Kaelor
Dormí apenas una hora, en trozos breves y alterados por pesadillas donde las paredes se borraban y los nombres se desvanecían antes de que pudiera pronunciarlos. No fue solo el cansancio acumulado ni la tensión del caso lo que me impidió descansar. Fue que cada vez que cerraba los ojos veía el rostro de Evelyne Ardent observándome desde aquellas fotografías tomadas a lo largo de casi setenta años: siempre igual, siempre con la misma expresión serena y triste, siempre inmóvil, como si el tiempo hubiera decidido ignorarla por completo.
Cuando el despertador sonó, el cielo seguía cubierto por una espesa capa de nubes grises que no dejaban pasar ni un rayo de sol. La lluvia había cesado durante la madrugada, pero la ciudad parecía conservar esa humedad fría y pegajosa que se queda en la ropa y en la piel, como si el aire mismo estuviera empapado.
Antes de salir hacia la comisaría pasé por la habitación de invitados donde había dejado a Lyssandra. La puerta seguía cerrada, tal como la había dejado. Golpeé suavemente con los nudillos, sin hacer ruido para no asustarla.
—Lyssandra… soy yo.
Escuché unos pasos lentos al otro lado, el roce de la madera al girar el cerrojo y luego la puerta se abrió apenas unos centímetros. Tenía el cabello desordenado, ojeras marcadas bajo los ojos y el manuscrito seguía abrazado contra su pecho, como si hubiera dormido aferrada a él para que no desapareciera también.
—Buenos días —dijo con voz ronca—. ¿Cómo pasó todo?
—Bien, por ahora —respondí—. Me voy a la comisaría. ¿Cómo pasaste la noche? ¿Ocurrió algo con el libro?
Ella negó despacio, mirando el volumen oscuro entre sus manos.
—Dormí… un poco. No se movió. No escribió nada más. Ni una sola línea.
Asentí, pero no pude ocultar mi inquietud. Por primera vez desde que conocimos el manuscrito, su silencio no me tranquilizaba. Al contrario: su inmovilidad total, su absoluto mutismo, me preocupaba más que cualquier advertencia o cualquier amenaza escrita en sus páginas. Sabíamos que no se callaba sin motivo.
—Quédate aquí —le pedí señalando el interior de la casa—. Hay comida en la cocina, café y todo lo que necesites. Nadie sabe que estás aquí, es el lugar más seguro que tengo. No abras la puerta a nadie que no seamos nosotros dos.
Ella bajó la vista unos instantes, como si estuviera reuniendo valor para decir lo que pensaba.
—¿Y si aparece Evelyne? —preguntó al fin, mirándome directamente a los ojos.
La pregunta me tomó por sorpresa. No la había mencionado, pero era lógico que ella también la sintiera cerca.
—Si aparece… no hagas nada. No la llames, no la sigas, no intentes hablarle ni enfrentarla. Llámeme al instante.
—¿Cree que sea peligrosa? —insistió ella.
Pensé unos segundos antes de responder, buscando las palabras más honestas que tenía.
—Todavía no lo sé. Es la verdad. No sé si Evelyne Ardent ha venido a ayudarnos… o si es una amenaza mucho mayor de lo que jamás imaginamos.
Cuando llegué a la comisaría, el edificio estaba extrañamente silencioso. Demasiado silencioso. Normalmente a esa hora los teléfonos no dejaban de sonar, los agentes iban de un lado a otro con carpetas y registros, y las conversaciones, los informes y los ruidos de la entrada llenaban los pasillos. Pero aquella mañana todo parecía diferente, como si el edificio entero hubiera contenido la respiración y estuviera esperando algo.
Al pasar junto al tablero central de investigaciones, en el pasillo principal, noté algo que me hizo detenerme en seco. Las fotografías de las dos víctimas, las que yo mismo había colocado allí con chinches la tarde anterior para tenerlas siempre a la vista, ya no estaban. En su lugar solo había una hoja en blanco sujeta con el mismo alfiler.
Fruncí el ceño, confundido y empezando a inquietarme. Estaba seguro de que las había puesto bien visibles. Miré alrededor, buscando a alguien que pudiera decirme qué había pasado.
—¿Quién quitó las fotografías del caso de los manuscritos? —pregunté en voz alta.
Nadie respondió. Algunos agentes levantaron la vista unos segundos, me miraron como si no entendieran de qué hablaba y volvieron a lo suyo sin decir una palabra.
Caminé directamente al escritorio del oficial encargado del archivo interno, el agente que llevaba años organizando los casos activos. Lo encontré revisando unos informes sin levantar la cabeza.
—¿Dónde están las imágenes de las víctimas de mi investigación? —le pregunté con firmeza.
El hombre levantó la vista lentamente, con una expresión de total confusión.
—¿Qué imágenes se refiere, inspector?
—Las de los dos homicidios —respondí—. Las que colgué ayer.
Parpadeó varias veces, como si estuviera tratando de recordar algo que se le escapaba.
—Creo que se equivoca —dijo despacio—. Este caso solo tiene una víctima.
Sentí un escalofrío helado que me bajó desde la nuca hasta los pies.
—No —dije acercándome un paso—. Tiene dos. El anticuario y el tasador de manuscritos.
El hombre negó lentamente, con seguridad absoluta.
—No, señor. Solo hay una víctima registrada.
El silencio que siguió fue insoportable. No discutí con él, no tenía sentido. Simplemente giré sobre mis talones y caminé rápidamente hasta mi despacho, con el corazón golpeándome fuerte en el pecho. Abrí la carpeta principal de la investigación, la que guardaba bajo llave en mi propio cajón. Las fotografías seguían allí. Las dos. Las declaraciones de los testigos, los informes forenses, todo estaba exactamente igual. Entonces… ¿por qué en el tablero solo aparecía una? ¿Por qué él solo recordaba una?
Tomé ambas imágenes entre mis manos y regresé al pasillo. El tablero seguía vacío. Me crucé con el agente Marius, que acababa de llegar con el informe de los registros de la ciudad. Le mostré las dos fotografías.
—Marius… ¿cuántas víctimas ve aquí?