Emma.
—¡Bola!
Sentí el impacto, justo en el puente de mi nariz. Caí hacia atrás, con un movimiento un tanto dramático, mientras la risa de Justin resonaba por toda la calle.
—¡Cada día eres más imbécil, Justin! —gritó Anna, mientras corría hacia mí.
Me incorporé frotándome la nariz, casi como si tuviese urticaria. Estaba segura de que la nieve, se había colado en mis fosas nasales.
—¿Estás bien?
Anna me tendió la mano para ayudar a levantarme, mientras Rachel y Justin, me miraban conteniendo la risa.
—Perdona Emma, pensaba que me habías visto —se disculpó Justin.
«Ahora me toca»
Siempre que llegábamos a Aelston, Justin y yo entrábamos en "modo combate". No podía negar que aquello era sumamente divertido. Anna y Rachel, nos miraban raro, mientras la primera negaba con la cabeza, y la segunda resoplaba, al mismo tiempo que nos repetía en bucle su frase favorita; "a ver si maduráis un poquito", cosa que, lógicamente, Justin y yo no teníamos intención de hacer.
Cogí la nieve con mi mano izquierda. Era diestra, pero eso no iba a impedir que ese idiota comiera nieve para el desayuno.
Lancé la bola mal hecha, con todas mis fuerzas y grité de forma vergonzosa, cuando esta le dio de lleno en la cara a un chico, que justo se interpuso en la trayectoria de mi "proyectil".
El chico cayó de costado en la nieve, con expresión de sorpresa. Era alto, de complexión atlética y tenía el cabello corto y de color castaño. Sus ojos oscuros me escrutaron con ira, antes de levantarse con toda la dignidad posible, y sacudirse los restos de nieve, del pantalón oscuro y su abrigo, de un tono azulado.
Corrí hasta él, todo lo rápido que la nieve me dejó, que no era demasiado.
—¡Lo siento! —exclamé, casi al borde de la histeria. Miré a mis amigos, quienes se contenían de forma poco ortodoxa, para no reírse, girándose o mirando al suelo.
—Estaba claro que no ibas a dar a tu amigo, se nota que no tienes muy buena puntería.
—¿Cómo dices? —exclamé enarcando una ceja.
—Digo, que no tienes buena puntería —dijo, como si sólo el hecho de tener que repetírmelo le enfadara aún más.
—Ha dado en la diana —exclamó Justin con diversión.
Era cierto que no tenía la mejor de las punterías. No cuando aquel año en el concurso local de dardos de nuestra ciudad, dependía de mí conseguir la máxima puntuación para nuestro equipo, sobra decir que fallé. ¿Moraleja? No sólo perdimos el concurso, sino que además el equipo contrario nos obligó como castigo por haber perdido, a quitarnos la ropa y correr desnudos por toda la ciudad. Fue vergonzoso y mis amigos no paraban de echármelo en cara, cada vez que tenían ocasión.
Aquel día, perdí la escasa timidez, con la que había nacido.
—¿Y sabes eso porque...?
—Sencillo, eres diestra. No has usado tu mano derecha como control y apoyo, y eso, ha hecho que el lanzamiento perdiera trayectoria.
Me quedé atónita. Ese tío había acertado de pleno.
—¿Cómo lo has sabido?
—¿El qué? ¿que eres diestra, o que tienes una pésima puntería? —preguntó con ironía.
—Ambas —respondí, cruzándome de brazos.
—Por tu forma de caminar. Das el primer paso con tu pierna derecha... hasta un niño de cinco años, se habría dado cuenta de ese detalle —resopló.
¿Debería sentirme ofendida? ¿No era tan inteligente como un niño de cinco años? Porque, jamás me habría fijado en algo así. Aquello era absurdo y aquel chico, me estaba cabreando.
—Lo que tú digas... —exclamé dándole la espalda, y marchándome con mis amigos que reían ya, sin ningún tipo de vergüenza.
—Y, por cierto —exclamó, mientras se alejaba —deberías mirar antes de lanzar una bola de nieve, aunque siendo honestos, con la fuerza con la que la has lanzado, jamás habrías dado a tu objetivo. Tienes la fuerza de una anémona.
Después desapareció calle abajo, como si nada.
—Vaya tipo más raro —dijo Anna enarcando una ceja.
—No se puede negar que ha calado a Emma en dos segundos —rio Justin.
—Muy gracioso —exclamé mirando la calle, por la que el chico había desaparecido.
—¡Vamos a comer, me muero de hambre! —exclamó Rachel, frotándose las manos con desesperación.
Caminamos hasta el Aelston's café, un espacio enorme, de grandes ventanales y decoración ochentera. Las mesas eran redondas, de color marfil, a conjunto con varios taburetes y sillas del mismo tono y estaban dispuestas en hileras, por todo el lugar. Del techo, colgaban un par de bolas redondas que giraban con luces de colores.
Las camareras, llevaban un uniforme rosa y blanco con peinados de los ochenta, con grandes aretes de colores y flequillos imposibles.
—Bienvenidos chicos, ¿qué queréis tomar? Amber Cinzillatti nos sonreía desde el mostrador, con una hilera de dientes blancos y perfectos, resultado con toda seguridad, de un caro blanqueamiento dental. Su padre era el dueño de la única clínica de Aelston.
Tenía el cabello dorado, y tan corto como un chico. Llevaba un flequillo cortado de manera desigual y un vestido rosa.
—Lo de siempre —respondí, recorriendo con la mirada entre las mesas repletas, esperando que alguna estuviera libre, para poder sentarnos.
En pleno mes de diciembre, el pequeño pueblo de montaña estaba hasta arriba. Muchos, venían buscando paz y descanso de sus ajetreadas vidas de ciudad y otros, como nosotros, veníamos a competir en la senda del Yetghram.
A Justin le había parecido una excelente idea, sobre todo, porque su pareja en la competición sería Anna. Ella por su parte, había puesto los ojos en blanco y nos había preguntado si habíamos perdido la razón... y Rachel, simplemente, no quería pasar las vacaciones de Navidad sola en nuestra ciudad.
Por mi parte, tenía motivos más que de sobra, para intentar ganar el premio, que este año ascendía a un millón de dólares. Mis razones, por supuesto, no se las había contado a nadie...