Después de casi ocho horas de vuelo, aterrizamos. Miré la hora: once de la noche.
—Por fin… muero de sueño —murmuró Kate, apoyando la cabeza en mi hombro mientras avanzábamos por el aeropuerto.
—¡Jade! ¡Kate! ¡Esperen!
Nos giramos al escuchar la voz. Apenas lo vi, me lancé a sus brazos sin pensarlo.
—¡Marco! Te extrañé muchísimo —dije, apretándolo con fuerza.
Él solo reía.
—¿Y a mí no? —preguntó Miranda cuando me solté de él, fingiendo indignación.
—Claro que sí —la abracé enseguida—. A todos.
—Vamos, subamos sus maletas al carro —dijo Marco, rodeando la cintura de Miranda—. Preparamos tu casa, Jade. Espero que te parezca bien.
—Muchas gracias —sonreí—. Justo pensaba quedarme ahí.
Entonces lo recordé.
—¿Cómo pensabas entrar? —preguntó Miranda, mirándome divertida.
—¿Qué no tienes las llaves? —añadió Kate.
—Las tengo —respondí segura—. En Nueva York.
Cerré los ojos. Marco soltó una carcajada tan fuerte que nos hizo reír a todas.
—Menos mal que estamos aquí con las llaves —dijo cuando logró calmarse.
Durante el camino miré por la ventana. No había cambiado mucho. Marco me puso al día de todos: mi abuela más que emocionada con la boda; contaba los días para tenernos a todos juntos de nuevo. Mis tíos seguían siendo los mismos fiesteros de siempre, emocionados por la boda.
—Llegamos, chicas —anunció Miranda mientras Marco bajaba las maletas.
—Gracias, de verdad —sonreí.
Observé la casa. Parecía habitada, viva. Seguro mis tías seguían cuidando el jardín. Las casas, tan cercanas unas de otras, siempre habían hecho que todos nos sintiéramos aún más unidos.
—Las vemos mañana en la despedida —dijo Miranda—. Descansen.
—Ahí estaremos —respondí.
—No saben lo emocionada que estoy —añadió Kate, provocando risas a pesar del cansancio.
—Aquí están las llaves —Marco las dejó en mi mano—. Descansen.
Los vimos alejarse en su auto antes de entrar a la casa.
—Todo está igual que antes —murmuré, recorriendo el lugar con la mirada.
Mi mamá siempre se había esmerado en mantenerla limpia… y con ese olor constante a comida recién hecha. Nadie cocinaba como ella.
Mi papá, en cambio, siempre estaba arreglando algo: tuberías, la camioneta o simplemente cambiando de lugar sus herramientas en el patio.
—Vamos a dormir, ya es tarde —dijo Kate, llevándome hasta mi antiguo cuarto. Estaba tal como lo había dejado—. Hasta mañana, Jade.
—Descansa —le sonreí mientras se dirigía al cuarto de invitados.
Dejé la maleta a un lado y me acerqué a la mesita del fondo. Había un portalápices, una pequeña lámpara y un cuadro mío con mis papás.
—He vuelto —susurré—, aquí estoy papás.
Una lágrima bajó por mi mejilla.
Recorrí el cuarto. Aún había ropa mía, objetos que preferí dejar aquí. Entonces mi celular sonó.
Logan.
—Hola, Logan.
—¡Jade! ¡Ya salió! —gritó—. Estamos con los chicos festejando.
Escuché las voces, las risas.
—No sabes lo feliz que me hace esto —me senté en la cama—. Estoy muy orgullosa de ustedes.
—Esto también es gracias a ti —escuché a Christian; seguro estaba en altavoz.
—¿Cómo vas por allá? —preguntó Nathan.
—Muy bien. Acabo de llegar a casa.
—Nos alegra mucho —dijo Frank—. Descubrimos que estamos a solo tres horas de distancia.
Reí junto a ellos.
—Debes estar cansada con las horas de viaje—añadió Logan—. Nos vemos pronto.
—Si, lo estoy —sonreí—. Tendré reponer fuerzas supongo. Hasta mañana.
—¡Te queremos, Jade! —escuché a Martin y Frank antes de colgar.
No oí a Mason.
Seguramente estaba ahí, pero no habló.
Aparté ese pensamiento. Me cambié a pijama y me recosté. Cerré los ojos repasando recuerdos hasta quedarme dormida.
El celular volvió a sonar.
Dos de la mañana.
—¿Hola? —respondí con los ojos cerrados.
—Jade…
Reconocí su voz de inmediato.
—¿Mason? —abrí los ojos y me incorporé—. ¿Eres tú?
—Sí… soy yo —arrastraba un poco las palabras. Estaba ebrio.
—¿Has tomado?
—No me regañes —rió—. Solo así tendría el valor de hablarte otra vez.
—¿Pasó algo? —me preocupaba, aunque la situación tenía algo extraño… casi tierno.
—Sí —hubo un silencio—. Ya te extraño.
—¿De qué hablas? Apenas hoy nos vimos.
—Sí, pero tú y yo estamos enojados —sonaba como si hiciera un puchero—. Así que decidí que haremos una pausa.
Reí.
—Me gusta tu risa.
—Dime que estás en casa —dije más seria.
—Sí, lo estoy. Christian está mucho peor —rió.
—Mason, ve a dormir. Es tarde.
—No estoy con Lucía —continuó—. Solo quería hacerte enojar… y el que terminó enojado fui yo.
Suspiró fuerte.
—Mason, por favor, duerme.
—¿Me quieres?
Mi corazón dio un salto a su pregunta.
—¿Qué dices? —evadí—. Tienes que dormir.
—Yo sí te quiero —dijo, y guardó silencio—. Pero no tienes que saber esto, es un secreto.
Rió otra vez, y yo también.
—Hasta mañana, Mason.
—Que descanse mi fotógrafa favorita.
Colgó.
Me quedé mirando la pantalla unos segundos.
Mañana no recordaría nada, estaba segura. Aun así, sonreí.
No había vuelto con Lucía.
Oírlo decirlo me alivió más de lo que quise admitir.
Dormí con una sonrisa en los labios, repitiendo una y otra vez ese yo sí te quiero, sin saber aún qué significaba… pero sintiéndolo muy real.
Editado: 31.01.2026