Me miré en el espejo.
¿Debía vestirme igual? Seguía con la misma ropa de la mañana y, de pronto, me pareció demasiado formal… o tal vez no lo suficiente.
Fui hasta el armario y empecé a sacar todo sin pensar demasiado: vestidos, faldas, pantalones. La cama terminó convertida en un caos de telas y decisiones pendientes. Y, aun así, no sabía qué ponerme.
Mi celular comenzó a sonar. Kate.
Antes de contestar miré la hora: seis con treinta. Aún tenía tiempo.
—Cuéntame cómo estuvieron las canciones —dijo apenas respondí—. ¿Son buenas?
Por el ruido, estaba comiendo. Segurísimo.
—Son muy buenas —respondí mientras seguía revisando la ropa—. Ayúdame con algo, tú tienes más experiencia en esto —empecé—. ¿Qué usarías para esta noche?
—¿Esta noche? ¿Festejarás con los chicos?
Tomé una falda entre mis manos.
—No —contesté—. En realidad, saldré con Parker.
Después tendría que ordenar todo esto.
—Bueno, debí imaginarlo —hubo un silencio por unos segundos—. ¿Es formal?
—No lo sé —confesé—. Dijo que vendría por mí a las ocho, pero no sé a dónde iremos exactamente.
Me senté en la orilla de la cama.
—He visto un vestido rojo en tu armario que es hermoso —dijo—. El de tirantes.
Busqué entre el montón hasta encontrarlo. Asentí; sabía perfectamente cuál era.
Lo extendí sobre la cama. Tenía un escote en forma de corazón, se ajustaba a la cintura y caía suelto hasta apenas llegar a las rodillas.
—¿No crees que es muy…?
—Úsalo con algunos zapatos más cómodos y una chaqueta negra —me interrumpió—. Lo hará ver más casual. Seguro se te verá increíble.
Asentí… hasta que recordé que no podía verme.
—Gracias, Kate.
Y lo pensé con certeza: tenía a la mejor amiga.
Siguió contándome sobre su trabajo mientras yo me cambiaba. Su voz era un ruido de fondo reconfortante.
—Espero que todo salga bien en tu cita —comenzó—. Y que ya pase…
—¡Kate! —la interrumpí antes de que terminara la frase.
Escuche su carcajada.
Después de un rato más de hablar, colgamos.
Dejé el cabello y el maquillaje tal como estaban; combinaban perfecto con el vestido.
En menos de diez minutos él estaría ahí… y no podía estar más nerviosa.
Un rato después tocó a la puerta.
—¿Es posible ser más hermosa cada vez? —dijo apenas me vio.
Me sonrojé.
—¿Lista?
Asentí y tomé un pequeño bolso negro con lo indispensable.
Subimos al auto y nos pusimos en marcha.
—¿A dónde iremos? —pregunté al fin.
—¿Te parece que primero vayamos a cenar? —asentí y sonrió—. El resto será sorpresa.
Nunca había entrado a ese restaurante; solo conocía su fachada. Era precioso. Había unos chicos amenizando al lugar con ambiente íntimo, casi irreal.
Mientras cenábamos, le conté mis ideas para las portadas. Él escuchó con atención, aportando algunas más que sonaban increíble.
—¿Y ahora? —sonreí cuando terminó de pagar—. ¿Cuál es la sorpresa?
—Vamos —dijo, extendiendo su mano.
La tomé.
Caminamos hacia la salida y, frente a nosotros, una pequeña plaza iluminada por los faros. La noche era fresca. Había una fuente al centro que levantaba una brisa ligera.
Lo miré de reojo. Caminaba mirando al suelo, como si ensayara mentalmente cada palabra. Por sus gestos, sabía que estaba pensando qué decir. Se veía… adorable.
Nos detuvimos frente a la fuente.
—Bien —comenzó—. Estas semanas han sido las mejores.
Me miró.
—Si me lo preguntas, hace unos meses, pensé que estar así —señaló el lugar, a nosotros— solo era posible en mis sueños.
Tomó aire.
—No quiero que esto termine, Jade —sus ojos brillaban—. Quiero estar a tu lado. Quiero volver a ser el chico que te emociona ver.
Sonreí.
—¿Quieres volver a intentarlo? —preguntó al fin.
Mi sonrisa creció, tenía un nerviosismo extraño en mis manos que, cuando miré a mi alrededor… y luego a él. Lucia tan extraño que estuviéramos aquí, ¿En que momento?
—Quiero intentarlo de nuevo.
Apenas termine de procesar lo que acababa de decir cuando me rodeó con sus brazos y me levantó del suelo, girando conmigo. Reí, sorprendida.
—¡Ella es mi novia! —gritó.
Volví a reír.
Poco a poco me bajó. La distancia entre nosotros se redujo hasta desaparecer, y al fin... me beso.
Tomó mis mejillas con sus manos. Cerré los ojos… o al menos lo intenté.
Había algo distinto. Una sensación extraña. Por un momento, no sentí ese mismo cosquilleo que me emocionaba en él antes, ¿Eso es madurar? Ya no éramos los mismos chicos de antes, debía ser eso.
—Te prometo que esta vez lo haremos bien —sonrió cuando nos separamos.
Quise decir lo mismo.
Pero algo dentro de mí me detuvo, logrando que solo pudiera limitarme a asentir.
Una sensación clara y silenciosa de que no debía.
¿Pero por qué?
Editado: 31.01.2026