Kaelor
La lluvia había cesado poco antes del amanecer, dejando tras de sí una sensación de limpieza y tranquilidad que contrastaba con la inquietud que nos acompañaba desde hacía horas. Las calles aún conservaban ese brillo húmedo y oscuro que dejaban las tormentas nocturnas, y una neblina ligera y blanquecina comenzaba a levantarse entre los edificios antiguos de la ciudad, envolviendo las esquinas y las fachadas como un velo suave y misterioso.
Conducía en silencio, concentrado en el camino, mientras las primeras luces anaranjadas y doradas del amanecer se reflejaban suavemente sobre el parabrisas mojado. Lyssandra permanecía sentada a mi lado, abrazando el manuscrito con la misma fuerza y protección con la que alguien sostendría un objeto capaz de salvarle la vida… o de condenarla para siempre. Sus dedos no se separaban de la cubierta oscura ni un instante, como si sintiera que si lo soltara aunque fuera un segundo, todo podría descontrolarse y salirse de nuestras manos.
Ninguno de los dos había podido dormir ni un solo minuto. Había demasiadas preguntas sin respuesta, demasiados detalles que no encajaban y demasiadas señales que parecían llevarnos hacia algo mucho más grande y antiguo de lo que habíamos imaginado al principio. La frase escrita en aquella hoja que apareció de la nada no dejaba de repetirse una y otra vez en mi mente, como una advertencia constante:
“Si desean encontrar la Biblioteca del Silencio… dejen de buscar al asesino.”
No me gustaban las órdenes disfrazadas de consejos ni las pistas que aparecían sin autor ni explicación clara. En mi experiencia profesional, las cosas que llegaban solas a menudo ocultaban una trampa o una intención oculta. Sin embargo, esta investigación ya me había enseñado una lección muy importante: ignorar los mensajes relacionados con aquel manuscrito y con todo lo que representaba solía tener consecuencias mucho peores que seguirlos, aunque parecieran llevarnos a terrenos desconocidos y peligrosos.
Giré el volante suavemente y detuve el automóvil frente a un edificio discreto y de aspecto sólido, ubicado en una zona tranquila y poco transitada de la ciudad. Era la División de Archivos Históricos de la policía, un lugar que muy pocas personas conocían o visitaban. Allí terminaban guardados todos los expedientes demasiado antiguos, los casos que quedaban sin resolver durante años y las investigaciones que, con el paso del tiempo, habían dejado de interesar a todo el mundo, olvidadas bajo capas de polvo y silencio.
Pero a mí nunca me habían gustado los casos olvidados. Por el contrario, sabía muy bien que muchas veces la verdad más profunda y duradera sobrevivía precisamente allí, donde nadie volvía a buscarla, donde nadie esperaba encontrar nada nuevo y donde las respuestas podían permanecer intactas durante décadas, esperando a que alguien las descubriera de nuevo.
Bajé del vehículo y miré a Lyssandra, que también había levantado la vista hacia la fachada sencilla y sin adornos del edificio.
—Empezaremos aquí —le dije con calma pero con firmeza—. Si existe alguna pista, alguna referencia o cualquier dato que nos ayude a entender qué está pasando, es muy probable que esté esperándonos en estos archivos.
Ella levantó la mirada con una mezcla de esperanza y desconfianza.
—¿Cree realmente que encontraremos algo útil entre tantos papeles viejos y polvorientos?
—No lo sé con seguridad —respondí con sinceridad—. Pero si alguien ha intentado borrar una historia completa durante años, si ha querido eliminar nombres, huellas y recuerdos para que nadie descubra lo que ocurrió, siempre comete un error. Siempre queda algún rastro pequeño, alguna nota olvidada o algún detalle que se le escapa. Y esos rastros son los que vamos a buscar.
Abrí la puerta principal con mi credencial oficial y entramos juntos. El aire era más fresco y un poco más frío que en la calle, y ya se empezaba a percibir ese olor inconfundible a papel antiguo, tinta seca y madera vieja que siempre acompaña a los lugares donde se guardan documentos durante mucho tiempo.
El archivo ocupaba todo el subsuelo del edificio, un espacio amplio y silencioso donde el tiempo parecía avanzar mucho más despacio que en el resto de la ciudad. Decenas de estanterías metálicas muy altas se extendían en largas filas, llegando hasta el techo, y estaban completamente repletas de cajas grises, carpetas de cartón desgastado y documentos de todos los tamaños y épocas. Las luces eran suaves y cálidas, pero creaban sombras largas y tranquilas entre las estanterías, dando una sensación de inmensidad y de historia acumulada durante generaciones.
Un empleado de cabello completamente blanco y aspecto tranquilo levantó la vista desde su escritorio al vernos entrar. Nos saludó con una sonrisa amable y un gesto de respeto.
—Inspector Dravenis… hace mucho tiempo que no le veo por aquí. ¿Busca algún caso en especial?
Asentí brevemente, y le expliqué con claridad y precisión lo que necesitaba.
—Exacto. Necesito que me busque todos los expedientes relacionados con desapariciones sin resolver ocurridas durante los últimos cien años, en especial aquellos que involucren a investigadores, bibliotecarios, profesores, restauradores o especialistas en manuscritos antiguos y documentos históricos.
El hombre arqueó una ceja con expresión de sorpresa, pero sin hacer preguntas innecesarias.
—Es una búsqueda bastante específica y poco frecuente. Puede llevar un poco de tiempo, pero haré lo posible por reunir todo lo que encaje con esa descripción.
—Precisamente por eso es importante —respondí—. Cuanto más específicos seamos, más cerca estaremos de encontrar lo que realmente importa.
Sin hacer más comentarios, el archivista asintió y desapareció entre las filas de estanterías, alejándose poco a poco hasta que su figura se perdió entre las sombras y el silencio.