La teoría de los muertos que escriben

Capítulo XVI: La mujer que nunca murió.

Kaelor

La lluvia golpeaba suavemente el techo del coche mientras conducía de regreso, y en el asiento contiguo Lyssandra permanecía en silencio, abrazando el manuscrito como si fuera lo único que la mantenía anclada a la realidad. Al salir de casa de Anselmo había visto cómo el miedo la había dejado sin fuerzas, y no quería dejarla sola en su apartamento, ni tampoco llevarla a la comisaría en medio de todo lo que estaba ocurriendo. Así que tomé la decisión de llevarla a mi casa: un lugar tranquilo, seguro, donde podría descansar y donde nadie nos encontraría sin que lo supiéramos.

Al cruzar la puerta, ella se detuvo un instante en el recibidor, observando las paredes sencillas, los libros de derecho y criminalística ordenados en las estanterías, la ausencia de adornos innecesarios.

—Es… muy distinto a lo que imaginaba —susurró.

—No suelo pasar mucho tiempo aquí —respondí dejando mi abrigo en la percha—. Solo es un lugar donde dormir y ordenar mis ideas. Puedes quedarte en la habitación de invitados. Cierra bien la puerta por dentro. No contestes a nadie que no seamos nosotros dos. Y si pasa algo… cualquier cosa… llámame al instante.

Ella asintió, mirándome con esa mezcla de gratitud y preocupación que ya conocía tan bien.

—Gracias, Kaelor.

—Descansa un poco —le dije antes de salir—. Yo voy a la comisaría. Pero volveré antes de que amanezca.

Cerré la puerta y me quedé un momento en el porche, mirando cómo la lluvia borraba las huellas en el suelo. No me gustaba dejarla sola, pero sabía que allí estaría más protegida que en cualquier otro sitio. Y además, tenía que averiguar qué significaba aquella frase que nos había dejado el manuscrito, esas palabras que habían logrado inquietarme incluso más que los asesinatos:

“El tercer guardián ya ha despertado.”

Durante toda la noche aquellas palabras permanecieron dando vueltas en mi cabeza, una y otra vez, sin encontrar un sentido claro. No sabía quién era ese tercer guardián, no sabía dónde estaba, y lo que era peor: tampoco sabía de qué se suponía que debía protegernos… o de quién debía protegernos.

Cuando llegué a la comisaría a primera hora de la mañana, la lluvia continuaba golpeando los ventanales de mi despacho con la misma insistencia. Había dormido menos de dos horas, y el cansancio comenzaba a pesarme en cada músculo, nublándome la vista y haciendo que cada pensamiento costara más esfuerzo. Dejé el abrigo empapado sobre una silla y observé la montaña de documentos acumulados sobre mi escritorio: informes de autopsias, fotografías de las escenas del crimen, declaraciones de testigos, copias del Expediente Cero, mapas antiguos y decenas de notas que había escrito durante los últimos días intentando poner orden en todo aquello. Todo parecía formar parte de un mismo rompecabezas… pero faltaban demasiadas piezas, y las que teníamos no encajaban en ningún lugar conocido.

Tomé una taza de café que ya estaba fría y seguí revisando con calma la información relacionada con las dos víctimas. Había algo que me llamaba la atención y que no había terminado de analizar del todo: ambos hombres no solo tenían en común su trabajo con manuscritos antiguos y documentos históricos. Los dos habían estado investigando exactamente el mismo tema durante los meses previos a sus muertes: la Biblioteca del Silencio. Y cuanto más profundizaba en sus registros personales, en sus anotaciones y en las consultas que habían hecho en archivos y bibliotecas, más extraño se volvía todo. Parecía que ambos habían encontrado algo, una prueba o una pista definitiva, algo tan importante que alguien estaba dispuesto a matar para ocultarlo antes de que pudieran contárselo a nadie.

Un golpe suave en la puerta me obligó a levantar la vista de los papeles.

—Adelante —dije.

El agente Marius abrió apenas la puerta, asomando la cabeza. Tenía el rostro pálido y una expresión de inquietud que no solía ver en él.

—Inspector. Disculpe la interrupción.

—¿Qué ocurre? —pregunté, dejando el lápiz sobre la mesa.

El hombre tragó saliva antes de responder.

—Recibimos una llamada hace unos minutos del Archivo Civil Central. Dijeron que necesitaban hablar con usted urgentemente.

Suspiré, volviendo a la carpeta que tenía entre las manos.

—Marius, todos los días recibimos decenas de llamadas de archivos, juzgados y particulares. No podemos ir a cada una.

—Esta es diferente —insistió él, con un tono serio que me hizo detener—. Es algo que no tiene explicación.

Algo en su forma de decirlo hizo que dejara la carpeta sobre la mesa y me pusiera derecho en la silla.

—Explíquese desde el principio.

El agente entró en el despacho y cerró la puerta detrás de él.

—Una empleada del Archivo estaba digitalizando documentos antiguos de hace setenta años cuando encontró una fotografía. Al reconocer a la persona que aparecía en ella, revisó las grabaciones de las cámaras de seguridad de la zona… y esa misma mujer apareció esta mañana caminando por una cafetería del centro.

Durante unos segundos no comprendí bien lo que intentaba decirme.

—¿Apareció dónde? ¿En las grabaciones actuales?

—Sí, señor. Apenas unas horas antes de que ella encontrara la foto antigua.

—¿Y cuál es el problema? —pregunté, sin ver todavía la gravedad del asunto—. Puede ser un parecido extraordinario, una coincidencia.

Marius me entregó una carpeta marrón con el sello oficial del Archivo Civil.

—La fotografía antigua fue tomada en 1953, inspector.

Abrí la carpeta de golpe. Y sentí un escalofrío helado que me recorrió entero en un instante. La primera imagen mostraba a una mujer joven sentada frente a una fuente de piedra, con el agua cayendo a su alrededor. Tendría poco más de treinta años: cabello oscuro recogido con sencillez, rostro sereno y tranquilo, vestido claro de algodón. Nada fuera de lo común, nada que llamara la atención… hasta que vi la segunda fotografía. Era una imagen granulada tomada apenas una hora antes por una cámara de seguridad de la avenida principal. Y era ella. Exactamente la misma mujer. La misma cara, la misma edad, la misma mirada tranquila y triste. Ni una sola arruga nueva, ni un cambio en los rasgos, ni la menor diferencia. Era imposible.




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