Kaelor
La fotografía permaneció varios minutos inmóvil sobre la mesa de madera, como si se hubiera convertido en parte de aquel lugar lleno de historias olvidadas. Ninguno de los dos era capaz de apartar la vista de ella, cautivados y a la vez inquietos por lo que revelaba. El silencio de la sala adquirió un peso completamente distinto: ya no era solo la tranquilidad habitual de un archivo lleno de documentos antiguos y polvo acumulado, sino el silencio profundo y cargado de significado de una verdad que llevaba demasiado tiempo escondida y que acababa de decidir dejarse ver.
Volví a observar con detenimiento cada rincón y cada detalle de la imagen, buscando cualquier señal, cualquier pista que pudiera ayudarnos a comprender mejor lo que estábamos descubriendo. El edificio que aparecía en la fotografía parecía enorme, imponente y construido para durar siglos. Sus gruesos muros de piedra oscura estaban cubiertos parcialmente por enredaderas que, con el paso del tiempo, habían crecido hasta cubrir gran parte de su superficie, dándole un aspecto antiguo y casi salvaje. Varias estatuas de figuras desconocidas y deterioradas por el tiempo custodiaban la amplia escalinata que conducía a la entrada principal, como si estuvieran allí para vigilar que nadie ajeno pudiera entrar sin permiso. Sobre el gran arco de piedra que formaba la puerta principal podía leerse claramente, a pesar del desgaste de los años, el nombre que hasta ese momento solo habíamos escuchado como una leyenda:
BIBLIOTECA DEL SILENCIO.
Sin embargo, no era el edificio ni su nombre lo que más llamaba mi atención en aquel instante. Era aquella figura que permanecía apartada del resto.
El hombre seguía allí, quieto, inmóvil y en silencio, observando directamente hacia donde estaba el fotógrafo, como si supiera que en el futuro alguien encontraría aquella imagen y se detendría a mirarla con atención. No sonreía, no saludaba, no parecía participar de ningún acto o celebración junto a las demás personas que aparecían reunidas en la escalinata. Era como si fuera una presencia constante, un testigo silencioso de todo lo que ocurría a su alrededor, y como si ya supiera con absoluta certeza que algún día alguien descubriría aquella fotografía… y estaría esperando exactamente ese momento.
—No ha cambiado nada… —susurró Lyssandra con voz apenas audible, como si temiera que incluso pronunciarlo en voz alta pudiera alterar algo.
Negué lentamente con la cabeza, sintiendo cómo la sensación de irrealidad crecía en mi interior.
—No… no ha cambiado en absoluto. Es imposible, pero aquí está la prueba.
Acercamos más la fotografía hacia la luz cálida y suave de la lámpara para verla con mayor detalle. Las personas que aparecían junto a él vestían ropas que correspondían claramente a una época muy lejana: algunos hombres llevaban sombreros de ala ancha y trajes oscuros con cortes diferentes a los actuales, mientras que las mujeres vestían largos vestidos de telas pesadas y elegantes, con peinados y accesorios propios de hacía muchas décadas.
Sin embargo, él llevaba exactamente el mismo abrigo largo y oscuro, el mismo estilo de ropa y la misma postura que habíamos visto apenas unas horas antes, bajo la lluvia y entre las sombras de las calles de la ciudad. Su expresión era idéntica, su mirada profunda y tranquila, y su edad parecía no haber avanzado ni un solo día en todo ese tiempo. Era algo que desafiaba todas las leyes de la naturaleza, todo lo que sabíamos sobre el paso del tiempo y sobre la vida humana.
—Es imposible —repetí en voz baja, más para mí mismo que para ella—. O al menos debería haberlo sido. Pero ya hace tiempo que la lógica y las explicaciones habituales han dejado de ser suficientes para entender lo que nos rodea.
Respiré hondo, intentando mantener la calma y la claridad mental necesarias para seguir avanzando.
—Necesitamos saber con exactitud cuándo fue tomada esta fotografía. Esa fecha nos dirá mucho más de lo que imaginamos.
Con mucho cuidado y sin doblar ni dañar el papel viejo, le di la vuelta a la imagen para ver si había alguna anotación o referencia en el reverso. Allí, escrita con una caligrafía firme y cuidada aunque ya un poco descolorida por el paso de los años, solo había una breve nota:
“Inauguración del ala occidental.”
Y justo debajo, con números claros y bien definidos:
“17 de octubre de 1924.”
Lyssandra levantó lentamente la vista hacia mí, con los ojos muy abiertos por la sorpresa y la inquietud.
—Más de cien años… ha pasado más de un siglo desde que se tomó esta fotografía.
Asentí despacio, sintiendo cómo una sensación extraña y pesada comenzaba a instalarse en mi pecho.
—Exacto. Y él ya estaba allí, con el mismo aspecto, la misma edad y la misma presencia. Si esta fecha es auténtica —y todo indica que lo es— significa que el hombre del sombrero lleva vivo, o existiendo de alguna forma, más de un siglo entero.
No había ninguna explicación lógica, médica o científica que pudiera justificar algo así. Pero desde que el manuscrito había aparecido, desde que habíamos visto palabras formarse solas y historias cumplirse tal cual estaban escritas, sabíamos que estábamos ante algo que funcionaba con reglas muy distintas a las que conocemos.
Seguí revisando con mucho cuidado el interior de la vieja caja de madera, asegurándome de que no hubiera nada más oculto entre sus paredes. A simple vista parecía completamente vacía, salvo por aquella fotografía que ya nos había dado más respuestas y más preguntas al mismo tiempo. Sin embargo, al pasar la mano por la base de la caja, noté que tenía una sensación extraña, como si no fuera tan sólida como parecía.
Golpeé suavemente la base con los nudillos, apenas con suficiente fuerza para escuchar el sonido que producía. El sonido fue claro y revelador: hueco.