Un mes.
Ya había cumplido mi primer mes en la disquera. Los chicos terminaron de grabar el álbum y, aunque planeaban lanzarlo hasta dentro de un mes más, Christian ya había hablado conmigo para comenzar con las carátulas. Hoy escucharía las canciones. Me contó que todas estaban conectadas entre sí y quería que esa relación se reflejara en las fotos.
Apenas tuviera una idea clara, empezaría a trabajar en ella.
La boda de mi primo sería en dos semanas y tendría que viajar, pero no quería dejar el trabajo pendiente.
El calor por fin comenzaba a sentirse. Me puse unos shorts de mezclilla, una blusa de tirantes color vino y, encima, una camisa a cuadros blanco y negro. Terminé con mis tenis blancos. Me recogí el cabello en un moño y en pocos minutos estuve lista.
Caminé hacia la cocina con Thor siguiéndome de cerca. Tomé mi bolso y mi cámara. Si podía empezar desde hoy, mucho mejor.
Al llegar a la disquera entré directo a mi oficina. Me detuve unos segundos frente al gran cuadro que tenía enfrente. Era el paisaje del Gran Cañón, en Arizona. Recordé perfectamente ese día: el momento exacto en que el atardecer empezó a transformarse en una fusión de colores. Pero lo verdaderamente especial no era la foto, sino que mis padres estaban ahí conmigo.
—¿Se puede?
Di un pequeño salto. Había olvidado por completo que me había quedado parada frente al cuadro.
—Sí, pasa, Mason —dije, moviéndome al otro lado del escritorio para sentarme.
—No te quito mucho tiempo —me mostró una memoria—. Aquí están todas las canciones.
—Bien, ya mismo las escucho —respondí mientras encendía el monitor.
—Bien —dejó la memoria sobre el escritorio y se dio media vuelta—. Jade…
Levanté la vista. Él seguía mirando hacia la puerta.
—Lo del cuadro… fue mi forma de pedir disculpas.
Pareció esperar algo de mí. No hubo respuesta. Finalmente salió.
Al menos ahora sabía el porqué del cuadro. Pero eso no cambiaba nada entre nosotros.
Conecté los audífonos y la memoria a la computadora. Apareció la lista de diez canciones.
Empecé con la primera. Conocerte.
Era una balada. Entendí que hablaba de encontrar un amor nuevo, distinto, inesperado… pero perfecto.
La siguiente mostraba lo complicado de la relación, cómo cada acción tenía una consecuencia, aunque no siempre fuera la esperada.
Así continué con cada una y entonces entendí a qué se refería Christian: todas juntas contaban una historia.
Sabía que Mason escribía las canciones; algunas veces lo había visto hacerlo. No pude evitar preguntarme si eran para Lucía. ¿Ya las habría escuchado?
Las ideas comenzaron a formarse solas. Tomé mi cámara y salí de la oficina. Solo un lugar venía a mi mente mientras escuchaba las canciones.
—Jade, olvidé decirte algo —escuché a Mason cuando salía.
—¿Qué cosa? —me giré hacia él mientras colocaba la cámara alrededor de mi cuello.
—El álbum se llama La teoría de tenerte. Tal vez te sirva saberlo.
Se rascó la nuca, mirando a otro lado. Parecía nervioso. No entendía por qué.
—Respóndeme algo, Mason —dije, relajando mi postura—. De las canciones… ¿qué lugar viene a tu mente cuando las escuchas?
Se quedó pensativo. No respondió.
—¿Sabes qué vino a mi mente a mí con una de ellas? —negó con la cabeza—. Central Park.
Pareció medir sus palabras antes de hablar.
—Una de las canciones la escribí ahí —dijo, sorprendido.
No lo juzgué. Yo me sentía igual. Imaginar un lugar no significaba que fuera ese.
No respondí. Recordé una de las letras. No estaba segura si todas mencionaban un sitio, pero esa sí. Hablaba de todo lo que haría si la chica fuera suya: caminar, sentarse juntos, ver cómo terminaba el día.
—¿Es Prometo? —lo miré.
Levantó las cejas, claramente sorprendido.
—Sí. Justo esa.
Asentí, me di media vuelta y caminé hacia la salida.
—Gracias —dije lo suficientemente alto antes de salir a la calle.
Murmuró algo que no logré distinguir, pero seguí hasta mi auto. No estaba lejos, aunque no quería arriesgarme. Las fotos podían llevar tiempo. Por suerte era temprano y la luz ayudaría mucho.
Al llegar, bajé con el soporte de la cámara y caminé por el sendero de piedra del parque. Aproveché para tomar algunas fotos extras solo para mí.
El lugar era enorme. Cualquier rincón funcionaba para una foto, pero yo tenía uno claro: las bancas frente al gran lago.
La ventaja de haber llegado temprano era que había poca gente: algunos corriendo, otros paseando a sus perros. Pensé en Thor.
Coloqué el soporte y puse la cámara detrás de la banca, dejando el lago como fondo. Moví el ángulo varias veces hasta encontrar el encuadre correcto.
Compré dos flores gerbera: una casi marchita y otra llena de vida. La primera, en realidad, no me la cobraron. Ambas eran de un amarillo intenso que resaltaba sobre la madera de la banca.
Tomé varias fotos con cada flor, cambié de banca, repetí el proceso. Las horas pasaron sin darme cuenta.
Encontré a una pareja de ancianos increíblemente tierna. Aceptaron posar sin dudarlo. Se sentaron abrazados sobre la banca. Les tomé algunas fotos de espaldas y luego le regalé la flor a la señora mientras seguían posando.
No tenía pensado usar la cámara instantánea, pero la saqué. Les tomé un par de fotos más y se las regalé como recuerdo de ese día.
Tal como había imaginado, el sol empezó a bajar. Tomé las últimas fotografías con los colores del atardecer y recogí todo para volver a casa.
El trabajo apenas comenzaba… y por primera vez en mucho tiempo, sentí que estaba exactamente donde tenía que estar.
Editado: 31.01.2026