Estábamos terminando de desayunar cuando Kate me contó que Ned le había pedido su número.
Y aunque no habíamos conocido a esos chicos en una rutina común, estaba segura de que eran buenas personas. No solo eso: había prometido seguir en contacto con ellos.
Solo faltaba una cosa por resolver: mi auto.
Había llamado al mecánico y él se encargaría de llevarlo a su taller. Kate me llevó hasta el lugar para entregarle las llaves y, después, volvimos a mi casa. Ella también quería estar en la fiesta virtual de Olivia.
—¿Lista? —le pregunté, observando cómo se acomodaba el cabello frente a la cámara de la computadora.
—Sí, llama ya.
Asentí y busqué el contacto de Olivia.
—¡Feliz cumpleaños! —dijimos al unísono apenas respondió.
—¡Chicas! Muchas gracias —contestó Olivia—. Por un momento creí que lo habías olvidado.
Negué con la cabeza de inmediato.
Era consciente de su cumpleaños, pero tanto trabajo me había hecho perder la noción del tiempo.
—Lo siento —empecé—. Tu regalo no está en casa ahora, pero mañana estará en casa de mamá Lisa —dije emocionada; ya quería que viera su collar—. ¿Y los demás?
Intenté ver más allá de la pantalla.
—Oh, espera —dijo mientras caminaba por el largo pasillo de la casa—. ¡Saluden!
Gritó y, enseguida, todos giraron hacia la cámara.
Saludé junto con Kate. Ahí estaban mis primos, mis tíos y, como gran costumbre familiar, el enorme pastel hecho por mi abuela.
—Chicas, deberían estar aquí ahora —dijo mi tío Spencer, acercándose a la cámara.
—Pronto volveremos —respondí.
—Me he enterado de que hablas diario con tu abuela, pero yo aún no recibo tus llamadas —se quejó mi tía Mary.
Kate me miró con burla y yo solo asentía, prometiendo más y más cosas.
Así pasó el resto de mi tarde: entre los gritos típicos de mi familia y Kate asaltando mi refrigerador sin culpa alguna.
—¿Crees que Ned se haya ido ya? —preguntó de pronto Kate mientras yo apagaba la computadora.
La miré con burla.
—Digo, el regalo debe llegar a tiempo, ¿no?
—Ajá —negué riendo mientras miraba mi celular—. Falta poco para las ocho.
Sus ojos se iluminaron.
—¡Vamos!
—¿Vamos a dónde? —pregunté confundida.
—Iremos en mi auto. Estoy segura de que se irán en taxi o algo así —sonrió—. Es otra oportunidad para agradecerles, porque eso —señaló mi pierna— pudo haber sido peor.
Ahora yo reí y tuve que aceptar que era verdad aunque mi mente gritaba, fue Mason quien me curo pero... ¿Ethan evito que fuera más grave?.
—Pero tendrás que ayudarme a caminar, porque esto duele —cedí.
Kate dio un pequeño saltito de felicidad.
Ahora íbamos de camino de regreso a su edificio.
La amistad con esos chicos estaba creciendo demasiado rápido. En solo un fin de semana ya conocía sus nombres, sus verdaderos trabajos e incluso la razón por la que trabajaban como strippers.
Además, con Ethan… estaban pasando cosas.
No sabía qué pasaría ahora que ellos regresaran a Arizona, pero al menos podríamos seguir hablando.
—Llegamos —dijo Kate, deteniendo el auto cerca de la entrada.
Abrió su puerta, pero la detuve sujetándole la muñeca.
—Alto. Necesito saber esto —levanté una ceja—. ¿Qué pasó con Ryan?
Miró al suelo.
—Nada —se encogió de hombros—. Literalmente nada. —Suspiró— No me ha vuelto a llamar y creo que solo fui su interés del fin de semana.
Le apreté la mano.
—Mi amiga no es solo un interés de fin de semana —solté sin dudar—. Levanta esa cara, que hay un chico allá arriba esperando a que su “princesa” llegue a su rescate.
Hice comillas y ella rió.
—Pero eso sí —la señalé—: nunca permitas que él ni nadie te trate con menos del valor que mereces.
Me sonrió y le devolví la sonrisa.
Tal vez yo también debería seguir mi propio consejo más seguido.
Salimos juntas del auto y subimos al ascensor.
—No estoy muy segura de cuál sea su departamento —dijo cuando nos detuvimos en un piso—, pero estoy segura de que deben estar aquí.
La seguí hasta que se detuvo frente a un apartamento.
—Es este —se giró hacia mí—. Toca.
—¿Por qué yo? —me quejé—. Si no es este, la vergüenza será mía.
Kate miró hacia otro lado.
Seguí su mirada. Del departamento de enfrente salían gritos… y esas voces.
De no ser porque las había escuchado toda la tarde de ayer, no las habría reconocido.
—Es este —afirmó Kate, plantándose frente al departamento del que provenían los gritos, con una sonrisa victoriosa.
Negué riendo.
—Yo toco.
Dio unos golpes firmes en la puerta. Los gritos se detuvieron de golpe.
—Kate —dijo Ethan, sorprendido, apenas abrió.
Ella me jaló del brazo.
—Jade —añadió.
Saludé con una sonrisa.
Al menos, si era la puerta correcta.
Editado: 31.01.2026