La Teoría de Tenerte

Capítulo 27

Llegamos a la casa de Angie; ahí sería la despedida. Apenas entramos, nos recibieron con un broche para colocar en la ropa. Reconocí a todas las mujeres de la familia y a algunas chicas que no conocía; supuse que eran amigas de Miranda. Aun así, todas nos saludaron con entusiasmo.

Saqué la cámara y comencé a tomar fotos de la decoración. Globos morados y rosas cubrían el techo, y en una esquina había una pequeña mesa llena de dulces extravagantes. No dudé ni un segundo en que esa había sido idea de mi tía. Después de fotografiar el lugar y a varias invitadas, me acerqué a platicar con mis primas.

—¿Y ustedes cómo están? —pregunté sentándome junto a Kate.

—Felices de que estemos juntas otra vez —sonrió América—. Pero mejor cuéntanos tú… ¿cómo estás allá? Casi no hemos hablado este último año —hizo un puchero que me sacó una risa—. ¿Sigues en la revista?

—Ya no —dije al fin—. Ahora estoy trabajando para una disquera.

—Espera… ¿estás trabajando con una banda? —interrogó Carol.

Miré a Kate, que ya se acomodaba como si supiera que venía el interrogatorio.

—Sí —suspiré—. Pero esta vez es diferente, lo prometo —sonreí con firmeza—. Además… —noté que Angie se acercaba— debo aprender a superar, ¿no?

—Está bien —respondieron las dos al mismo tiempo.

—Ya empezaremos con los juegos, chicas —anunció Angie.

Nos acercamos al resto. La verdad es que me la estaba pasando muy bien. Entre bromas, risas y comentarios incómodos, la noche avanzaba ligera. Incluso estaba ganando varios juegos.

—No, bueno, creo que Jade ya no debería jugar —dijo mi tía, tomándome por el hombro—. Déjale algo a las demás.

—Es un don, ¿qué puedo hacer? —respondí orgullosa.

Todas rieron.

—No se vale arrepentirse después —escuché decir a Angie con burla, pero no le di importancia.

Cuando me di cuenta, ya tenía varios premios acumulados. Angie me hizo una seña cerca de las escaleras mientras las demás seguían jugando.

—¿Qué pasa? —pregunté al subir.

—Ven, ayúdame con algo.

Tomó mi mano y me llevó a uno de los cuartos. Al abrir la puerta, me encontré con cuatro chicos vestidos de policías, todos sonriendo.

—Volví —dijo Angie—. Ella es Jade.

Me jaló suavemente del brazo. Saludé levantando la mano, consciente de que las miradas de los cuatro estaban sobre mí.

—Ella tomará las fotos que les mencioné.

—Hola, Jade —dijo uno de ellos, tomando mi mano y besándola—. Como podrás ver, somos todos tuyos.

Sonrió señalando al resto.

Miré a Angie, completamente embobada. Le di un codazo disimulado y reaccionó.

—Bueno… —continuó— los dejo en buenas manos —me tomó de los hombros y susurró—. Es tu don.

Entrecerré los ojos, ella soltó una carcajada y salió del cuarto.

—¿Y bien? ¿Qué hacemos primero? —preguntó uno mientras se sentaba en la cama.

—Podemos darte una pequeña muestra del show mientras tú tomas las fotos —dijo otro, acercándose con una sonrisa descarada.

—O mejor dejarla decidir a ella —intervino el que hasta ese momento no había hablado.

Le agradecí internamente. Él le miro al otro, que solo asintió, algo decepcionado.

—Bueno… —hablé al fin, sintiendo todas las miradas sobre mí—. Veo que Angie dejó algunas decoraciones para ustedes —tomé unos globos y los coloqué alrededor de la cama—. Ustedes solo hagan lo suyo.

Sentí cómo se me encendían las mejillas.

—Empecemos entonces —dijo el chico que estaba sentado, levantándose y tomando más adornos—. Yo primero.

Me guiñó un ojo.

Coloqué la cámara frente a mi rostro. No había duda: eran excelentes modelos. Aunque usaran antifaces que cubrían parte de sus caras, resultaban muy atractivos. Nunca había trabajado con algo así; la situación era extraña… y, al mismo tiempo, un poco cómica.

Tomé algunas rosas y les di una a cada uno; en ocasiones, ellos me devolvían el gesto posando para mí. Cambiaron de disfraces varias veces. No quise preguntar sus nombres reales; terminé llamándolos policía uno, dos, tres y cuatro.

El policía tres era el más coqueto, siempre listo para soltarme un piropo que yo respondía con risas.

El policía uno era tranquilo y seguía todas mis indicaciones.

El policía cuatro, aunque muy guapo, destacaba por lo bromista.

Y el policía dos… serio, reservado. Raro para alguien en su trabajo, pero agradecía que fuera así.

—He terminado —les dije, revisando las fotos—. Son muy buenos modelos.

—¿Podemos verlas? —preguntó el policía uno.

—Claro.

Me acerqué a mostrarles la cámara.

—Vaya… me gustan —comentó el policía tres.

—¿Crees que podamos quedarnos con algunas? —preguntó el cuatro.

—No tengo problema —sonreí—. Solo una cosa.

Levanté un dedo.

—Déjenme terminarlas.

Me miraron confundidos.

—Me refiero a editarlas —reí.

—¿Y cómo darás con nosotros si ni siquiera sabes nuestros nombres? —preguntó el policía dos, alzando una ceja.

—Pues...—pensé—. Tal vez las termine en Nueva York… vivo allá. Si me dejan algún contacto, se las hago llegar.

El policía uno sacó una tarjeta y me la entregó.

—Ahí está nuestro contacto —miró a los demás—. Y por el favor, no dudes en llamarnos. Te daremos un show gratis.

Los demás asintieron.

Sentí cómo volvía a sonrojarme. Por un momento olvidé que estaba hablando con strippers. Solo asentí; dudaba que alguna vez necesitara sus servicios.

Llamaron a la puerta. Era Angie.

—¿Ya están listos? La novia espera.

Ellos asintieron. Angie me miró, divertida.

—¿Estás bien?

Le mostré el dedo medio. Ella rió.

—Vamos abajo.

Al regresar, las chicas seguían jugando.

—Hermanita, tengo lista tu sorpresa —anunció Angie—. Pasa al centro, por favor.

Los gritos llenaron la sala. Cuando Miranda se sentó en la silla, las luces se apagaron y la música comenzó. Uno a uno, los chicos aparecieron bailando frente a ella. Aproveché para tomar fotos; su expresión mezclaba sorpresa y nervios.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.