—Spencer, deja eso y ven acá —gritó mi tía Mary hacia mi tío, que seguía empeñado en encontrar el problema de la trituradora—. Mañana llamo al plomero, pero ven ya.
No pude evitar reír cuando él bufó, dándole la victoria. Mi tía también sonrió, satisfecha.
Llevaba ya toda la tarde en casa de Mamá Lisa. Ella se veía contenta, sentada en una esquina de la sala, observándonos como si ese simple cuadro le bastara para estar bien.
—Nunca te cases —le susurró lo suficientemente alto a Austin, que también reía.
—¡Escuché eso! —respondió mi tía Mary, saliendo tras él mientras mi tío huía al patio con su caja de herramientas.
Las risas llenaron la sala.
—Ya volvimos —escuché decir desde la puerta a mi tía Flor junto a mi tío Jace.
Saludaron a todos. Mi tía Flor se dirigió directo al cuarto de Mamá Lisa.
—¿Qué tal, Jade? ¿Te divertiste este fin de semana? —preguntó mi tío Jace, sentándose junto a Zack.
—Mucho —sonreí—. Me la he pasado muy bien.
Él asintió.
—¿Y mi tía Flor? —pregunté, buscándola con la mirada.
—Debe estar dejando el medicamento de tu abuela en su cuarto —respondió.
Noté de inmediato cómo el rostro de Zack cambiaba. Se tensó.
—Voy por algo de tomar, ya vengo —dijo mi tío Jace, levantándose rumbo a la cocina y dejándome sola con él.
—¿Mamá Lisa está enferma? —fruncí el ceño, confundida.
—Es… algo así —respondió Zack sin mirarme. Parecía querer desaparecer.
—¿Entonces qué tiene? —insistí, buscando su mirada.
—Por favor, Jade… no quiero ser yo quien te lo cuente.
Me miró por fin. Estaba claramente incómodo.
No dije nada. Algo no estaba bien. Y el silencio pesaba demasiado.
—Jade —me llamó mi tía Mary desde el pasillo—. ¿Puedes venir un momento?
Asentí. Miré a Mamá Lisa, que se reía mientras Austin jugaba con un balero frente a ella. Aprovecharía ese momento para saber que pasaba.
Caminé hasta su cuarto, donde estaban mis tías.
—¿Mamá Lisa está enferma? —pregunté sin rodeos. No podía esperar más.
Se miraron entre ellas, dudando.
—Siéntate, Jade —dijo mi tía Mary.
Obedecí.
Ella bajó la mirada, así que miré a mi tía Flor.
—Como ya habrás notado, tu abuela está tomando medicamento —hizo una pausa—. Es para ayudarla a dormir.
—¿No puede dormir? —pregunté, con el ceño fruncido.
—Tiene ataques de pánico, Jade —dijo por fin mi tía Mary—. Mamá ya está grande, y no dormir bien le afecta mucho.
Guardé silencio. Las palabras tardaron en acomodarse.
—¿Por qué…? —empecé, aunque ya intuía la respuesta.
—Cuando ocurrió el accidente de tus papás, ella se vino abajo —continuó mi tía Flor.
Recordé ese día. La llamada. Correr sin pensar. Avisar a mis tíos. Nunca supe cómo lo vivió ella.
—Desde hace un tiempo tiene pesadillas —siguió—. Pero ahora… ahora cree que tú también estabas con ellos.
Bajé la cabeza.
No podía imaginar el dolor que debía cargar cada noche.
—¿Qué tan seguido le pasa? —pregunté en un susurro.
—Últimamente era diario —respondió mi tía Mary—. Hasta ahora.
La miré, confundida.
—Este fin de semana ha dormido bien.
Lo entendí de inmediato.
Dormía tranquila porque yo estaba aquí.
—Jade —dijo entonces mi tía Mary, con los ojos vidriosos—, sé que tienes una vida hecha allá… pero ¿has pensado en quedarte?
La pregunta me atravesó.
Suspiré.
—Lo he pensado —admití, mirando las pastillas sobre el buró—. Pero no es tan fácil.
Negué con la cabeza.
—Piénsalo —insistió—. Tenerte aquí le hace bien.
—Ahora mismo me es imposible —respondí—. Pero puedo llamarla diario.
Las miré. Lo pensaron.
—Hablar con ella seguro la tranquiliza —añadí, intentando sonar más firme.
—No es mala idea —dijo mi tía Mary.
—Puede funcionar —asintió mi tía Flor—. Probemos así y vemos qué pasa.
Cuando salí del cuarto, las dudas ya no eran pequeñas.
No quería irme… pero tampoco podía quedarme. Tenía una vida, un trabajo, compromisos que no podía soltar sin más.
El resto de la tarde permanecí cerca de Mamá Lisa. Si tenerme ahí la calmaba, eso haría mientras pudiera.
Kate me llamó más tarde para decirme que ya estaba en casa. Si quería dormir antes del vuelo de la mañana siguiente, debía irme ya.
—Bueno… creo que es momento de irme —dije, sonriendo a todos, aunque sentía el nudo en la garganta—. Gracias por recibirme tan cálido, otra vez.
—Gracias a ti, Jade —dijo mi tío Spencer, abrazándome—. Aquí siempre estará tu familia.
Sonrió.
—Pero ya no tardes tanto en volver.
Reí y asentí.
Fui despidiéndome de todos hasta llegar a Mamá Lisa.
—Ya no tardes tanto en volver, hija —me abrazó fuerte.
Una lágrima se escapó. La limpié rápido.
—Prometo llamarte diario, ¿sí? —le sonreí.
Sus ojos se iluminaron.
—Te quiero mucho —le susurré al abrazarla de nuevo.
—Yo te quiero más, mi niña —acarició mi mejilla.
—Tomemos una foto —propuso Austin.
Asentí. Coloqué la cámara, activé el temporizador y corrí a ponerme junto a Mamá Lisa, rodeándola con un brazo.
—Listo —dije al ver las fotos—. Olivia, ¿me tomas una solo con Mamá Lisa?
Asintió. Le pedí una más, para dársela.
Le entregué una de todos juntos y otra nuestra. Las tomó entre sus manos y sonrió.
Volví a despedirme. Olivia se ofreció a llevarnos al aeropuerto al día siguiente. Acepté.
Zack y Austin me acompañaron a casa. Todo estaba cerca, como siempre había sido.
Cuando por fin llegamos, me despedí de ellos. Los vi alejarse por el mismo camino.
Entré a la casa y fui directo a la habitación.
Esa noche, dormir no fue tan sencillo.
Editado: 31.01.2026