—¿Segura que estás bien? —volvió a preguntar Logan.
—Sí —limpié mis lágrimas con la manga del suéter. Había llorado en silencio durante un buen rato; Logan solo me acompañó, sin preguntas, sin prisas—. Creo que será mejor irme a casa —dije levantándome—. No estaba en mis planes terminar así.
Intenté sonreír, pero la mueca me traicionó.
—¿Quieres que te lleve? —preguntó mientras apagaba todo—. No deberías manejar sola.
—Estoy más calmada —mentí un poco—. Gracias por quedarte.
Le di un abrazo corto.
—Cuando lo necesites, aquí estoy.
Asentí y salí.
Los años pasan, pero hay dolores que no aprenden a irse.
Y como si el día necesitara un último golpe, me quedé inmóvil frente a la escena que tanto había temido en mi mente.
En la puerta de salida, Alessa sostenía por el cuello a Mason, mientras lo besaba
Todo ocurrió en segundos, como un déjà vu, pero mi mente lo estiró como si quisiera grabarlo a fuego. No quise detenerme.
Logan dijo mi nombre al ver lo mismo que yo, y eso los separó de inmediato.
Mason fue el primero en apartarse.
Parecía sorprendido, incluso molesto… pero ya no me importaba entender nada.
Caminé directo al auto.
Escuché pasos detrás de mí.
Arranqué sin pensarlo.
El corazón me latía con violencia. Frené en la primera esquina posible, respiré hondo, pero no pude evitarlo: la escena volvió, nítida, insistente.
Arranqué de nuevo.
No quería ir a casa. No quería más palabras, más explicaciones, más “no es lo que parece”.
¿Qué si tengo oportunidad? Ni siquiera sabía en qué momento me lo había preguntado… y ahora la respuesta parecía obvia.
Conduje hasta una pequeña plaza. Solo necesitaba caminar.
Al llegar me puse los audífonos y dejé que la música ocupara todo el espacio que yo no podía.
Me senté en una banca vacía. A mi alrededor, la vida seguía: gente conversando, niños jugando, risas despreocupadas. Me distraje imaginando historias ajenas. Todos cargamos algo, pensé, y este momento es apenas un fragmento de ello.
Una mujer vendía dulces cerca de la fuente. Quizá vivía al día. Tal vez sus hijos la esperaban en casa.
Un niño jugaba con su abuelo, riendo sin saber que estaba creando recuerdos que un día serían su refugio.
Quise ser solo eso: la chica sentada en una banca escuchando música.
—¿Gusta un dulce, señorita?
Levanté la vista. Era la mujer de la canasta.
—Si claro, por favor —busqué dinero.
—No —dijo cuando le acerqué el billete—. Es un regalo. La vi un poco triste… y un dulce ayuda.
Sonreí
—¿Lo ve?
—Gracias —suspiré—. Pero por favor, acéptelo.
Lo hizo al final, señalando al cielo antes de irse.
Miré mi celular. Llamadas perdidas de Kate, Logan… y Mason.
Le escribí a Logan: “Estoy bien. Gracias por hoy.”
Llamé a Kate mientras me levantaba.
—¡Jade! ¿Dónde estás? Vamos por ti.
—Ya voy a casa —dije—. Solo… necesitaba estar sola.
—Regresa con cuidado.
Caminé lento, viendo cómo las luces comenzaban a encenderse. Alargué el trayecto todo lo que pude.
Había algo repetitivo en mí, nada era estable, sentirme feliz a un gran punto, ahora mismo debería considerarlo como un indicio de preocupación. Y es que con las pruebas me quedaba, cada vez que las cosas salen bien se vuelven una caída más fuerte después, era un patrón continuo últimamente.
Al llegar, el dolor de cabeza era lo único claro.
Antes de abrir, Kate salió y me abrazó. No dijo nada. No hizo falta. Seguramente solo unió cabos y fechas.
—¿Quién está? —pregunté en voz baja—. Dijiste que irían…
Me soltó, y lo vi.
—Vete —dije sin rodeos, señalando la puerta.
—Jade, solo un segundo…
—Por favor, Mason —mi voz se quebró—. No puedo ahora.
El teléfono sonó. Olivia.
Sin mirar a nadie, entré a mi cuarto y cerré la puerta.
—¿Hola?
—Mi pequeña niña… ¿cómo estás?
—Mejor con tu llamada, Mamá Lisa —suspire—. Pero... ¿Cómo estas tú?
Con una mano limpie las lágrimas de mis mejillas
—Estoy bien mi niña, no te preocupes —suspiró—. Me perdí la novela.
Apenas y pude reír
—Tendrás que esperar a mañana. —de fondo escuchaba voces, que supuse eran mis tíos entrando con ella— Cuídate mucho Mamá Lisa, ¿Si?
—Igual de insistente que tu mamá —una lagrima cayo de nuevo
—La insistencia es porque te quiero. —Se quebró mi voz
Esa era la frase celebre de mi mamá después de cada regaño
—Entonces me quieres mucho —se quedó callada—. Eso le respondía siempre tu papá.
Suspire asintiendo
—Descansa, hija. Tú también lo necesitas.
—Te quiero.
Colgué.
Había algo pendiente.
Salí del cuarto. Kate estaba en la cocina. Mason, en el marco de la puerta.
—Di lo que tengas que decir —hablé firme—. Y luego vete.
—Perdón —dijo—. Alessa confundió las cosas. Me besó en un segundo, tu o viste, no lo seguí, me tomo de sorpresa y… tu viste el resto, eso fue todo. Jade, jamás te haría daño así.
No lo miré.
—Tampoco sabía que hoy… —se detuvo—. Lo siento. De verdad.
—¿Es todo?
—Voy a respetar tu espacio —dijo—, pero nada cambia lo que siento por ti.
Dio un paso para entrar, pero negué
—Que descanses, Mason. Estoy cansada para esto ahora
Asintió lentamente, separándose del marco lo necesario que me permitió cerrar la puerta.
Me senté frente al plato intacto. Kate se sentó frente a mí.
—¿Tú le crees? —pregunté.
—Creo en lo que veo —respondió—. Quien te quiere lo demuestra, quien se equivoca busca redimirse, y él... pues creo que hizo ambas —dio un apretón a mi mano— Pero todo esto, lo decides tú
No tenía cabeza para nada, y ahora, tampoco certezas.
Editado: 31.01.2026