—Hola —saludó apenas abrí la puerta.
—Hola, pasa —me hice a un lado para dejarlo entrar—. No, estoy abriendo la puerta —explique a Mama Lisa mientras cerraba detrás de mí.
—Hija, te dejo para que hables con tus amigos, mi novela está por comenzar —reí, imaginándola correr al sillón para no perderse ni un segundo—. Te quiero, hablamos luego, mi niña.
—También te quiero —respondí—. Y luego me cuentas en qué va —agregué refiriéndome a la novela, con una risa corta.
Corté la llamada y busqué con la mirada a Mason. Estaba agachado, acariciando a Thor mientras hablaba con Kate.
—Lo siento, tenía que llamarla —comenté acercándome.
—No pasa nada —me miró—. ¿Todo está bien?
—Sí, todo bien —sonreí.
Sin contar que la protagonista de su novela acaba de quedarse sola, pensé.
—Bueno, yo ya voy tarde —Kate miró su celular y caminó directo a la puerta—. Qué gusto verte, Mason.
—Igual —respondió él alzando un poco la voz cuando ella ya salía.
La puerta se cerró y, de pronto, el lugar se sintió más silencioso.
—Entonces… ¿cuál es el plan? —preguntó mirándome.
—Bueno —dudé un segundo—, necesito un consejo masculino.
Frunció el ceño, confundido, y reí.
—Será el cumpleaños de un muy buen amigo y no sé qué regalarle.
Asintió, pensativo.
—¿Qué le gusta hacer?
Solté un suspiro pesado. Christian era complicado para los regalos. A pesar de sentir que lo conocía bien, aún no lograba descifrar qué le gustaba realmente. Solo sabía lo que odiaba: ropa sin su aprobación, zapatos “incorrectos”, dulces y chocolates descartados automáticamente.
—Si soy sincera… no lo sé —reí, y Mason se burló de mí con una sonrisa—. Si fuera tu cumpleaños, ¿qué te gustaría?
Además de ayudarme con el regalo, quería saberlo. Para cuando llegara su día.
—Es fácil —se encogió de hombros—. Me encanta todo lo relacionado con el arte, así que algo por ahí.
—Pensé que dirías algo de música —sonreí.
—La música es arte —asentí, dándole la razón—. Y sí, si me lo hubieras preguntado hace unos meses habría dicho música, pero últimamente he puesto atención a otras cosas… y definitivamente el arte me gusta —explicó con una sonrisa—. Aunque —agregó— tengo una idea. Sé que va a funcionar.
Fruncí el ceño.
—Vamos.
Se levantó del sillón, sacando las llaves del auto del bolsillo.
—¿A dónde? —pregunté siguiéndolo.
—Confía en mí —dijo girándose para guiñarme un ojo.
Rodé los ojos, pero no pude evitar sonreír.
Subimos a su auto y traté de adivinar el camino. Llegamos al centro de la ciudad, donde las calles se llenaban de tiendas y gente caminando de un lado a otro.
—Bien, llegamos —dijo estacionándose—. Vamos.
Bajamos del auto y miré alrededor, tratando de entender.
—Aquí no es —rió—. Ven.
Extendió su mano hacia mí, esperando.
La tomé.
Caminamos así por las calles largas, y no pude evitar sentir el calor subirme al rostro. Me sentía un poco ridícula por lo mucho que significaba para mí un gesto tan simple… pero no podía evitarlo.
—Cuando quiero regalarle algo a mi papá, siempre vengo aquí —dijo Mason, haciéndome volver a la realidad.
Entramos al lugar y el espacio capturó toda mi atención. Era clásico, elegante, con ese aire masculino que hacía querer recorrer cada rincón.
—¿Crees que aquí encontremos algo? —preguntó.
Seguía sosteniendo mi mano.
—Confío en ti —respondí sin pensarlo—. Así que sí.
Su sonrisa se ensanchó.
Cada gesto suyo me tenía completamente atada.
Editado: 31.01.2026