Scott
Jade tomó su cabeza entre sus manos.
Estaba preparado, si esta chica sigue siendo la misma que recordaba, debía estar lista para golpearme si no escuchaba lo que yo tenía que contar. Maldito Parker, ¿Por qué no le dijo todo?
—¿Cómo que ya sabía? —murmuró, sin levantar la vista del suelo.
—Después de que te fuiste… en el aeropuerto —comencé—, Parker y los demás regresamos al estudio.
Asintió, seguro eso ya se lo imaginaba. Joder, ¿Por qué vine? Siempre me llevo la peor parte, reformule todo tal cual recordaba.
—Luego pasaron días sin saber de él. Si te soy sincero, tampoco quería verlo.
Desvié la mirada. Recordarlo aún me incomodaba.
—A todos nos dolió no estar contigo en ese momento. Queríamos apoyarte, demostrarte que íbamos a estar ahí… siempre.
Se quedo callada.
Mierda, tiene esa mirada. La misma mirada de dolor cuando la seguimos al aeropuerto.
—Las cosas habrían sido muy diferentes de haber sido así —susurro
Asentí despacio.
—Pero Parker nos rogó que lo ayudáramos… y tenía razón —me recargué en el sillón—. El pago del álbum era demasiado y el tiempo, mínimo.
Cada reunión con los inversionistas era lo mismo, “¿Cuándo quedara listo?”, “¿Ya lo tienen?”, “Si no avanzan, se cancela todo” cada vez que los veíamos, incluía al menos una de esas frases.
—Ese dinero lo necesitaban para su boda… y para todo lo que pudiera venir después. Más que nunca, en ese momento.
Suspiré. No había forma bonita de decirlo. Sin dinero, casarse era la idea más estúpida, y después del accidente de sus padres... peor.
—¿Pero ni una llamada? —preguntó—. ¿En serio?
—Durante las grabaciones no teníamos celulares —respondí—. Sabes lo estricta que era Elizabeth con eso.
Claro que la recordaba. Nadie podría olvidar a Elizabeth, le guardaba una parte de cariño, aunque fuera la representante mas estricta que pudimos tener... sin duda haberla tenido es gran parte de la razón por la que nos fue tan bien después.
—Dormíamos ahí. Como si así, en mitad de la noche, pudiera surgir una idea. Parker ni siquiera dormía.
Asentía mientras hablaba. Yo seguía.
—Nos tomamos un tiempo… mientras el álbum sonaba, nadie lo sabía, pero estábamos a punto de separarnos.
Hice una pausa.
—Luego Parker encontró las grabaciones y empezó a buscarte —la miré—. Yo recordaba a una amiga tuya… la mencionabas mucho. Siempre que estaba en Arizona, tú estabas con ella. Parker también lo sabía.
Jade asentía despacio.
—¿Viajó hasta aquí por eso?
Asentí.
—El mismo día que se enteró compró un boleto de avión —miré de reojo a su perro acercarse—. Fui con él. Después de todo, las explicaciones te las debíamos todos.
Bajé la mirada.
—Teníamos la esperanza de que, con esas pruebas, todo se arreglara. Que con suerte vendrías con nosotros, pero…
—Pero... ¿qué?
Y el recuerdo volvió sin permiso.
—Entonces… ¿cuál es el plan? —pregunté mientras me colgaba la mochila.
—No tengo uno —respondió Parker, mirando al suelo—. Estamos en Nueva York, Scott.
Se levantó de la cama como si quedarse quieto fuera peor que no saber qué hacer.
Era una locura.
Pero valía la pena.
Jade podía estar aquí… aunque aún no fuera una realidad.
—Podríamos intentar llamar a su amiga —sugerí.
—Claro —respondió con sarcasmo—. Y ella feliz nos dirá dónde está.
Negó con la cabeza.
—Va a cuidar a su amiga, Scott. No hay forma de que nos crea. Y si se entera de que estamos aquí, será peor.
Tenía razón. O al menos, sonaba como si la tuviera.
—Entonces… —dije—. Esta ciudad es enorme. No hay forma de encontrarla por casualidad.
—No hay otra opción —dijo, saliendo del cuarto del hotel.
Fui tras él.
No porque creyera que lo lograríamos, sino porque no podía dejarlo hacerlo solo.
Horas de búsqueda.
Parques. Supermercados. Calles interminables.
Gente que no era ella.
—Parker, esto es imposible. Debemos llamar a…
—Esperemos aquí —me interrumpió.
El edificio donde nos detuvimos era enorme. Las letras de la fachada llamaron mi atención, sin duda era imponente.
Miré a Parker. Aún sostenía la revista.
—¿La revista? —pregunté.
Me la pasó.
For You.
El mismo nombre que el edificio.
Parker no parpadeaba.
Yo hojeé la revista: eventos, fotografías, nombres.
—Mira debajo de las fotos —dijo, sin mirarme.
Y entonces lo vi.
Jade Steele.
Sentí ese golpe de realidad en el pecho.
No había error posible.
Miré la hora. Seis de la tarde.
—No debe faltar mucho para que salgan.
—Tal vez deberíamos entrar —dije tras el silencio.
—Están por salir —respondió—. Esperemos un poco más.
Minutos después, una mujer salió del edificio.
No estaba sola.
A su lado… estaba Jade.
—Vamos —dije, poniéndome de pie.
Parker no se movió.
—¿Qué haces? —pregunté, alarmado.
—¿No lo ves? —sus ojos seguían fijos en ella.
Miré de nuevo hacia Jade.
La última vez que la había visto estaba rota, apagada, como si cargar su propio nombre le pesara.
Ahora reía.
Y no era una risa tímida. Era real.
Ahí entendí que Parker también ya había entendido.
—¿Ya lo viste? —dijo, con la voz quebrada—. Esa chica… superó la mierda que le hice pasar.
Tragó saliva.
Yo no supe qué decir.
—No quiero atarla a mí.
Seguía mirándola, como si apartar la vista fuera perderla otra vez.
—Está mejor aquí.
Se cubrió el rostro con las manos.
Y por primera vez, lo vi rendirse.
—Lo siento, Scott… pero no puedo.
Y supe que, aunque quisiéramos, ese era el final.
—Después de eso volvimos a Arizona —concluí—. Si tú estabas bien… los demás teníamos que aprender a estarlo también.
—Gracias... por contarme todo —su mirada estaba perdida, como si su mente ya estuviera pensando en veinte cosas más.
Editado: 31.01.2026