Lyssandra
Los días posteriores a nuestra visita a la División de Archivos Históricos transcurrieron con una inquietante y engañosa normalidad. Era esa clase de calma que no tranquiliza en absoluto, sino que hace sentir que algo terrible está reuniendo fuerzas en silencio, preparándose para volver a aparecer con más fuerza y crueldad que antes. El aire parecía más denso, el tiempo avanzaba de una forma extraña y cada rincón de mi casa me parecía guardar una sombra que antes no estaba allí.
Después de encontrar el Expediente Cero, Kaelor y yo apenas hablamos. No porque hubiéramos discutido, ni porque hubiera surgido alguna desconfianza entre nosotros. Al contrario: ambos comprendíamos perfectamente que necesitábamos tiempo y silencio para ordenar todo lo que habíamos descubierto, para asimilar que estábamos ante algo que no tenía explicación y que nos superaba por completo. Sabíamos que cada nueva revelación nos acercaba más a la verdad, pero también nos acercaba más al peligro.
Aquella misma noche nos despedimos frente a la entrada del edificio de los archivos. El aire estaba frío y el silencio de la calle parecía reflejar el que llevábamos dentro. Él guardó con extremo cuidado la fotografía de la Biblioteca del Silencio y las copias autorizadas del Expediente Cero dentro de un maletín de cuero oscuro, asegurándose de que quedaran bien protegidos. Yo seguía sosteniendo el manuscrito contra mi pecho, abrazándolo como si fuera la única cosa real en medio de un sueño confuso y aterrador.
Antes de subir al automóvil, Kaelor se detuvo y me miró con una seriedad distinta a la de costumbre, una mezcla de preocupación sincera y respeto por lo que estaba viviendo.
—Lyssandra… si nota cualquier cambio en el manuscrito, por pequeño que sea, cualquier palabra nueva, cualquier movimiento o sensación extraña… llámeme inmediatamente. No importa la hora que sea.
Asentí con firmeza, aunque sentía el peso de la soledad que se avecinaba.
—Usted haga lo mismo —le respondí—. Si descubre algo sobre el Primer Escriba, sobre su identidad o sobre cualquier otra cosa que nos ayude a entender lo que está pasando, no deje de avisarme.
Durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada más. El silencio se extendió entre nosotros, cargado de todo lo que no nos atrevíamos a decir en voz alta. Entonces fue él quien rompió la quietud.
—Lyssandra…
—¿Sí? —pregunté, notando el cambio en su voz.
—Todavía estamos a tiempo de abandonar todo esto —dijo despacio. No habló como inspector, ni como investigador que analiza un caso. Lo hizo simplemente como un hombre que ve el peligro y quiere advertirme—. Puede alejarse, olvidar el manuscrito y volver a su vida. Nadie la obliga a seguir.
Miré el libro que sostenía entre mis manos, su cubierta oscura y fría, y comprendí que ya no había vuelta atrás.
—¿Cree realmente que podemos hacerlo? —le pregunté con suavidad—. ¿Cree que algo así se deja de lado simplemente porque queremos?
Kaelor no contestó enseguida. Bajó la vista unos instantes, pensando quizás en lo mismo que yo, en lo inevitable de todo esto.
—No lo sé —dijo al final, con total sinceridad—. No lo sé. Y esa es la respuesta más honesta que puedo darle.
Nos despedimos con un gesto de la mano y él subió al coche. Yo me quedé allí unos minutos más, mirando cómo las luces del vehículo se perdían entre las calles antiguas de la ciudad. Pensé que volveríamos a vernos muy pronto, que nos llamaríamos al día siguiente o al otro para compartir dudas o nuevos hallazgos. Pero me equivoqué.
Los siguientes cuatro días transcurrieron sin una sola llamada, sin un mensaje, sin ninguna señal de él. El silencio se volvió más pesado con cada hora que pasaba. Intenté con todas mis fuerzas recuperar mi rutina, convencerme de que si actuaba como si nada hubiera pasado, tal vez todo volvería a su lugar. Volví a mi pequeña librería, abrí las puertas como todas las mañanas, ordené las estanterías con paciencia, clasifiqué libros y atendí a los clientes que entraban buscando novelas, diccionarios o ediciones antiguas. Respondí sus preguntas, sonreí y traté de parecer tranquila.
Pero desde fuera, cualquiera que no supiera lo que llevaba dentro habría dicho que mi vida volvía lentamente a la normalidad. Y no era cierto, ni mucho menos. Cada vez que un cliente entraba vestido con un abrigo oscuro o con el sombrero calado, mi corazón se aceleraba de golpe y me quedaba sin aliento por unos segundos. Cada vez que sonaba la campanilla de la puerta, levantaba la vista con temor, esperando encontrar al hombre del sombrero negro que habíamos visto en la fotografía y en la calle. Pero nunca aparecía. Nadie venía por él. Nadie preguntaba por él.
Por las noches dormía muy poco, apenas unos minutos entre sueños inquietos y pesadillas donde las páginas del manuscrito se movían solas y las voces me llamaban desde la oscuridad. El libro permanecía siempre sobre la mesa de mi estudio, en el mismo lugar donde lo había dejado. No escribía, no cambiaba, no mostraba nuevas páginas ni nuevas palabras. Y precisamente ese silencio absoluto, esa inmovilidad que no le era propia, era lo que más me inquietaba. Porque ya conocía su manera de actuar, ya sabía que nunca permanecía callado por mucho tiempo sin tener un motivo muy importante para hacerlo.
Imaginaba a Kaelor haciendo exactamente lo mismo que yo: intentando convencerse de que todavía existía una explicación racional para todo lo que habíamos vivido, revisando informes una y otra vez, buscando documentos antiguos, analizando fotografías y quizás incluso dudando de su propia memoria y de lo que habíamos visto juntos. Durante esos días estuve varias veces a punto de llamarlo: tomaba el teléfono, buscaba su número en la lista de contactos, pero terminaba dejándolo nuevamente sobre la mesa sin marcar. ¿Qué iba a decirle? ¿Que tenía miedo de estar sola? ¿Que el silencio del manuscrito me aterraba más que cualquier amenaza escrita en sus páginas? ¿Que empezaba a sentir que alguien me observaba incluso cuando cerraba todas las puertas y ventanas y estaba completamente sola en casa? No. Él ya cargaba con suficiente peso sobre sus hombros y no quería añadirle más preocupaciones infundadas.