La teoría de los muertos que escriben

Capítulo XV: El símbolo de la llave negra.

Lyssandra

Nunca había visto a una persona pasar del miedo profundo al terror absoluto en apenas unos segundos. La expresión de Anselmo se había transformado por completo: sus ojos muy abiertos, sus labios pálidos y temblorosos, su cuerpo rígido como si una sombra helada acabara de cruzar la habitación. Sus últimas palabras seguían resonando dentro de mi cabeza, repitiéndose una y otra vez mientras permanecíamos los tres inmóviles en el centro de aquella casa llena de libros y recuerdos antiguos:

“Él… solo es el testigo.”

Miré nuevamente hacia la ventana, con la esperanza absurda de que hubiera sido un error, una ilusión provocada por la lluvia y la luz tenue. Pero la calle seguía completamente vacía. El agua caía con más fuerza sobre el pavimento, formando charcos donde se reflejaban las luces lejanas. No había nadie. Ni la figura alta y oscura del hombre del abrigo negro, ni huellas sobre el suelo húmedo, ni el menor indicio de que alguien hubiera permanecido allí apenas unos instantes antes. Y, sin embargo, los tres lo habíamos visto claramente. No había sido una alucinación colectiva. Era real.

Sentía el corazón golpeándome con fuerza contra el pecho, como si intentara salir de allí. Durante todos aquellos días, desde que había recibido el manuscrito, desde que habíamos visto cómo se cumplían sus palabras y aparecían las víctimas, había creído que perseguíamos a un asesino. Había dado por hecho que aquel hombre misterioso era quien actuaba, quien planeaba los crímenes y quien aparecía antes de cada muerte para ejecutarla o vigilar que se cumpliera lo escrito. Pero ahora todo cambiaba de golpe, todo lo que creíamos saber se desmoronaba.

Si él no era el asesino… si solo era un testigo… entonces alguien mucho más poderoso, mucho más antiguo y mucho peor permanecía oculto detrás de todo aquello, moviendo los hilos y decidiendo qué debía desaparecer y qué debía quedar.

Kaelor fue el primero en recuperar la calma, aunque su mirada revelaba que también estaba desconcertado por aquel giro inesperado. Se acercó lentamente a la ventana, observó con atención ambos extremos de la calle y luego abrió la puerta principal para salir.

—Esperen aquí, los dos —dijo con voz firme.

Salió bajo la lluvia, con la mano apoyada cerca de su arma reglamentaria, avanzando con paso rápido pero cauteloso. Lo observé recorrer toda la vereda, mirar detrás de los árboles cargados de hojas mojadas, inspeccionar los vehículos estacionados y revisar incluso el pequeño callejón lateral que daba al jardín trasero. No tardó mucho en regresar, menos de dos minutos, sacudiendo levemente el agua de su abrigo.

—Nada —informó al entrar, cerrando la puerta con llave detrás de él—. No hay rastro, no hay huellas, no hay nadie en kilómetros a la redonda. Simplemente… se ha desvanecido.

Su voz seguía siendo tranquila, pero conocía lo suficiente su expresión para notar que también estaba perplejo.

—Es imposible que desaparezca así sin dejar rastro —murmuré, sin poder creerlo del todo.

Anselmo dejó escapar una sonrisa cansada y llena de resignación, como si hubiera escuchado exactamente las mismas palabras hacía ochenta años.

—Eso mismo dijeron todos los investigadores que vinieron entonces —respondió él despacio—. Eso mismo dijeron, y nunca encontraron una explicación.

Los dos lo miramos con mayor atención, comprendiendo que tenía mucho más que contarnos. El anciano respiró hondo y caminó lentamente hasta uno de los estantes más altos y antiguos de la habitación, situado justo detrás de su sillón. Buscó durante unos segundos entre varios libros muy deteriorados por el tiempo y la humedad, hasta sacar con mucho cuidado un pequeño cuaderno encuadernado en cuero oscuro, con las esquinas gastadas y sin ningún título en la portada.

Lo sostuvo entre sus manos como si fuera algo más frágil que el cristal, algo que no se atrevía a soltar.

—Este no pertenece a ninguna biblioteca pública, ni a ningún archivo oficial, ni a ninguna institución —dijo mientras lo apoyaba suavemente sobre la mesa libre de mapas—. Nadie lo ha leído excepto yo.

Al abrirlo, las hojas amarillentas crujieron levemente y desprendieron un olor intenso a humedad, tinta antigua y papel envejecido.

—Es mi diario —explicó—. Lo empecé a escribir desde el mismo día en que desapareció la Biblioteca del Silencio, para no olvidar nada de lo que vi y lo que sentí. Sabía que si no lo escribía, también intentarían borrar mis recuerdos.

Me sorprendió profundamente escucharlo.

—¿Usted escribió todo esto? ¿Anotó todo lo que pasó?

Asintió con gravedad.

—Todo. Cada detalle, cada símbolo, cada cosa que nadie más quiso recordar.

Kaelor comenzó a hojearlo con extrema delicadeza, pasando las hojas una por una sin apresurarse. Cada página estaba llena de dibujos precisos, mapas trazados a mano, anotaciones con fechas exactas y descripciones de personas, edificios y sucesos que parecían sacados de una historia imposible. Había dibujos de pasillos interminables, de puertas que no conducían a ningún lado, de símbolos grabados en piedra y de fenómenos que no tenían explicación lógica.

Pero algo llamó inmediatamente mi atención, algo que aparecía repetido una y otra vez en distintas páginas, con ligeras variaciones pero siempre la misma forma: una figura de una llave completamente negra, tallada con el mismo diseño que la pequeña pieza que habíamos encontrado sobre el pecho de la segunda víctima en la casa de subastas.

La señalé con el dedo, sin atreverme a tocar el papel viejo.

—Aquí está… es exactamente igual.

Anselmo miró el dibujo y respiró profundamente, como si el peso de los años se le viniera encima de golpe.

—Sabía que tarde o temprano volvería a aparecer —murmuró—. Sabía que no se había perdido para siempre.

—¿Qué significa? —pregunté con voz suave—. ¿Qué abre esa llave?




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