Tenía razón. Mason tenía razón.
El dolor en la pantorrilla era demasiado.
Aún no me había levantado realmente de la cama; solo lo había hecho para darle de comer a Thor, y eso ya había sido el mayor esfuerzo del día. Volví a dejarme caer entre las sábanas y tomé mi celular.
Diez de la mañana.
Suspiré y marqué el número de mi abuela. Ayer no había podido llamarla.
—¿Diga? —respondieron del otro lado de la línea.
—Hola, mamá Lisa —dije mientras intentaba incorporarme en la cama.
—¡Hija! ¿Cómo estás? ¿Qué tal el concierto?
Era la única completamente enterada de mi trabajo. No me juzgaba y, aún mejor, guardaba el secreto frente al resto de la familia.
—Salió increíble, mamá Lisa —contesté con una sonrisa.
—Me alegro por eso —continuó—. Hoy festejaremos el cumpleaños de tu prima.
Me di una ligera palmada en la frente.
—Lo recordaste, ¿no? —añadió al notar mi silencio.
—Con tanto trabajo lo olvidé —admití. Tenía que hacer algo—. ¿A qué hora es la reunión? —pregunté mientras me levantaba de la cama.
Chillé.
—¿Estás bien? —habló preocupada. Genial, ya la había alarmado.
—Sí, sí, lo estoy —me apresuré a decir—. Ayer me hice una cortada, pero nada grave —traté de restarle importancia.
—Eso espero, Jade —respondió, no muy convencida—. Estarán todos aquí a las cinco y media —contestó por fin—. ¿Por qué?
—Ya lo verás —dije, dándole un poco de suspenso—. Te llamo más tarde, mamá Lisa. Tengo que hacer unas cosas.
Escuché su despedida antes de colgar.
No tenía mi auto y ya debía ser cerca de la una de la tarde. Me di un baño rápido, cambié el vendaje de la pierna y me vestí con cuidado. No podía usar nada ajustado o el dolor sería peor. Elegí una blusa guinda, un jumper de short y mis tenis blancos.
Mi única opción era Kate.
Podía adelantar camino caminando hasta su apartamento; no estaba tan lejos… en teoría.
Salí de casa y empecé a avanzar. Pensé que sería más fácil, pero cada paso me costaba más trabajo. Saqué el celular y la llamé.
—Dime que no estás ocupada —dije apenas respondió.
—Ya terminé la reunión. ¿Pasa algo? —respondió, y sentí alivio inmediato.
—En estos momentos estoy a cinco minutos de llegar a tu apartamento —cruce la calle—. Te propongo algo, yo invito el desayuno, pero primero debo ir a un lugar. ¿Puedes?
Justo en ese momento di vuelta a su calle. El dolor ya me estaba ganando.
—Si incluye comida, claro que sí, ya bajo —respondió sin dudar.
Sonreí. Kate siempre estaba para mí; a veces sentía que no merecía tanta amistad.
—Gracias. Te veo abajo.
Al parecer sí había sido lenta, porque cuando por fin llegué al edificio, Kate ya me esperaba dentro de su auto. Subí con cuidado.
—¿Qué rayos te pasó? —preguntó apenas me senté—. ¿Y por qué no traes tu auto? —añadió, alzando una ceja.
—Buenos días, Kate —dije con una sonrisa. Suspiré—. Ayer mi auto decidió no arrancar y tengo que llevarlo al mecánico.
Luego señalé el vendaje.
—Y esto… fue por la botella que lanzaron en el concierto. Debió caerme un vidrio en la pierna. No lo vi tan grave hasta que Mason me ayudó a curarme.
—Espera… ¿Mason? —sacudió la cabeza—. Me lo cuentas en el camino. ¿Vamos al mecánico?
—No —respondí. Me miró confundida—. Necesito ir al centro comercial.
Seguía sin entender.
—Es el cumpleaños de Olivia.
Entonces lo captó.
—No le puedo fallar —continué—. Nunca lo he hecho. Su regalo no llegará a tiempo, pero llegará.
—Bien —dijo arrancando el auto—. Vamos entonces.
Durante el trayecto le conté cada detalle de ayer: desde el inicio del día hasta la noche, la cena con Mason y lo mucho que se había preocupado por mí.
—Insisto —concluyó riendo—, tú y yo necesitamos hablar diario o voy a estar perdida.
La seguí riendo.
Cuando por fin llegamos al centro comercial, tenía claro el regalo, pero no la tienda exacta.
—Debe dolerte mucho —dijo Kate mientras me dejaba apoyar parte de mi peso en su hombro.
—Mañana estaré como nueva —o eso esperaba.
—¿Cuál es el plan?
—Primero, estoy segura de que le encantará tener unos zapatos nuevos.
Kate asintió.
—Y tú y ella son de la misma talla.
Volvió a asentir y comenzamos a caminar.
Olivia no era nada sofisticada y mucho menos pedía más de lo que necesitaba, pero si había algo que le encantaba eran los zapatos… aunque no cualquier par.
—Esto es algo que estoy segura de que usaría —dije mirando las botas que Kate sostenía—. Y son su talla.
Eran de terciopelo, apenas llegaban al tobillo y, sí, completamente su estilo. Espero que no tenga unas iguales. Las dos aprobamos la compra y fui a pagarlas.
—Listo —dije con la caja en mis manos—. Ahora solo una cosa más.
Miré alrededor.
—Vamos.
Tomé su brazo como apoyo y caminamos juntas.
—Hola, estoy buscando un collar termocrómico —le dije a la chica detrás del mostrador de la joyería.
Ella asintió y fue a buscarlo.
—¿Un qué? —preguntó Kate, y reí.
—Hace poco vi que existen collares que cambian de color con la temperatura —expliqué—, y curiosamente tu temperatura cambia según tu humor.
Me miró aún confundida.
—El collar cambia de color según cómo te sientes.
—Ah…
—Son estos —dijo la chica al regresar con una caja llena de opciones. Uno en particular llamó mi atención.
—¿Puedo ver este? —señalé.
El collar era hermoso: en forma de corazón, con el contorno cubierto por una tira delgada de laminado del mismo color que la cadena.
—Está hermoso —Kate lo sostenía en sus dedos—. Me imaginaba algo más fantasía, pero ahora quiero uno.
—Yo también —reímos
—Me llevaré este, por favor —dije sonriendo.
Todo había sido sorprendentemente fácil. Lo último fue conseguir una caja bonita y sus dulces favoritos. Después, desayuno rumbo al apartamento de Kate.
Editado: 31.01.2026