muy útil para revisar documentos alterados, restos de tinta antiguos o marcas que habían sido borradas a propósito. La encendí y dirigí su luz suave y azulada directamente sobre la zona donde estaba el relieve.
Durante unos segundos no ocurrió nada. El papel siguió mostrándose igual de limpio y oscuro bajo esa luz especial. Pero poco a poco, como si estuvieran despertando de un largo sueño, comenzaron a aparecer unos trazos muy débiles y tenues de color azulado. No era tinta reciente, brillante ni llamativa; eran restos casi imperceptibles, muy antiguos y que apenas se distinguían del resto de la superficie.
Las letras empezaron a revelarse lentamente, una por una, formando un nombre con claridad creciente:
Primero una E, luego una l, después una i, una a y una s. Seguía una V mayúscula y algunas letras más… pero de repente todo se cortaba y desaparecía. La última parte del nombre estaba completamente destruida, raspada o eliminada con tal cuidado que no quedaba ni el más mínimo rastro. Solo podía leerse claramente:
“Elias V…”
El resto se perdía para siempre.
Sentí una punzada de frustración que se mezclaba con la inquietud.
—Alguien quiso borrar su identidad —dije en voz baja—. Dejó lo suficiente para hacernos saber que había un nombre, pero eliminó lo necesario para que no pudiéramos averiguar de quién se trataba.
Lyssandra permanecía inmóvil, con la mirada fija en aquellas letras incompletas.
—¿Quién será? ¿Y por qué habrían de borrarlo de esa forma tan cuidadosa?
Negué despacio con la cabeza, sintiendo que cada nuevo detalle nos acercaba más al misterio, pero también nos alejaba un poco más de las respuestas sencillas.
—No lo sé todavía. Pero estoy seguro de una cosa: ese nombre estaba aquí por una razón. Ya sea para guiarnos, para advertirnos o para ocultar algo importante, no apareció por casualidad.
Guardé cuidadosamente la hoja dentro de una nueva funda de plástico transparente, sellándola correctamente para que se conservara intacta y pudiera ser analizada más adelante con equipos más precisos en el laboratorio. Mientras terminaba de cerrarla, uno de los agentes que vigilaba la entrada del callejón se acercó corriendo con un sobre delgado y una expresión de cierta urgencia.