Sentí cómo el calor volvía a subirme al rostro. Estaba casi segura de que el correo lo había recibido el policía dos.
—¿Pasa algo? —preguntó Logan, devolviéndome a la conversación.
—Eh… sí —titubeé—. Estoy algo ocupada, chicos. ¿Hablamos luego?
Si les contaba lo ocurrido, no dejarían de reírse de mí.
—Claro —dijo Frank, sacándolos a todos de la oficina—. En un rato tenemos otra entrevista y debemos estar listos.
Les sonreí mientras salían. Cerré la puerta y miré la hora: doce del día. Tomé el teléfono y llamé a casa de la abuela. A los tres tonos contestaron.
—¿Diga?
—Hola, mamá Lisa —dije—. Soy Jade.
—Mi niña… —no podía verla, pero estaba segura de que sonreía. Yo también lo hice—. ¿Cómo estás? ¿Ya estás en tu trabajo?
—Muy bien, y sí, ya trabajando —hice una pausa—. ¿Y tú cómo estás?
—Ahora que llamas, perfecta —respondió, y mi sonrisa se ensanchó—. Resulta que el problema de la trituradora era tan simple como apretar una tuerca —rió—. Debiste ver la cara de tu tío cuando el plomero lo resolvió tan rápido.
Reí con ella y escuché a mi tío quejarse de fondo por las burlas. Hablamos un rato más mientras yo subía algunas fotos inéditas a la cuenta de los chicos. Acordamos otra llamada y se notaba feliz. Eso bastaba para mí.
Al colgar, volví a mirar la respuesta del correo. ¿Debía contestar? Mejor no. El trabajo ya estaba hecho.
Terminé el resto de la edición y tomé mis cosas para irme. Estaba a punto de cerrar la puerta de la oficina cuando me detuve.
Lucia y Mason estaban a mitad del pasillo, prácticamente devorándose.
Cerré la puerta con un portazo intencional. Lucia soltó un grito agudo. Sonreí para mis adentros y seguí caminando hacia la salida.
—¡Oye! —gritó Lucia, corriendo hasta alcanzarme.
Me giré. Detrás de ella, Mason se acercaba, no muy convencido.
—Lucia, mejor vamos a… —empezó él.
—No —lo interrumpió—. Ya que ella arruinó nuestro momento, es bueno que se entere de algunas cosas —me dedicó una sonrisa falsa.
—¿De qué me tengo que enterar? —levanté una ceja. Solo quería irme. Estar ahí estaba agotando mi paciencia.
—Hemos vuelto —anunció, victoriosa, entrelazando su mano con la de él—. Así que, de nuevo, mantente lo más alejada posible de Mason.
—Felicidades —dije, mirando a Mason, que evitaba mis ojos—. Y por mí no te preocupes —sonreí, tomando a Lucia del hombro—. Pero sí preocúpate por que él no se acerque.
Le guiñé un ojo.
Mason miraba preocupado el rostro de Lucia, que ya debía estar rojo de coraje.
Me abrí paso entre los dos y salí directo al estacionamiento. Me senté en el auto sin arrancar. No terminaba de entender cómo se había atrevido a llamarme para decir que todo había sido una mentira cuando no lo era. ¿Qué ganaba? ¿Burlarse de mí?
Un golpe suave en la ventana me sobresaltó. Era Fred, con una sonrisa tranquila. Bajé el vidrio.
—¿Todo bien por aquí? —preguntó.
—Todo bien —suspiré.
—No lo parece —sonrió divertido—. Tengo una idea.
—Espera —lo detuve, saliendo del auto. Me recargué en la puerta—. Continúa.
—Te invito a comer y me cuentas por qué no te vi este fin de semana —alzó las cejas, pícaro.
Reí. Estaba por negarme cuando vi a Mason salir con Lucia de la mano, mirando en nuestra dirección.
—¿Qué me dices? —insistió Fred.
Tomé mi bolso del asiento y cerré el auto.
—¿A dónde quieres ir? —acepté.
Sonrió.
—Vamos en mi auto y te cuento.
Pasó su brazo para que lo tomara y lo hice. Caminamos frente a la pareja, esta vez sin mirarlos.
—Hasta mañana, Mason —se despidió Fred.
Escuché a Mason gruñir algo que no entendí.
—Tenemos a alguien de mal humor —me susurró Fred.
No pude evitar reír.
Subimos a su auto y condujo hasta un restaurante que no conocía.
—Llegamos —dijo.
Entramos juntos. Nos sentamos cerca de la ventana y una chica pelinegra se acercó a tomar la orden.
—Así que… cuéntame —dijo Fred cuando se fue—. ¿Qué tal tu fin de semana?
Tomé aire. No lo conocía del todo, pero me transmitía una confianza extraña y cómoda.
Le conté del viaje, de lo mucho que había pasado sin ir a casa. Me escuchaba con atención, tanto que terminé hablándole incluso de los strippers. Se rió conmigo.
—Vaya fin de semana —comentó cuando llegó la comida, que estaba deliciosa.
—Ni me digas —reí—. Hoy envié las fotos… y también mandé una mía por error.
Me cubrí el rostro con las manos, riendo. Él soltó una carcajada más fuerte.
—No puedo con tu mala suerte.
—¿Te puedo contar algo? —dudé—. Mejor ahora, antes de que una mentira se vuelva un problema.
—¿Tiene que ver con Mason? —preguntó, burlón.
Abrí los ojos de par en par.
—¿Cómo sabes?
—Desde el día que te conocí te ha celado —recordé ese día, las fotos, el estudio, Mason cortando cualquier intento de coqueteo—. Y no me niegues que aceptaste mi invitación después de verlo con Lucia.
Desvié la mirada.
—Lo siento… no quiero que pienses que te usé.
—De hecho, me alegra que lo hayas hecho —sonrió—. ¿No viste su cara? Estaba tan celoso que pensé que no te dejaría subir al auto.
—No quise ni verlo —me encogí de hombros—. Estaba con Lucia.
—¿Qué me quieres contar de él? —apoyó los codos en la mesa.
—Es difícil de explicar —jugué con el tenedor—. Él piensa que tú y yo estamos saliendo.
Cerré los ojos, esperando una reacción. Pero cuando los abrí, Fred estaba sorprendido… no molesto.
—¿Él piensa que somos novios?
—No exactamente, pero sí que hay algo.
—Dame más detalles —dijo, entusiasmado.
—¿No estás enojado? —pregunté.
—Al contrario —rió—. Me parece divertidísimo que Mason esté celoso. Y más de mí.
—¿Por qué? —pregunté.
—¿No lo has notado? —me miró divertido.
Negué confusa.
—Soy gay.
Eso… no lo veía venir.
Editado: 31.01.2026