Entré a la oficina. Todo seguía exactamente igual; incluso el gran cuadro continuaba en su lugar. Sonreí sin darme cuenta.
Miré mi celular. Ya todos se estaban yendo, y yo debía hacer lo mismo. Me aseguré de que la computadora quedara bien, cerré la puerta con cuidado y caminé hacia la salida.
—¿Sigues feliz? —preguntó una voz detrás de mí.
Me detuve, sin voltear.
—No he dejado de serlo —respondí, retomando el paso.
Caminó más rápido que yo y me bloqueó el camino.
—¿Algo más? —pregunté, intentando mantener la vista al frente.
—¿Puedes dejar de estar tan a la defensiva? Hablemos.
Miré a mi alrededor.
—Mason, debo irme. Aún tengo cosas que hacer.
Y eso era ir a comer, ya que no había probado bocado.
—¿Estás molesta? —buscó mi mirada.
Aproveché el instante para avanzar de nuevo.
—No tengo razones —resté importancia, aunque él siguió caminando a mi lado.
—Entonces no estás molesta.
Se detuvo. Yo seguí.
—Estás celosa.
Me giré de inmediato. Tenía una sonrisa ladeada en el rostro.
—¿Por qué lo estaría? —aunque se me ocurrían mil motivos, no pensaba admitir ninguno.
—¿Qué no debes irte? —Aun mantenía esa sonrisa burlona.
Rodé los ojos y retomé el camino hacia el auto. Estaba por abrir la puerta cuando me giró con suavidad. Quedando a una distancia considerablemente corta.
—Porque si no fuera así, no estarías intentando huir de mi ahora —bajó la voz, lo justo para que solo yo lo escuchara—. Necesitamos hablar.
Mi mente gritaba que corriera.
Todo lo demás me pedía quedarme.
Me quedé callada. Aunque quisiera decir algo, cualquier movimiento era un riesgo de contacto.
Su mirada bajó hasta mi mano. No la tomó de inmediato; fue como si pidiera permiso. Y al no haber objeción, la tomó.
Y sin decir nada más, caminé junto a él.
De esto me arrepentiré luego. Eso es seguro.
Llegamos a su auto y, al subir, al fin reaccioné.
—¿A dónde vamos? —pregunté, sin saber ni cómo dirigirme a él.
—Ya verás.
Bufé.
—Pareces una niña pequeña —rió.
Fruncí el ceño.
—No soy una niña pequeña.
Me miró, claramente intentando no reír, pero su expresión no ayudaba.
Giré hacia la ventana cuando sentí que la comisura de mis labios traicionaba mi enojo.
—Lo eres —susurró.
Decidí ahorrarme la queja.
Quería preguntar mil cosas. Aunque no había pasado tanto tiempo, había demasiadas novedades. Alessa, por ejemplo. Y no como la cantante, sino como la chica que había entrado junto a Mason.
Patético, lo sé.
Cuando reconocí las calles, el estómago me dio un vuelco. Era el camino a su casa. Nunca había entrado, pero sabía perfectamente dónde vivía.
Bajé del auto al mismo tiempo que él. Me miró cuando estuvo frente a la puerta.
—Bienvenida a mi hogar —dijo, abriendo y dándome paso.
Era una casa hermosa. Apenas entré, sentí una calidez inesperada. Estaba casi segura de que vivía solo, y aun así el lugar tenía algo… vivido.
—Pensé en invitarte a comer, pero creo que puedo hacer algo mejor y cocinar yo mismo.
Estaba nervioso. Lo delataba la forma en que jugaba con su cabello.
—Tu casa es hermosa —dije. Mientras más la observaba, más me gustaba—. ¿Vives solo?
Su sonrisa creció. Mi rostro se enrojeció apenas.
Había dejado de lado mi enojo para hacer preguntas curiosas. Bien ahí, Jade.
—Así es —respondió entre risas—. Ponte cómoda mientras veo qué hacer.
Dejó sus llaves en la sala y caminó hacia lo que supuse era la cocina.
Me quedé quieta, sin saber qué hacer ni a dónde moverme. Jugué con mis manos hasta sacar el celular. Apenas eran las tres de la tarde.
Lo guardé cuando algo llamó mi atención.
Un mueble lleno de fotografías.
Miré a los lados buscando a Mason; seguía en la cocina, sin darme cuenta, ya estaba frente a las fotografías.
Una en particular me atrapó. Mason cargaba a una niña. A su lado, quienes supuse eran sus padres. Todos reían. Sus mejillas estaban rojas de felicidad.
—Ellos son mis papás.
Me sobresalté con su voz detrás de mí.
—Y ella es mi sobrina —añadió, sonriendo.
—Perdón —bajé la mirada, alejándome un poco—. Me llamó la atención y…
—¿Por qué te disculpas? —rió suavemente—. Está bien. Creo que no te he contado mucho de mí.
Se acercó un poco más.
—Es justo que tú también lo sepas.
Sonreí apenas.
—Estoy dispuesta a escuchar —dije, mirándolo fijamente.
Ya estamos aquí, y escapar… ya no es opción.
Editado: 31.01.2026