Lyssandra
El mapa permanecía desplegado sobre la mesa de madera oscura en la sala principal de la casa de subastas, mientras los peritos terminaban de recoger las últimas pruebas y sellaban las zonas más afectadas por la búsqueda. Nadie, aparte de Kaelor y de mí, parecía comprender la verdadera importancia ni el peso oculto de aquel viejo pedazo de papel amarillento y frágil. Para el resto del equipo policial, no era más que un plano antiguo encontrado cerca de una víctima, un dato curioso pero sin relación directa con el crimen. Pero para nosotros era mucho más que eso: era la primera pista concreta, el primer rastro que parecía no estar diseñado solo para confundirnos, sino para llevarnos directamente hacia lo que buscábamos —la Biblioteca del Silencio— o hacia esa verdad profunda y terrible que alguien llevaba generaciones enteras intentando ocultar del mundo.
Observé una vez más aquella mancha de tinta negra profunda que señalaba un único punto en el centro del dibujo. No aparecía ningún nombre de calle, ninguna referencia reconocible ni ningún edificio que pudiéramos ubicar sobre un mapa actual de la ciudad. Solo se veían construcciones de piedra antigua, senderos que habían desaparecido hacía décadas, ríos cuyos cauces habían sido desviados y túneles subterráneos que, según todos los registros oficiales, jamás habían existido. Era como si estuviéramos mirando el plano de una ciudad que compartía el mismo suelo que la nuestra, pero que pertenecía a un tiempo y a una realidad distinta.
—¿Reconoce algo en la disposición de las calles o los edificios? —preguntó Kaelor mientras estudiaba cada rincón del plano con ayuda de una lupa de aumento, buscando cualquier detalle que pudiera encajar.
Negué lentamente con la cabeza, sin apartar la vista del dibujo.
—No… Es extraño. Sé que es esta misma ciudad, reconozco la forma de los cerros y el curso del río principal, pero al mismo tiempo parece otra completamente diferente. Como si aquí hubiera crecido otra ciudad encima, borrando casi todo lo que había antes.
Él asintió despacio, siguiendo su propio razonamiento.
—Tiene todo el sentido. Si este mapa es auténtico, muestra la ciudad tal como era hace más de un siglo, antes de tantas remodelaciones, incendios y cambios que transformaron su aspecto. Muchos lugares que aparecen aquí desaparecieron sin dejar huella en los registros públicos.
Uno de los técnicos terminó de fotografiar el documento desde todos los ángulos y nos entregó una copia impresa en papel resistente, explicándonos que el original sería trasladado de inmediato al laboratorio central para analizar su composición, antigüedad y cualquier marca oculta que pudiera tener.
Cuando abandonamos la casa de subastas, el cielo comenzaba a cubrirse nuevamente de nubes oscuras y densas, anunciando una nueva tormenta que parecía seguirnos a todas partes. Caminamos unos metros por la acera en silencio, cada uno sumido en sus propios pensamientos y en las dudas que aquel mapa nos había despertado.
Fue Kaelor quien rompió la quietud al fin.
—Hay alguien que puede ayudarnos a descifrarlo. Alguien que ha dedicado toda su vida a esto.
Lo miré con sorpresa, esperando que mencionara a algún colega o experto actual.
—¿Encontró otro investigador o especialista en mapas antiguos?
—No exactamente —respondió él, haciendo una breve pausa antes de continuar—. En los archivos históricos encontré el nombre de un antiguo empleado municipal que trabajó durante cuarenta años catalogando y restaurando todos los planos históricos de la ciudad. Está jubilado desde hace mucho tiempo y oficialmente ya no colabora con ninguna institución ni con la policía. Pero si alguien puede reconocer cada rincón, cada sendero desaparecido y cada edificio borrado de los registros, es él.
Una hora después nos encontrábamos frente a una pequeña casa de ladrillos rojos muy antiguos, escondida al final de una calle estrecha y tranquila donde parecía que el tiempo avanzaba mucho más despacio que en el resto de la ciudad. El jardín delantero estaba perfectamente cuidado, lleno de vida: rosales cargados de flores rojas y blancas, una vieja glicina que cubría parte del frente con sus ramas y decenas de macetas de barro llenas de plantas aromáticas y flores de todos los colores.
Kaelor llamó dos veces a la puerta de madera oscura. Pasaron unos minutos y nadie respondió. Iba a insistir una vez más cuando una voz anciana y serena habló justo detrás de nosotros, rompiendo el silencio del jardín.
—Hace años que nadie viene a buscarme. Casi había olvidado que alguien supiera que sigo aquí.
Nos giramos al mismo tiempo con sorpresa. Un hombre muy mayor sostenía una regadera metálica entre las manos, con el agua todavía goteando suavemente sobre el suelo. Caminaba despacio, apoyándose en un bastón de madera tallada con formas de hojas y ramas. Tendría más de ochenta años, quizás noventa, pero sus ojos claros y oscuros conservaban una nitidez y una inteligencia sorprendentes.
Kaelor mostró su credencial oficial con respeto.
—¿Señor Anselmo Rivas?
El anciano sonrió apenas, con una mezcla de desconfianza y curiosidad.
—Depende de quién pregunte y de qué quiera saber.
—Inspector Kaelor Dravenis, de la División de Homicidios —se presentó él con claridad.
La pequeña sonrisa desapareció lentamente del rostro del hombre, sustituida por una expresión seria y preocupada.
—Entonces será mejor que entren. No hablemos de estas cosas en la puerta.
El interior de la casa estaba repleto de libros y documentos, hasta el punto de que no había una sola pared libre. Estanterías altas hasta el techo ocupaban cada rincón, llenas de volúmenes de todos los tamaños y épocas. Mapas antiguos enrollados descansaban dentro de tubos de cuero oscuro, ordenados por fecha y zona. Fotografías viejas enmarcadas cubrían una mesa enorme situada cerca de la ventana, y por todas partes había brújulas de latón, instrumentos de medición y decenas de archivadores perfectamente etiquetados y ordenados. Se respiraba un aire de historia, de cuidado y de silencio acumulado durante décadas.