La Teoría de Tenerte

Capítulo 35

—Tu cara es perfecta para una foto… pero tú eres la experta en eso —rió Fred.

Yo seguía demasiado sorprendida por su confesión. No lo había visto venir, pero ahora todo encajaba: su calma, la forma ligera en que había tomado lo que le conté.

—No pensé que fueras gay —admití—. No lo tomes a mal, pero por un momento creí que estabas coqueteando conmigo.

Me reí de mí misma.

—Los halagos son reales —levantó el dedo índice—. Jade, eres muy guapa, y no pasa nada por decirlo.

Sonreí, agradecida.

—Tal vez me expliqué mal —continuó, un poco avergonzado—. Quería hacerme tu amigo. Trabajo con puros gorilas incapaces de hablar de algo personal… pero contigo, desde que te vi, supe que tendría una amiga. Y mira —hizo un gesto amplio—, aquí estamos.

—Eso tenlo por seguro —respondí—. ¿Los chicos lo saben?

Negó.

—Nunca lo he negado, pero tampoco lo he anunciado. Pensé que era obvio… pero parece que no —rió—. Eres la única en el trabajo que lo sabe.

—Lo entiendo —asentí—. Y sobre lo de Mason… creo que será mejor decirle la verdad antes de que la mentira se caiga sola.

—¿Qué? ¿Por qué? —me miró incrédulo—. Jade, no tienes por qué decirle nada. Lucia ya salió a proteger lo que cree que es suyo y, créeme, yo haré lo mismo.

Me guiñó un ojo cómplice.

—¿Qué quieres decir?

—Si necesitas mantener a Mason lejos, deja que siga creyendo lo que quiera. Yo te cubro.

Sonrió con seguridad. Yo solo pude devolverle la sonrisa, agradecida.

Terminamos de comer entre risas. Le conté algunas de mis experiencias más bochornosas en la revista; él conocía parte de ese mundo. Durante un tiempo, salió con el hijo de uno de los millonarios de la ciudad y así había llegado al evento Ronsillas. El tiempo pasó sin darme cuenta.

El restaurante estaba dentro de una plaza pequeña con algunos locales. Fred quiso entrar a un par de tiendas y lo acompañé. Cuando terminó sus compras, volvimos a su auto y regresamos a la disquera.

—¿Ya viste quiénes están ahí? —señaló con la cabeza.

Los chicos estaban junto a una camioneta, acompañados de Christian.

—Debieron volver de la entrevista —dije.

Fred estacionó cerca y caminamos hacia ellos.

—¡Chicos! Pensé que ya estaban en casa —saludó Christian.

—Invité a Jade a comer, pero venimos por su auto —respondió Fred. Asentí.

Frank y Nathan nos miraron con expresión pícara. Rodé los ojos divertida por sus caras y luego miré a Mason, que no dejaba de observar a Fred.

—Miren al nuevo miembro —dijo Martin, emocionado, señalando la camioneta.

No la había visto bien. Era negra, con detalles rojos y el logo actualizado de la banda justo en el centro.

—Buen gasto, Christian —bromeó Fred.

—Ya era hora de algo así, ahora que empezaremos con conciertos —dijo Christian, orgulloso.

—Bueno, yo ya me voy —me despedí, caminando hacia mi auto.

—¡Espera, Jade!

Me giré. Mason venía hacia mí, nervioso.

—¿Crees que puedas llevarme a casa? Dejé mi auto en el mecánico.

—Yo te llevo —intervino Fred, acercándose.

—Gracias, pero vamos en direcciones distintas —respondió Mason—. Jade ya sabe dónde vivo… ¿no?

Me miró. Fred buscó confirmación en mi rostro. Asentí. ¿Por qué? No sé, el impulso tal vez.

—Está bien, Fred. Yo lo llevo.

No se veía del todo convencido, pero me dio un beso en la mejilla para luego susurrar un “suerte”.

—Hasta mañana —se despidió de ambos. Solo yo respondí.

Cuando todos se fueron y quedamos solos, carraspee mientras caminábamos al auto, deteniéndolo

—Antes de que subas… si Lucia me reclama por esto, ten por seguro que le diré que fue idea tuya.

Sonrió subiendo al asiento del copiloto

—¿Miedo, Steele? —preguntó, provocador.

—No —subí al auto—. Ese lo tendrás tú cuando le cuente mañana.

Arranqué. Él rió por lo bajo.

—Así que estás con Fred.

—Sí —respondí sin pensar—. Estamos en algo.

—Entiendo —dijo, en un tono imposible de leer—. ¿La pasaste bien en Arizona?

Me detuve en un semáforo.

—Mason, discúlpame, pero creo que lo mejor es hacer lo que tu novia me pidió. Entre más lejos, mejor.

—¿Para quién? ¿Para ella… o para ti?

El semáforo cambió. Avancé y me orillé.

—Para todos —lo miré por fin—. Me cansé de tus mentiras. ¿Pensabas que la pelea del otro día no significaba nada? Porque no es así.

—No te miento —insistió—. Todo lo que te digo es verdad.

—¿Ah, sí? ¿Y la llamada de madrugada qué fue? ¿Un juego?

Se sorprendió.

—Pensé que fue un sueño —se pasó la mano por el cabello—. No creí hacerlo de verdad.

—Pues no fue un sueño —respondí—. Negaste a tu novia… y me mentiste.

Arranqué de nuevo. No dijo nada más.

El resto del camino fue en silencio. Agradecí llegar pronto. Me detuve frente a su casa.

—Jade, por favor… escúchame —rogó.

—No tengo que escuchar nada —miré al frente.

En un impulso, ahogue un suspiro cuando tomó mi rostro entre sus manos y lo acercó al suyo.

—¿Qué sientes por mí? —susurró, mirando directamente mis ojos.

—Mason, por favor…

—Si me dices que no sientes este mismo vuelco en el estómago que yo, te dejo en paz.

Apoyó su frente en la mía. Mi cuerpo entero cosquilleaba. No podía mirarlo a los ojos.

—Tienes novia —dije, aferrándome a lo último que me quedaba de cordura.

—Hace un momento me confirmó que está con otro, que no se me ocurra llamarle hasta nuevo aviso —respondió—. Dime… ¿quién está mal?

—Los dos —tomé sus manos y las bajé—. No debo sentir nada por alguien que está con otra persona.

Alcé el rostro. Él no apartó la mirada.

—Por favor… — susurré

Se alejó al fin. Bajó del auto.

—Te demostraré que nunca te he mentido —dijo antes de cerrar la puerta—. Descansa, Jade

No respondí. Conduje hasta casa con las manos aún temblando. Sentía ese cosquilleo persistente… y no pude borrar la sonrisa que se formaba en mi rostro por lo que acababa de confesarme.




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