—Tengo una cruda horrible —se quejó Kate mientras terminaba su desayuno.
—Pero estuvo buena la noche, ¿no? —me burlé, y ella terminó riendo.
—¿Por qué no te quedaste con Mason anoche?
—Bueno, tengo una amiga que traje casi cargando a casa y que no paraba de cantar —le recordé mientras daba un sorbo a mi café—. Y él se ofreció a traernos.
—Te lo compensaré —aseguró, mirando a Thor—. Hoy tú podrás salir con Mason y yo llevaré a Thor al parque, luego a bañarlo y todo lo que nos alcance.
Reí.
—En realidad sí saldremos —dije levantándome y dejando los platos sucios en la cocina—. Le prometí a su sobrina que jugaríamos juntas, así que iremos con ella.
—Quién diría que eres tan buena tía —le lance la toalla, y soltó una carcajada—. No, ya en serio… no te lo había dicho, pero desde ayer hay una maleta con cambio de ropa en tu auto.
Fruncí el ceño.
—No sabía que pasaría ayer —añadió riendo, y sentí cómo mi cara se teñía de rojo.
—Al menos me avisaste —negué, riendo también.
Fui directo a mi cuarto. Mientras Kate se bañaba, escogí la ropa, unos jeans rasgados azules y una blusa sin mangas en un rosa apagado.
Apenas escuché la puerta del baño abrirse, entré a ducharme. Mason no debía tardar.
Al salir, me vestí, me puse unos tenis grises y dejé que mi cabello se secara suelto.
—Mason llegó —escuché decir a Kate.
Salí del cuarto y lo vi parado en la sala, con esa sonrisa de siempre
—Hola —me acerqué, y me dio un abrazo corto
—Bueno, este ser y yo tenemos una cita en el parque —anunció Kate llevándose a Thor—. Pásenla bien.
Conocía ese tono. Estaba disfrutando demasiado aprovecharse de esto, pero ya vendría la mía.
—Kate me dijo algo de una maleta que necesitas —comentó Mason—. Ya está en mi carro, por si acaso —mostró las llaves—. ¿Para qué es?
—Sí… la maleta —intenté sonar normal—. Soy muy torpe... hoy traigo esta ropa... pero no se... traje un cambio, por si acaso.
Lo divagué que ni yo supe si me entendí.
—Si es por mis papás, sabes que ya te adoran —aseguró—. Y más que a mí.
Reí.
—Tú tranquila, ¿sí?
Asentí.
Salimos y subimos a su auto; como dijo, la maleta estaba atrás.
—En la mañana llamé a Alondra para avisarle —me contó—. Alicia está muy emocionada porque regreses.
—Nos vamos a divertir
Llegamos a casa de sus padres. Mason abrió la puerta y entramos.
—¡Ya llegaron! —su madre me recibió con un abrazo—. Me da gusto que hayas venido, Jade.
—Al contrario, gracias por seguir invitándome.
—Sí, bueno, hola mamá, gracias por no dejarme ignorado —bromeó Mason, y su mamá lo abrazó entre risas.
Alicia llegó corriendo y, para aun más malestar de Mason, fue directo hacia mí.
—¡Hola, bonita! —me agaché para quedar a su altura—. ¿Cómo estás?
—Muy bien —dijo, con los ojos brillantes—. ¿Y tú?
—Muy bien también. ¿Ya empezaste a jugar?
—Te estaba esperando —me abrazó—. El tío Mason dijo que vendrías.
Mi corazón se derritió sin remedio.
—¿Y para el tío Mason no hay abrazo? —preguntó él, acercándose.
Alicia lo abrazó rápido y volvió a tomar mi mano, llevándome al jardín. Su cocina de juguete estaba perfectamente instalada, con todo el kit que le había regalado.
—Tío Mason, tú prepararás la pasta —señaló—. Mientras mi tía Jade y yo picamos todo.
Me congelé.
Mason palideció de inmediato, mientras Alondra y Lorena reían al fondo.
—Vamos a cocinar entonces —dije, fingiendo cortar con el cuchillo de juguete.
—Pues eres la tía más hermosa —susurró Mason, y le di un pequeño empujón mientras reía.
La tarde avanzó rápido mientras juagábamos. Cuando Alicia no pudo más, nos sentamos a comer.
—Cuéntame, Jade, ¿todo bien en el trabajo? —preguntó Edward mientras ayudaba a su esposa con los platos.
—Sí —respondí, viendo a Mason cargar a Alicia dormida rumbo al cuarto—. Ha sido una semana un poco pesada, pero ya va mejorando.
—Ven más seguido —dijo Alondra—. Esta es tu casa, incluso si quieres venir sin Mason.
Sonreí.
—Escuché eso —bajó Mason señalándola—. ¿Lista?
Asentí.
—Nos hiciste muy felices con tu visita —me abrazó Lorena—. Cuando quieras, llámame o simplemente ven. —asentí
Me despedí de todos y subí al auto con Mason.
—¿Qué te parece si vamos a mi casa? —propuso—. Podemos ver una película… y preparar unas palomitas.
—¿Me estás invitando a quedarme en tu casa? —pregunté, burlona.
—Así es —respondió seguro—. ¿Y qué mejor compañía?
Reí al ver como se señalaba, acepté.
Al llegar a su casa bajó la maleta.
—Sé que era para una emergencia, pero supongo que te servirá mañana.
Asentí, tampoco le pensaba contar la verdadera razón de la maleta. Kate jamás sabrá cuánto la odié y agradecí al mismo tiempo.
Continuamos la serie; la última vez nos habíamos quedado dormidos.
—Ya está enamorado —dijo Mason, seguro.
—¿Cómo sabes?
—Porque necesito verla con otro para darse cuenta.
El capítulo terminó y yo ya estaba acomodada entre sus brazos. Me giré para mirarlo.
—¿Recuerdas todo lo que me dijiste el día que me llamaste ebrio? —pregunté—. Cuando viajé a Arizona.
Sonrió
—Cuando regresaste y me confirmaste que no fue un sueño... me empecé a cuestionar que dije y que no
—Yo sí lo recuerdo —hice una pausa, recordaba a la perfección sus palabras—. Yo si te quiero.
Me miro con una media sonrisa
—También dije que era un secreto, y que no debías saberlo. —negó divertido— En su momento, me sonaba muy lógico
Se acercó, apoyando su mano en mi mentón.
—Pero, ¿Sabes? Aun mantengo todo lo que dije… y que eres mi fotógrafa favorita.
Su voz se volvió más lenta, baja.
—Bueno, soy la única que conoces—murmuré, cuando sus labios rozaron mi cuello.
—Y no necesito a nadie más.
Con mi mano masajeé su cuello y lo acerqué a mí. Nos besamos lento, suave, como si tuviéramos miedo de romper algo que apenas estaba comenzando. Mis dedos se perdieron en su cabello y sentí cómo su respiración cambiaba, cómo su cuerpo respondía al mío.
Editado: 31.01.2026