La Teoría de Tenerte

Capítulo 60

—¿Por qué me lo cuentas ahora? Si lo que querías era que fuera feliz… ¿por qué decirme esto? —pregunté con amargura. La garganta me ardía por el nudo que llevaba conteniendo desde hacía minutos.

—Te lo explicaré todo —intentó tomar mi mano; la aparté. Aun así, continuó—. Los chicos estaban molestos conmigo. Debí contarte la verdad desde el inicio. Al menos me habrías odiado solo a mí, no a ellos.

Se acomodó en su asiento.

—Nos dimos un tiempo. Nadie tenía ánimo de nada. Estábamos molestos… y tú eras parte de nosotros, Jade. Por ti hoy somos un grupo.

Su voz comenzó a quebrarse.

—Yo estaba decidido a dejarlo todo. Sentía que ya no tenía futuro… o al menos no el que quería.

Levantó la mirada hacia mí. Yo di otro sorbo a mi batido, como si eso pudiera mantenerme a flote.

—No sabía nada de ti. No podía preguntarle a nadie, hasta que recordé algo —fijó sus ojos en los míos—. El estudio. Era querido y odiado al mismo tiempo… y sabes por qué.

Lo pensé apenas un segundo.

—Siempre observados —respondí.

No había privacidad. El lugar era nuevo y querían asegurarse de que nada faltara; la solución había sido llenar cada rincón de cámaras. Si lo que Parker decía era cierto, los videos debían mostrarlo todo.

—Conseguí las grabaciones de ese día… y también las de los días de trabajo del disco. Estaba decidido a encontrarte y mostrártelas, pero necesitaba saber dónde estabas. Así di con Marco.

Hizo una breve pausa.

—Seguía molesto, claro que sí. Pero le mostré todo. Me entendió… y poco a poco volvimos a hablar. Tu familia comprendió la situación, pero no te dijeron nada. Coincidían en que estabas en tu derecho de superar, y si tu querías, me escucharías... no conocen la historia completa, pero saben que soy amigo de Marco… y creo que lo respetan.

Bajó la mirada.

—Marco no quiso decirme nada de ti. Solo sabía que estabas tranquila y… feliz.

Esa palabra cayó pesada.

—Tuve que aceptar la realidad. Pasaron meses. Años. Luego me invitó al anuncio de su boda… y a ser su padrino. Acepté sin pensarlo.

Sonrió apenas, perdido en el recuerdo.

—Ese día te llamaron. Todo cambió cuando escuché tu voz otra vez. Quise contarte todo, pero había pasado demasiado tiempo. Sabíamos que temías verme ahí. Dudé en ir a la boda… —soltó una pequeña risa amarga—. Te mentiría si dijera que fui solo por ser padrino, pero fui porque quería verte, aunque fuera de lejos.

Inspiró profundo.

—No pasó. Pensé que no habías ido. Después del discurso volví a casa… y el resto es historia.

Exhaló con fuerza. Yo me recargué en la silla. Demasiada información. Demasiado para procesar.

—Ten —dijo, extendiéndome una pequeña memoria USB.

—¿Qué es esto?

—Esta mañana pasé los videos aquí. Sé que las palabras no bastan… pero ahí está todo lo que necesitas ver.

La memoria pesaba en mi mano como si llevara años de dudas dentro.

—Debo irme —murmuré. Me sentía desorientada; todo lo que creía cierto ahora estaba en duda, y esa duda vivía dentro de ese objeto.

—Jade… sé que nada de esto justifica lo que te hice pasar —dijo con la voz baja—. Seguiré arrepentido toda mi vida. Solo te pido que comprendas a los chicos. Ellos no tuvieron nada que ver. Fue mi culpa. Perdónalos, y...

Me puse de pie.

—Espero que algún día puedas perdonarme a mí.

Bajó la cabeza.

Salí del lugar con una mezcla imposible de emociones: enojo, tristeza… y una tranquilidad incómoda que no sabía de dónde venía.

Caminé hasta mi auto con las piernas temblándome. Conduje a casa en automático: sabía lo que hacía, pero no sentía el tiempo pasar.

Toqué la puerta y Kate me recibió. Fue ahí cuando reaccioné. Me lancé a sus brazos y dejé caer, por fin, todas las lágrimas que había contenido.

—Tranquila, ya estás en casa —susurró.

—No sé cómo sentirme —apenas pude decir.

—Vamos a sentarnos.

Asentí. Las cajas seguían a medio desempacar.

—Iré a ayudarte con el cuarto —señalé—. Hagámoslo.

Di un paso, pero me detuvo.

—Jade, vamos a hablar. No lo evadas.

Suspiré y limpié mis lágrimas. Le conté todo: cada palabra, cada gesto, cómo lo viví. Ella escuchó en silencio, comentando apenas lo necesario.

—Y esta es la memoria —dije al final—. Según él, aquí está todo.

—¿La verás ahora?

—Tal vez después. Ahora es demasiado.

Thor salió del cuarto y lo seguí con la mirada.

—¿Seguimos acomodando? —propuse—. Dejamos listo todo para que duermas y mañana seguimos.

Kate sonrió.

—Solo falta la ropa.

Hice una mueca de terror. Había demasiadas maletas.

—A trabajar entonces.

Separé prendas, categorías, colores. Entre las dos llenamos el armario. Siempre me había gustado esta casa por lo espaciosa que era. Esa habitación había sido de Kate casi siempre; algunas veces de Rosa, y una de Mason. Me alegraba saber que ahora compartiríamos el lugar.

—Ya son las siete —dijo—. ¿Vamos al supermercado?

La miré, estaba agotada.

—Descansa. Mañana iremos.

—Gracias por todo, Jade.

—Es lo mínimo que puedo hacer por la chica que me salvó cuando más lo necesitaba.

Hizo un puchero y me abrazó.

Y era verdad. No se trataba de devolver favores. Me nacía cuidarla. Es mi amiga. No la imagino en otro lugar que no sea aquí, conmigo.

Además… esto va a ser divertido.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.