Una hora más y podría irme a casa.
El sonido de los instrumentos atravesaba las paredes del estudio; por cómo vibraban los bajos y la batería, todos debían estar arriba. Yo ya no tenía nada pendiente.
El celular vibró. Fred.
“Ayúdame acá arriba por favor”
Suspiré con una sonrisa leve. Apagué la computadora y me puse de pie. Si iba a quedarme esa última hora, al menos sería ayudando en algo útil.
Lo encontré afuera del estudio, caminando de un lado a otro con expresión apurada.
—Estaba por llamarte —dijo apenas me vio.
—¿En qué me necesitas? —pregunté.
—Los chicos de allá no me dejan ni un segundo —bromeó, rodando los ojos. Reí—. Mira —dijo mientras me entregaba unas llaves—. Al fondo hay un cuarto, lo usamos de bodega, en una caja…
—¡Fred! —se escuchó el grito de Martin desde el interior del estudio.
Fred cerró los ojos con paciencia exagerada.
—¿Lo ves? —reí—¡Un minuto! —gritó de vuelta—. Es una pequeña caja, dice “sonido”, no recuerdo exactamente dónde, pero tiene algunos cables. ¿Puedes traerla, por favor? —me pidió mientras caminaba de regreso al estudio.
—Voy por ella, no te preocupes —respondí, girando en dirección al pasillo que me había indicado.
Abrí la puerta del cuarto. El lugar estaba prácticamente a oscuras. Busqué el interruptor de la luz con la mano, pero fue un caso perdido: las cajas apiladas tapaban las paredes por completo. Encendí la linterna del celular y el haz de luz recorrió polvo, cartón y etiquetas viejas. Usé una de las cajas para detener la puerta y dejar que entrara un poco más de luz.
Comencé a mover cajas, leyendo rótulos, agachándome, levantándolas con cuidado.
—¿Quieres ayuda? —preguntó una voz.
Me giré apenas.
Estaba recargado en el marco de la puerta.
—¿Qué no deberías estar en el estudio? —dije mientras movía una pila grande de cajas hacia un lado.
—Tengo tiempo —respondió acercándose y moviendo otra caja.
—Gracias —lo miré un segundo.
—No es nada, solo dime qué estamos buscando —dijo mientras buscaba el interruptor de la luz.
—No por esto —añadí, bajando un poco la voz—, gracias por escucharme ayer.
No dijo nada.
El silencio quedó suspendido entre ambos.
—Es una caja que dice sonido —respondí entonces, retomando lo anterior.
—Me parece que es esta —dijo al encontrar una pequeña caja. Me la entregó; coincidía exactamente con lo que Fred había descrito. Asentí—. Y no tienes nada que agradecer —agregó al fin.
—Hice caso a tu consejo —dije mientras regresaba las cajas a su posición original.
—¿Cuál? —preguntó, visiblemente confundido.
—Dejé que todo fluyera —lo miré—. El pequeño empujón que necesitaba. Me ayudaste a darlo.
Se quedó mirándome. No sonrió, ni respondió de inmediato.
—Ya veo —dijo finalmente. Caminó hacia la puerta, pero se detuvo antes de cruzar la puerta—. Yo le dejé el camino fácil a Parker, bien por mí —dijo, y salió de la bodega.
Me quedé unos segundos ahí, inmóvil.
¿Camino fácil?
Él mismo me aconsejó… ¿y ahora se molestaba por hacerlo?
Cerré la puerta con llave y caminé de regreso al estudio. Mason estaba junto a Fred, con los audífonos puestos, concentrado. Al verme, Fred levantó la vista.
—Gracias, Jade —me sonrió.
—No es nada —respondí. Crucé miradas con Mason por apenas un segundo—. Yo ya me voy —le dije a Fred.
Con una seña me despedí también del resto, que estaba del otro lado del gran vidrio.
Salí de ahí.
No sé cuántas veces más me había repetido que esta vez sería diferente, pero definitivamente, hoy, no iba a ser la que se la pasara mal por la discusión.
Cuando llegué a casa dejé todo en la entrada, fui directo a la cocina, saqué lo necesario y comencé a preparar la comida.
—Ya no tiene agua, entonces… ¿ya está listo? —mostré el sartén a la cámara.
Hoy la llamada con Mamá Lisa se había convertido en una clase de cocina por video. Ella parecía divertirse más que yo.
—Está listo, mi niña. Has hecho un gran trabajo —dijo, y le sonreí.
Al fin había terminado. Y lo mejor de todo era esa sensación tibia en el pecho: me sentía cerca de mi abuela, aunque estuviéramos a kilómetros de distancia.
—¿Te puedo preguntar algo? —dije, tomando el celular mientras caminaba hacia la sala.
—Todo lo que quieras —respondió. La vi beber de su vaso de agua.
—Es del día del compromiso de Marco y Miranda… ¿tú ya lo sabías? —pregunté.
—Qué bueno que me lo recuerdas —se acomodó en su lugar—. Parker nos debe un pastel, creo que huyó con él.
Reí a carcajadas.
—¿Te da risa? —preguntó, fingiendo estar ofendida.
—No, no es eso —me apresuré a decir—. Es solo que ahora Parker y los demás están trabajando junto con la banda que estoy ahora, y me contó sobre el desastre del pastel.
—¿Desastre? —preguntó.
—El pastel no se lo llevó —reí—. Se lo tiró encima.
Formo una “o” perfecta con la boca.
—Espera un momento… Entonces lo volviste a ver y... ¿Lo perdonaste? —preguntó.
Me había saltado muchas partes de la historia.
Di un sorbo al vaso con agua que tenía a mi lado.
Esta vez venía la conversación más seria de mi vida.
Editado: 31.01.2026