Caminé hacia mi auto. El día parecía adaptarse a mi ánimo; el cielo se cerraba poco a poco, como si fuera a llover otra vez.
Encendí la radio. Ni siquiera tenía ganas de conducir, pero claramente el auto no lo haría solo, aun así lo encendí.
—Voy contigo.
Mason entró al auto.
—Mason, por favor, sal —apagué el motor—. No quiero hablar ahora.
Miré al frente. Daniel salía del edificio; seguramente detrás de él vendrían los demás.
—Bien —dijo, también mirando al frente—. No hablaremos —me miró—, pero no voy a dejarte sola.
Bajé la mirada.
Encendí de nuevo el auto. No iba a ningún lugar en específico; solo conducía. Y, tal como dijo Mason, ninguno habló.
Cuando me di cuenta, estaba estacionándome frente a Central Park.
Bajé del auto, con Mason detrás de mí. Caminé por el enorme parque hasta llegar al lago. Me acerqué al barandal; se veía tan tranquilo que, por primera vez en todo el día, sentí un poco de paz.
Mason se colocó a mi lado. Busqué su mano y entrelacé nuestros dedos meñiques, sin decir nada. Él no se apartó.
—Hablé con Parker —comencé—. Me explicó lo que pasó.
Me giré a verlo; solo escuchaba. Volví la vista al lago.
—Todo lo que creía… estaba equivocado —bajé la cabeza—. Juraba que él y el resto me habían abandonado en mi peor momento y que… —hice una pausa— que él me había engañado. Me equivoqué en todo.
Asentí para mí misma. Ya no quería llorar.
—No seas injusta contigo —levantó mi rostro—. No sabías cómo fueron las cosas. No puedes culparte.
—Nos íbamos a casar —solté de pronto.
Separé mi mano de la suya.
—No te conté todo —dije apenas audible.
—¿Quieres hacerlo ahora? —preguntó con cuidado.
Asentí.
Nos sentamos en una banca mientras intentaba ordenar mis ideas.
—Conocí a Parker por mi primo Marco. Conectamos muy rápido; salimos un par de veces y luego lo hicimos oficial —recordé—. Pasamos cinco años juntos. Él estuvo conmigo durante toda mi carrera y yo con él cuando formaron el grupo. Empecé a trabajar con ellos, hice sus primeras portadas, sus primeras fotos.
Mason no apartaba la mirada.
—Mis papás confiaban ciegamente en él. Toda mi familia también —respiré hondo—. Un día, Parker fue a casa de mis papás cuando yo no estaba…
Hice una pausa.
—Quería pedirles permiso para casarnos.
Bajé la mirada, pero seguí.
—Ellos aceptaron. Parker grabó todo ese momento. Después, durante una cena, logró que pusieran el video en todas las pantallas del restaurante y me dio el anillo.
Sonreí con nostalgia.
—Estábamos comprometidos. La boda sería después de que lanzaran su disco…
Quise continuar, pero el nudo en la garganta no me dejó.
—Tranquila —susurró—. No te presiones.
Sobó mi espalda. Tomé aire.
Mi celular empezó a sonar. Miré la hora: una de la mañana. Era mamá.
—Dime, ma… ¿ya vienen? —pregunté, medio dormida.
—¿Hablo con Jade?
Esa no era la voz de mi mamá. Miré el celular: sí era su número.
—¿Hola?
—Sí, soy yo —respondí nerviosa—. ¿Qué pasa? ¿Por qué habla desde el celular de mi mamá?
El ruido del otro lado me alteraba.
—Tranquila. Mi nombre es Danna, soy paramédico. Tus papás tuvieron un accidente.
La sangre se me fue a los pies.
—¿Qué? ¿Dónde? ¿Cómo están?
Me levanté de la cama mientras escuchaba la dirección. Tomé mis llaves y salí corriendo.
No dejaba de llorar. Mis piernas temblaban cada vez más fuerte al escuchar las ambulancias.
Cuando llegué, corrí hacia el auto.
—¡Déjenme pasar! —un policía me detuvo—. ¡Son mis papás! ¡¿No ve?!
Vi a los médicos forenses acercarse. Mi corazón se detuvo.
—¡No! ¡Déjenme verlos, por favor!
—Lo siento, señorita. No podemos.
Caí de rodillas. Gritaba hasta que la garganta me ardía.
—¿Qué pasó? —pregunté entre sollozos.
—No fue su culpa. Los chocaron y el auto se volcó.
Miré al otro vehículo: un hombre estaba siendo esposado.
Corrí hacia él.
—¡Destruiste a mi familia! —grité, empujándolo contra el costado del auto—. ¡Los mataste!
Mi voz no parecía mía. Era un alarido áspero.
—¡Tú hiciste esto! —señalé lo que quedaba del coche de mis papás: metal retorcido y vidrio esparcido
Un agente me sujetó por los brazos y me apartó del lugar. Me resistí, pataleé, lloré sin aire. El cuerpo me temblaba como si me estuviera congelando desde dentro. Apenas podía mantenerme en pie cuando saqué el celular con las manos entumecidas.
—Tío… —dije apenas respondió. La palabra se rompió en mi garganta—. Mis papás…
—¿Qué pasó, Jade? ¿Qué tienen? —preguntó, ya alterado.
—Están muertos —susurré. No lo grité. No pude.
Del otro lado de la línea escuché un grito ahogado, algo caer al suelo. Le dije dónde estábamos y colgué. Me quedé mirando la pantalla apagada como si pudiera devolverme algo.
Marqué otro número.
—¿Jade? —respondió la voz adormilada de Parker—. ¿Qué pasa, linda? ¿Estás bien?
—Mis papás ya no están… —el llanto me dobló—. Tuvieron un accidente y… ya no están.
No respondió o más bien, no le di tiempo de ello, colgué la llamada apenas vi como realizaban las maniobras para sacar a mis papás del auto.
Mi familia llegó poco después. Todos hablaban, gritaban, preguntaban. Yo solo quería acercarme a mis papás, verlos, tocarlos, confirmar que no era una pesadilla. Que no me dejaron. Me quedé a un lado de la ambulancia forense mientras mi tía Mary me rodeaba con los brazos.
Después… ya no sentí nada.
Ni lágrimas.
Ni rabia.
Nada.
Parker no volvió a llamar. Y nunca me había sentido tan sola.
Los días siguientes fueron una niebla constante. Mi cabeza parecía a punto de estallar. No me moví de la sala de la funeraria; no quería dejarlos ahí solos. La gente se acercaba, me daba el pésame, movía los labios…
¿Y qué se supone que debía decir yo?
Editado: 31.01.2026