La Teoría de Tenerte

Capítulo 30

Desperté con un dolor de cabeza punzante. No tardé en relacionarlo con lo que había bebido la noche anterior. Miré el pequeño reloj de la mesita: las nueve. Volví a cerrar los ojos, esperando que el malestar cediera un poco.

—¡Hora de despertar, floja! —Kate entró a la habitación y se lanzó a la cama a mi lado.

—No me explico cómo estás tan activa si bebiste el doble que yo —murmuré, cubriéndome el rostro con la almohada y agradeciendo el fresco de la tela.

—Años de práctica, querida amiga —respondió con un tono de falsa superioridad.

Reí, aunque me dolió un poco.

—¿Salimos a desayunar o prefieres comer aquí?

Lo pensé un segundo.

—Quisiera ir al restaurante que está a unas cuadras —dije, incorporándome—. Pero necesito bañarme primero —señalé mi rostro, que seguramente parecía el de un mapache por no haberme quitado el maquillaje.

Kate asintió y se fue a su cuarto a cambiarse.

Entré a la ducha y, mientras el agua caía, recordé la breve conversación con Mark. Si lograba recordar algo, lo más seguro era que le contara a los demás que me había visto, pero con un poco de suerte, cuando eso pasara, yo ya no estaría aquí.

Al salir, me sequé el cabello con una toalla y me puse un jumper blanco con pequeños detalles florales. Sandalias, cabello suelto. Lo simple se sentía suficiente.

Tomé la cámara instantánea y salí del cuarto. Kate estaba hablando por teléfono, así que la esperé en la sala.

—No me quiero ir de aquí —dijo al colgar, haciendo un puchero—. Era Ryan. No lo veré hoy, para mi mala suerte.

Bufó. Yo reí mientras guardaba la cámara en el bolso.

—Será tu amor de verano —sonreí, dándole una palmadita en la espalda—. Y no olvidemos que también estás dejando a un policía.

Le guiñé un ojo.

—Estamos, amiga —respondió burlona—. No creas que me olvidaré tan rápido de ese policía atrevido.

Rodé los ojos y caminé hacia la puerta. Kate volvió a reír.

Salimos rumbo al restaurante. Más tarde pensaba ir a casa de mi familia; estar aquí despertaba esa necesidad de estar cerca, de volver a lo conocido.

Cuando menos lo noté, ya estábamos frente al lugar.

Solía venir con mis papás los domingos, justo como hoy. El restaurante llevaba casi el mismo tiempo en pie desde que ellos se casaron. Mis padres habían sido grandes amigos de los dueños.

Tomamos asiento en una mesa vacía. Una chica se acercó a atendernos, tomó la orden y volvió a la cocina.

—Ayer recuerdo que te desapareciste un momento —dijo Kate, dejando su celular sobre la mesa—. ¿Algo que contar?

Alzó las cejas, divertida.

—Me encontré con Mark —la observé, esperando su reacción.

Se quedó en silencio, así que continué.

—Salí al jardín a tomar aire. Se sentó a mi lado, preguntó cómo estaba… y se quedó dormido.

Solté una pequeña risa. La miré de nuevo. Parecía sorprendida, aunque no estaba segura de por qué.

—Vamos, dime algo —la animé.

—No sé… —suspiró—. ¿Y cómo te sientes?

Pensé la respuesta.

—Cuando lo vi, sentí pánico —reí suavemente—. Después empezó a contarme cómo estaban él y los chicos… y fue como si nunca me hubiera ido.

Sentí cómo mis comisuras bajaban, aunque traté de disimularlo.

—¿Estoy mal?

Negó con la cabeza.

—Me preocuparía si me dijeras que los odias y que hoy mismo tomarías un vuelo para ya no volver a verlos —apoyó los codos en la mesa—. La Jade que conozco es tan dulce que perdona incluso sin que se lo pidan.

Sonrió.

—No estás mal.

—No creo que quiera verlos tampoco —miré hacia la salida—. Además, cuando íbamos en el auto de Ryan vi a Scott… y te juro que mi primer impulso fue esconderme.

Ladeé la cabeza.

—Bueno, al menos no los verás de nuevo —se encogió de hombros y luego pareció recordar algo—. Yo planeaba visitar a mis tíos hoy. ¿Tú tienes planes?

Agradecí internamente el cambio de tema.

—Pensaba ir a casa de Mamá Lisa.

—¡Jade!

Me giré al escuchar mi nombre.

Me levanté de inmediato y caminé hacia la mujer que tenía los brazos abiertos. La abracé con fuerza.

—Ya tanto tiempo, niña —dijo Ana, apretándome un poco más.

Reí y asentí.

—No quería irme sin venir antes —le dije.

—Hiciste bien —tomó mis manos—. Aquí siempre serás bien recibida.

Vi a José detrás de ella, observando con una sonrisa. Me acerqué y él también me abrazó.

—Aquí te extrañamos desde que saliste por esa puerta, Jade —dijo, pasando su brazo por los hombros de Ana.

—Supusimos que vendrías a la boda —continuó ella—. No pudimos ir por el trabajo, pero no nos quejamos. Eso es bueno.

Sonrieron. Yo también.

—Veo que ya tienen hasta personal —comenté cuando la chica regresó con la comida.

—Así es —respondió José—. El negocio va tan bien que ahora solo supervisamos.

Se notaba orgulloso.

—¿Puedo tomar algunas fotos del lugar? —pregunté, un poco dudosa.

—Las que quieras —sonrió Ana—. Así te llevas un pedacito de nuestro hogar al tuyo.

Acarició mi hombro.

—Gracias —respondí, ampliando la sonrisa.

—No te entretenemos más —dijo José—. Disfruten el desayuno.

Regresaron a sus labores.

Volví a mi lugar. Kate desayunaba con una sonrisa peculiar.

—¿Qué pasa? —pregunté.

—Nada —respondió sin borrar la sonrisa.

Fruncí el ceño, pero no insistí.

Los chilaquiles captaron toda mi atención apenas llegaron. Comimos entre cumplidos a la comida y risas por cómo Kate se manchaba la ropa. Lo de siempre. Lo bueno.

Después, Kate me ayudó con las fotografías. Tomé algunas de la fachada, otras del interior. Ella me tomó un par con Ana y José.

Les entregué algunas impresas; escribieron la fecha en la parte trasera.

—Espero que vuelvas pronto, Jade —dijo Ana al abrazarme de nuevo.

—Prometo visitarlos más seguido —sonreí, aunque mis ojos se humedecieron—. Sé que mis papás están tranquilos sabiendo que todos aquí me cuidan.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.