La Teoría de Tenerte

Capítulo 94

La fiesta no pudo haber sido mejor. Alicia corría por todas partes junto a los demás niños, y Mason incluso se atrevió a hacer una competencia de baile con el animador, una en la que jamás me atrevería a elegir un ganador.

Ahora lo ayudaba a recoger. Me ofrecí mientras sus padres se encargaban de la cocina, al mismo tiempo que Alondra y Alex, su esposo, despedían a los últimos invitados.

—Déjalo así, Jade, eres mi invitada —dijo Mason mientras cargaba una bolsa negra con la basura.

—Quiero ayudarles —le resté importancia—. Además, ya casi acabamos.

Miré a mi alrededor; solo quedaba la mesa de regalos.

—Gracias —se acercó y tomó mi mano—. Por venir… y por ayudarme.

Una sonrisa enorme le cubría el rostro.

—No es nada —respondí—. Gracias a ti por invitarme.

Otra vez, solo existíamos nosotros dos, mirándonos directo a los ojos, sin decir nada más.

—¡Veamos los regalos! —Alicia regresó corriendo junto a su papá.

Me separé de Mason; él soltó una risa breve.

Seguí a Alicia, que se colocó frente a la mesa de regalos. No era mentira: ese siempre ha sido mi momento favorito, y seguro se me notaba.

—Ya quiero ver cuál es el regalo —dijo Mason colocándose a mi lado.

—Vamos a ver —Alondra se sentó junto a la niña y le acercó las primeras bolsas.

Los padres de Mason observaban la escena mientras tomaban fotos.

—¡Una muñeca! —exclamó Alicia, con los ojos brillándole.

No solo se emocionaba por los juguetes, sino por saber quién se los había regalado. Esa era la verdadera magia, la inocencia de una niña.

—Mira, Alicia, este es de Jade —dijo Lorena, entregándole la caja.

La niña dio pequeños saltos de emoción. Yo, aunque lo intentara, no podía borrar la sonrisa de mi rostro.

—¿Qué es? —Mason se inclinó para ver mejor, pero Alicia corrió directo a mis brazos.

—¿Te gustó? —pregunté mientras la abrazaba.

—Siempre lo veo en la tele. Gracias.

Mason observó el regalo y su sonrisa tomó una forma distinta, una que no supe descifrar.

—Creo que el mío le irá muy bien a este —dijo acercando la enorme caja hacia la niña, que no dejaba de saltar.

Lo miré confundida.

Alicia comenzó a abrir el papel, y conforme avanzaba, lo entendí.

—¿Me has espiado? —preguntó Mason.

Reí.

—¿Qué dices? ¡Tú lo hiciste!

Sin darnos cuenta, los regalos se complementaban a la perfección. El mío era un kit completo para crear ideas de cocina; cuando era pequeña, mis padres me regalaban uno cada cumpleaños. Ahora existía uno mucho más completo… estuve a nada de comprar otro para mí.

El de Mason era enorme: una cocina perfecta para que Alicia jugara durante horas, usando justo el kit que yo había regalado.

—Bueno, creo que tendremos a una futura chef en la familia —comentó Lorena acercándole más regalos.

Así terminó el día. Alicia abrió cada obsequio mientras nosotros nos sentíamos niños otra vez, intrigados por cada envoltura. Hasta que, sin darnos cuenta, Alicia ya dormía en brazos de Alondra.

La fiesta había terminado.

—Hay un par de cuartos libres por si quieren quedarse —ofreció Edward.

—No es necesario, llevaré a Jade a su casa —dijo Mason pasando su brazo por mi hombro.

—Muchas gracias por la invitación, la pasé muy bien —me despedí de sus padres.

—Gracias a ti por venir. Espero que regreses pronto —Lorena me dio un abrazo breve.

—¿Lista? —preguntó Mason.

Asentí y caminamos juntos hacia el auto, con sus padres despidiéndonos desde atrás.

Ya dentro, me despedí por última vez y noté cómo Mason me miraba, sonriendo.

—¿Pasa algo? —pregunté mientras arrancaba.

—Empiezo a creer seriamente que si les caes mejor que yo.

Reí, negando.

El camino fue tranquilo. La música de la radio sonaba de fondo y yo me sentía tan cómoda que ni siquiera noté cuánto habíamos avanzado, hasta que llegamos.

—Hemos llegado —dijo, apoyando los brazos en el volante.

—Gracias por traerme —sonreí mientras bajaba

Mason bajó y rodeó el auto hasta quedar frente a mí.

—No hay una forma corta o fácil de decir esto —sonrió, nervioso—. Sé que es pronto, apenas regresaste… y aunque terminaste con Parker, sé lo que podrías decir y...

Soltó una risa breve, negando. Yo ya sonreía.

—¿Qué me quieres decir?

Mason soltó el aire despacio, como si ordenara sus pensamientos.

—Cuando te conocí, no tenía idea de que iba a encontrarme con alguien como tú —dijo, mirando al suelo—. Con carácter… con opiniones… con la capacidad de sacarme de quicio y, aun así, hacerme querer quedarme.

Sonreí apenas.

—Hemos discutido, bastante —continuó—. Y aun así, no hay un solo día en el que no piense en ti.

Levantó la mirada y dio un pequeño paso hacia mí.

—No quiero seguir fingiendo que lo que siento se queda en lo cómodo —dijo con honestidad—. Ni reducirte a una palabra que no alcanza.

Negó suavemente, como si se riera de sí mismo.

—No te estoy pidiendo que seamos nada ahora —aclaró—. Solo… no quiero seguir actuando como si no hubiera algo aquí, cuando los dos lo sabemos.

Guardó silencio un segundo.

—Jade, estoy enamorado

Sus ojos brillaban de una forma que me dejó sin palabras.

—¿Se puede saber de quién? —pregunté, con una sonrisa tímida.

Soltó una risa corta y bajó la cabeza antes de recomponerse.

Su mano subió hasta mi mejilla, apartando un mechón de cabello. Para luego levantar mi barbilla mientras la otra descansó en mi cadera. No hizo falta nada más, nos besamos.

Lento. Suave. Exactamente como lo había imaginado… y, aun así, completamente distinto.

Pasé mis manos por su cuello y sentí cómo sonreía contra mis labios. Un beso que había esperado sin saberlo, uno que mi cuerpo reconoció al instante. Un cosquilleo recorrió mi estómago, algo nuevo, intenso, imposible de ignorar.

Y supe que no quería que ese momento terminara nunca.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.