—Kate, ¿puedes venir? —dije observando la ropa desparramada sobre mi cama.
—Dímelo —respondió entrando a la habitación—. Wow… ¿qué es todo esto? —rió al ver el caos.
—Necesito que me ayudes a escoger —solté un suspiro—. No sé si ir formal o simplemente casual —dudé, recorriendo las opciones con la mirada—. ¿Tú qué dices?
—Bueno, el día está precioso, así que descarta todo lo que tenga mangas —dijo mientras retiraba chaquetas y vestidos largos—. Es una fiesta infantil, tienes que sentirte cómoda.
Quitó también los vestidos escotados y aquellos que claramente no estaban pensados para correr si es que era necesario.
—¿Qué dices de un mono? —levanté una de las prendas que aún sobrevivían.
Ella asintió sin dudar.
—Ese.
—Gracias, Kate —sonreí, aliviada.
—Debo seguir allá con Ned —señaló hacia fuera.
Asentí entendiendo.
—¿A qué hora es su vuelo?
—A las siete de la tarde, pero como siempre… no ha guardado nada —rió mientras salía del cuarto.
Quité el resto de la ropa de la cama y la acomodé en una silla; cuando regresara, lo ordenaría todo.
Fui al baño y me di una ducha. Aunque aún era temprano, quería envolver con calma el regalo que había comprado para Alicia, la sobrina de Mason.
A pesar de ser sábado, no había trabajo en la disquera. Christian me había contado que ahora iban intercalando, un sábado sí, uno no. Hoy había tenido suerte.
Cuando salí, me puse el mono amarillo que Kate y yo habíamos elegido, unos tenis blancos, me maquillé apenas lo justo y sequé mi cabello formando ligeros rizos.
En poco tiempo estuve lista. Solo faltaba envolver el regalo.
Saqué una caja de cartón, coloqué el obsequio dentro y lo envolví con papel de tonos pastel. En menos de media hora, Mason llegaría.
—¿Se puede? —toqué la puerta del cuarto de Kate.
—Pasa —respondieron ella y Ned al mismo tiempo. Estaban guardando ropa en la maleta.
—Estoy a nada de irme, pero… Ned —me acerqué a él—. Ten un buen viaje.
Me dio un abrazo corto.
—Espero que la hayas pasado muy bien —sonreí.
—Gracias, Jade —me devolvió la sonrisa—. De hecho, espero que pronto puedan ir a Arizona de nuevo. Estoy seguro de que a Ethan le dará gusto verte.
Negué sonriendo y él rió.
—Tal vez luego vayamos a verlos a todos —enfatizó la última palabra justo cuando tocaron a la puerta.
—Bien… creo que ya me voy —me despedí de ambos, que siguieron con lo suyo.
Abrí la puerta.
—Hola —saludé, dándole paso a Mason.
—Hola —respondió con una ligera sonrisa—. Te ves hermosa.
Me miró y sentí cómo el calor subía directo a mis mejillas. Dios, ¿Cómo logra eso siempre?
—Gracias —dije—. ¿Nos vamos?
—Claro —me abrió paso. Tomé el regalo—. No te hubieras molestado, Jade.
—No es molestia —respondí—. Además, estoy segura de que le va a encantar.
Caminamos hacia su auto.
—¿Está bien si primero vamos por las bolsas de dulces? —preguntó—. Olvidé subirlas —rió.
—Por mí no hay problema.
Asintió y regresamos a su casa.
—¿Se puede saber cuál es el regalo? —indagó mientras esperábamos el semáforo.
—Lo verás cuando tu sobrina lo abra.
Fingió indignación.
—Es para ella —ataqué sonriendo.
Solo negó, riendo, y volvió a conducir.
Al llegar, lo ayudé con varias —muchas— cajas llenas de dulces, asegurándome de que Mason no comiera de las bolsas cada dos segundos.
—Estaba seguro de que ibas a robarlos conmigo —dijo cerrando la cajuela.
—Mason, es para los niños —reí—. Tú puedes intentar ganarlos en la piñata.
—A los grandes también nos gustan los dulces —se defendió—. Pero esta piñata será mía.
Con un toque suave, pasó su dedo por la punta de mi nariz antes de subir la enorme piñata al auto.
Noté que, junto a mi regalo, ya había otro: una caja enorme envuelta en papel brillante y coronada con un moño exagerado. Siempre me han emocionado las fiestas infantiles por eso: la mesa de regalos, el pastel, y la ilusión de los niños al jugar.
—¿Qué es? —pregunté al subir al auto.
Me miró con una sonrisa burlona
—Lo sabrás cuando mi sobrina lo abra —repitió, usando mis propias palabras.
Entrecerré los ojos. Él soltó una carcajada.
—Te daré una pista si tú haces lo mismo —propuso.
Asentí eufórica.
—Es algo que cada vez que use, va a pensar en mí.
Fruncí el ceño.
—No diré más —sonrió.
—Bueno —empecé—. El mío es algo que estoy segura de que le va a encantar. Cuando era pequeña tuve algo similar y pasaba horas con eso —sonreí, recordándolo.
—Creo que ninguno de los dos puede esperar a ver qué será —aseguró.
Asentí.
—Ya quiero ver su cara cuando los abra.
Mason arrancó, dirigiéndose hacia lo que supuse era la casa de sus padres.
—Jade… hay algo que no te he dicho.
Estaba segura de que ya habíamos llegado. Había muchos autos y se veía a los niños entrando y saliendo de una casa enorme. Lo miré.
—Mi familia es algo… bastante —enfatizó— intensa. Especialmente cuando conocen a alguien nuevo y...
—Está bien —lo interrumpí entre risas—. Estoy segura de que estaré bien.
Negué sonriendo.
—Créeme, mi familia es igual.
Respiré hondo.
Estoy lista para conocer a la familia de Mason.
Editado: 31.01.2026