Bueno… sí fue una opción. Ahora estábamos en búsqueda de mi auto.
—Eres un niño quejón —hablé burlona, recordando cómo casi me explicó diez mil razones del porqué debía quedarme.
—Y tú una niña berrinchuda.
Levanté una ceja en amenaza.
—Bueno… solo una niña —corrigió con una sonrisa.
Al llegar a la disquera bajé del auto. Mason acerco el suyo a un lado del mío mientras yo abría la cajuela.
Tal como Kate había dicho —y como imaginaba—, había una enorme maleta y, a un lado, un bolso de mano que supuse era de maquillaje.
—¿Y bien? —preguntó Mason, aún sin moverse.
—Sí, está todo —confirmé cerrando la cajuela—. Ahora solo iré a un hotel y listo —No lo miré—Muchas gracias.
Escuché su queja y sonreí.
—Jade, no harás eso —se estiró lo más que pudo para intentar llegar a la ventana del copiloto, sin éxito—. Hiciste una promesa.
—Es una broma —me burlé—. No sabía que me necesitaras tanto.
Busqué su mirada; él no la sostuvo. Yo oculté el rostro por milésima vez ese día, sonrojada.
—Iré avanzando, pero te espero en casa —sentenció—. Por favor.
Lo dijo tan serio que me hizo reír.
Subí al auto, hasta que miré por el retrovisor
—Debo fijarme bien en lo que hay en mi auto —murmuré al ver las bolsas de comida en el asiento trasero.
Arranqué.
Si no conociera a Kate, pensaría que quería sacarme de casa por un mes entero. Pero ella era así: preparada para cualquier escenario, incluso el más improbable… siempre que existiera una mínima posibilidad.
Me detuve detrás del auto de Mason, que aún esperaba frente a la puerta. Al verme, se acercó.
—Por un momento creí que sí te irías —dijo apenas llegué.
—Fue una opción, pero el hotel tenía todo reservado —bromeé.
Rodó los ojos.
—¿Llegaste al supermercado? —preguntó al ver las tres enormes bolsas.
—Dejémoslo en que Kate es una chica muy prevenida.
Rió.
Mason tomó la maleta y el bolso; yo bajé el resto de las bolsas. Me guio hasta el cuarto de invitados.
—Bueno —dejó las cosas—, sé que no es muy grande, pero tiene baño propio. Y si necesitas ropa, cosa que dudo —señalo divertido la maleta— tal vez tenga algo que te sirva.
Las paredes eran color perla, combinadas con la madera de los muebles. Un tocador junto a la puerta del baño y, al centro, una cama individual.
—Es perfecto, gracias —sonreí—. Y sobre la ropa… sería un insulto decir que no hay nada para dormir en estas maletas.
Rió conmigo.
—Te doy tiempo para acomodarte o si quieres preparar ropa o algo —estaba nervioso.
—Gracias de nuevo, Mason.
Me devolvió la sonrisa antes de cerrar la puerta.
Abrí la maleta. Kate no decepcionaba: una pijama sencilla, pans negro y una playera holgada gris
Saqué la ropa, que al parecer preparo para cada posible clima, la acomodé para que no se arrugara y me cambié por la pijama.
Cuando salí, Mason seguía en la sala, viendo televisión.
—Así que… —me senté a su lado— ¿qué haces los miércoles por la tarde?
Lo pensó unos segundos.
—Ahora mismo, nada —rió—. Pero podríamos ver algo.
Asentí.
Fui por las bolsas de comida y las puse entre los dos.
—Tenemos mucha variedad —dije al ver desde dulces hasta cereal—. ¿Aún pasan la serie de hace rato?
—Creo que hay maratón —buscó el canal—, pero propongo verla desde el principio.
Asentí con entusiasmo.
—Ahora sí, prepárate para un debate justo—dijo acomodándose en el sillón y extendiendo la mano.
La tomé sonriendo.
Los capítulos pasaron entre risas, comentarios y debates absurdamente intensos sobre personajes ficticios. Cada uno defendía su punto como si fuera una causa real.
Sin darme cuenta, ya quería saber qué pasaba después.
Tal vez por la serie, tal vez no.
Tal vez solo por la compañía.
Editado: 31.01.2026