La comida había sido muy buena. Entre risas y momentos espontáneos, todo terminó de la mejor manera.
Estábamos de regreso. Esta vez, Frank y Nathan venían conmigo; los chicos se negaron a volver con Mason y hubo que reorganizar autos. Al llegar, cada uno tomó su camino a casa.
Yo me quedé un poco más. Necesitaba pedirle permiso a Christian para viajar. A lo lejos vi llegar el auto de Mason, con Martin asomando la cabeza por la ventana.
—No sé por qué accedí a venir contigo —suspiró un Christian pálido, al bajar del auto—. Deberías bajar un poco la velocidad.
—Hoy no será —respondió Mason sonriendo, también bajando.
—Jade —Christian se acercó—, ¿dónde está mi auto? —abrió más los ojos.
—No lo sé —me encogí de hombros—. Nathan y Frank se fueron en los suyos.
—¿Frank se fue en auto? —asentí—. Ni siquiera tiene uno… era el mío. Debió tomar mis llaves en el restaurante —pareció recordar—. Mason, préstame tu auto.
—¿Qué? ¿Yo por qué? —protestó Mason.
—Vamos, te lo dejaré en casa apenas recupere el mío —extendió la mano—. Se lo pediría a Martin, pero ya se fue apenas me escuchó —rió.
Entre gruñidos, Mason le entregó las llaves.
—Jade, hora de cobrarme el favor —Christian me miró, seguro recordó lo de la sudadera—. ¿Puedes llevar a este chico a casa? Sirve y aprende a conducir —rió.
—¿Y yo podré ausentarme el próximo fin de semana? —pregunté más en súplica que en duda.
—Trato —estrechamos la mano—. El lunes me cuentas el porqué —dijo, subiendo al auto de Mason.
—Acabo de ser utilizado —suspiró Mason, haciéndome reír.
—Vamos, te llevo a casa —dije, subiendo a mi auto. Él me siguió.
—Así que no vendrás a trabajar la próxima semana —comentó, alzando una ceja.
—Así es. Tengo planes —sonreí.
—¿Se puede saber cuáles? —se giró para mirarme mejor.
—Viajaré a Arizona. Se casa mi primo —pasé mi bolso al asiento trasero—. Espero que tu novia no se moleste por llevarte a casa —dije entre risas.
—Ya no es mi novia —se acomodó en el asiento—. Discúlpame por la escena del otro día.
Una parte de mí se alegró al escucharlo. Luego recordé las canciones… seguro lo estaba pasando mal.
—Perdón, no lo sabía. Espero no tener que ver con eso —hice una mueca.
—Nada de eso. Me terminó desde el primer día que viniste a tomar las fotografías. Pensó que la engañaba con una de sus amigas, que ni siquiera conocía y, cuando descubrió que no mentía, quiso volver. Ese mismo día Christian me entregó la sudadera frente a ella y explotó —me miró sonriendo—. No esperaba que le respondieras.
—Bueno… tampoco iba a quedarme callada —reí, mirando al frente.
—¿Y qué me dices? ¿Estás emocionada por ir a casa? —su voz sonaba tranquila. Yo también me sentía así.
—Sí. Hoy mismo iré a buscar el vestido para la boda —sonreí—. Kate me dejó plantada, así que me tocará ir sola.
—Te propongo un trato —lo miré—. Te acompaño a escoger el vestido… a cambio de que me cuentes por qué viniste a vivir aquí. Ese cuento de “nuevos aires” no me lo creo —hizo comillas con los dedos.
Mi sonrisa se borró por un momento. No esperaba eso.
—Perdón —añadió enseguida—. No quise incomodarte.
—Trato hecho —respondí. Él levantó la mirada, sorprendido, con una media sonrisa.
Encendí el auto y conduje hacia el centro comercial. No hablamos. No era un silencio incómodo; era uno lleno de pensamientos.
Pocas personas conocían toda mi historia. Pero algo en mí decía que podía confiarsela a Mason.
—Llegamos —dije, tomando mi bolso.
—No sé en qué me acabo de meter —comentó al entrar al local de vestidos.
—Ven, tú me ayudarás a escoger —tomé su mano y lo llevé hacia los vestidos largos.
No tenía claro el estilo. La última boda a la que fui fue cuando era niña. Marco sería el primero de mis primos en casarse.
Una chica del lugar se acercó a ayudarnos y me pasó varios vestidos mientras me dirigía al vestidor.
—Si gusta, puede ver a su novia desde los asientos frente al vestidor —dijo.
Por suerte yo iba delante. Sentí el rostro arder. No quise mirar a Mason; estaba segura de que se reiría de mi si me veía ahora.
El primer vestido era color vino, con mangas, dejaba los hombros descubiertos y ceñía mis caderas antes de caer al suelo.
—Se te ve muy lindo, Jade —dijo Mason.
—No me convence —respondí, mirándome—. Probaré otro.
El segundo tenía brillo, color rosa palo, escote corazón. Mason seguía repitiendo que se me veía muy bien, pero yo no terminaba de creerlo.
El último fue mi favorito. Azul grisáceo, sin mangas, escote en V, encaje hasta la cintura y gasa cayendo suave.
Salí del vestidor. Mason miraba a otro lado, pero al verme se quedó en silencio. La chica dio pequeños aplausos, haciéndolo reaccionar.
—Ese se le ve hermoso —dijo ella.
—Te ves preciosa —soltó Mason, sonrojándose—. Bueno… con todos digo —se rascó la nuca. La chica rió.
—Gracias, Mason —sonreí—. Me quedo con este.
Volví a cambiarme. En caja, Mason sacó su billetera.
—Déjame pagarlo.
—¿Qué? No, ¿cómo crees? Ya hiciste mucho —respondí.
—Por favor. Tómalo como un regalo —sonrió—. Además, creo que no aporté mucho —rió.
—¿Estás seguro?
—Muy seguro.
—Gracias —susurré.
De regreso, me contó historias de chicos cargando bolsas mientras sus novias seguían comprando más y más.
—Eso pasa cuando se quieren —comenté—. Lo hacen porque verlas felices también los hace felices.
—¿Y a ti? —me quedé en silencio—. ¿Qué te causa ilusión?
—No lo sé… nunca me lo había preguntado.
—Algo debe causarte ilusión en un chico.
—¿Y a ti? —pregunté en un semáforo.
—Que la chica que esté a mi lado quiera estarlo —dijo—. Ninguna se ha quedado… ni siquiera sentía que me quisieran.
—Creo que a mí me ilusionaría que alguien cumpliera sus objetivos conmigo —dije—. Olvídalo, suena tonto.
Editado: 31.01.2026