La Teoría de Tenerte

Capítulo 1

—¿Está segura, señorita Steele? —continuaba diciendo Jacob, ahora mi exjefe.

—Demasiado segura, Jacob —dije mientras lo miraba directo a los ojos, para que comprobara que no estaba jugando—. Y sabes que está de más la formalidad conmigo.

Intenté que la situación no fuera tan incómoda, pero fue en vano.

Suspiró.

—Tu contrato ya finalizó, pero estoy seguro de que no querrán dejarte ir, Jade. Eres demasiado buena en esto y no creo que encuentres un trabajo igual de bien pagado como este.

Esta vez lo escuchaba distinto. No hablaba como jefe, sino como alguien genuinamente preocupado por mi futuro.

Jacob es mi jefe… o bueno, ahora tal vez solo un amigo. Aun así, es una de las personas que más protección me brindó desde que llegué aquí. Lo consideraba un gran amigo, de esos que te cuidan incluso de lo que comes.

A veces lo molestaba diciéndole que era mi tío favorito. A pesar de ser un poco mayor de los cuarenta, se conservaba muy bien y tenía un humor constante. Pero en situaciones como esta no dudaba en comportarse como lo que era: el jefe.

—Lo tengo muy claro —respondí—. Y no me malentiendas, amo la fotografía y la edición en su totalidad.

Hice una pausa para observar su oficina, llena de cuadros con portadas de revistas.

—Pero me he cansado de pasar todo el día rodeada de personas tan vanidosas, que solo hablan de sus vestidos hechos por diseñadores exclusivos o de si el vino que beben es de una cosecha u otra, mientras yo espero a que algo ocurra para volverlos la nota principal de una revista.

Me defendí. Y no mentía. Estaba harta de todo eso.

Cuando llegué a Nueva York, la primera oportunidad que se me presentó fue esta. Necesitaba el dinero. El sueldo era demasiado bueno para lo que yo esperaba y, aunque mi rutina cambió por completo, solo debía acudir a eventos de personas prestigiosas: celebrar logros empresariales, la llegada de un bebé o cualquier ocasión que necesitara ser cubierta por la revista For You.

Yo no escribía las notas, pero tomaba las fotografías. Y cada una era muy bien pagada.

—Está bien —se rindió al final.

No supe descifrar su expresión. Era una mezcla entre tristeza y preocupación. Supuse el porqué de cada sentimiento: estaba por irme después de casi un año y medio juntos, que aunque no era tanto tiempo, yo sí lo sentía así… y sabía que él también.

—Te haré llegar tu liquidación —continuó—. Pero si decides volver, solo tienes que llamarme. Estaré feliz de tenerte de nuevo aquí.

Sonrió por primera vez en toda la conversación y se levantó de su silla para darme un abrazo.

Ya estaba decidido. Me iba.

Y aunque aún no tenía idea de dónde trabajaría después, estaba segura de que era la mejor decisión.

Pasé por mi ahora exoficina para recoger mis cosas. Algunos compañeros se acercaron a despedirse y a ofrecer ayuda. Rosa, mi amiga y compañera, no pudo contener las lágrimas. Tal vez también la estaba afectando; éramos un equipo: ella las notas y yo las fotos. Ahora tendría que trabajar con alguno de los nuevos fotógrafos que habían llegado.

—Te voy a extrañar por aquí, Jade —dijo cuando por fin se calmó un poco.

Los demás regresaron a sus labores y Rosa se quedó conmigo, aunque más que ayudar, lloraba mientras guardábamos papeles y algunas fotos en una caja de cartón.

—No es como si me fuera a morir —dije entre risas—. Solo dejaré de trabajar aquí. Puedo visitarte, y tú igual. Thor y yo seríamos muy felices de tenerte en casa.

Recordé cómo mi perro saltaba sobre ella cada vez que nos visitaba.

—Tienes razón —sorbió su nariz—. Es solo que será raro no verte editando fotos o arreglándonos para ir a esos eventos de ricachones.

Reímos.

Guardé los últimos papeles y por fin miré la oficina. Ya no me pertenecía. Sentí una punzada al comprender que era hora de partir. Dejé las llaves dentro del cajón donde Jacob me indicó, tomé una caja y mi bolso, mientras Rosa cargaba otra.

Caminamos juntas hacia la salida del edificio, hasta llegar al estacionamiento, donde coloqué las cajas en la parte trasera de mi auto.

Me despedí de Rosa con un abrazo, subí al carro y arranqué, dejando atrás aquel edificio donde viví tantas cosas que ahora quedarían solo como recuerdos.




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