Adam.
—Lo lamento señor Vandepeer, como le dije, lo suyo es una cuenta atrás.
Tragué saliva. Había calculado las probabilidades de que mi enfermedad detonara en los próximos meses. Exactamente, un 89,7%.
Desde aquella tarde en la que el ritmo cardiaco se me había acelerado, la respiración se me había congelado y casi caigo desplomado en el cumpleaños de "el general", mi vida había sido un resumen de pruebas y visitas médicas, casi cada semana.
—No me mire con lástima, es algo que detesto, y, además, no me servirá de nada —exclamé —me sería más útil, si me dijera cómo hacer para no morirme.
El doctor Wells abrió mucho los ojos ante mi honestidad. Seguramente, se preguntaba por qué un chico diagnosticado con una enfermedad rara, sin aparente cura, no estaba llorando y victimizándose en el suelo de su consulta.
Lo cierto era que yo no era como los demás chicos de mi edad. A mis veinticinco años, mi gestión de las emociones era relativa. No gestionaba y mostraba las emociones como el resto de los seres humanos. Esto, me había llevado a tener un sinfín de problemas a lo largo de mi adolescencia, ya que era muy complicado para mí, tener amistades y relacionarme con el resto, de una manera considerada socialmente natural. Y para añadir más drama a mi vida, ya de por sí, complicada, mi coeficiente intelectual era mayor que el de la media, lo que hacía que el resto de las personas que me rodeaban, me interesaran poco o absolutamente nada.
Sólo Brian era mi amigo, quizás, porque al igual que yo, él también era un inadaptado.
—Las posibilidades son reducidas, sin embargo, aún hay algo... —exclamó el doctor, acariciándose la barbilla —hablé con un colega que trabaja en el HIER...
—¿HIER?
—Hospital de investigación de enfermedades raras... y me dijo que tuvieron otro caso no hace mucho, una paciente de doce años con una sintomatología similar a la tuya. Acorde a sus investigaciones, encontraron un medicamento experimental, que funcionó bastante bien.
—¿La chica sobrevivió? —pregunté.
—Sí. Sin embargo, debo advertirle que el tratamiento es caro...
—¿Cuánto?
—Cincuenta mil dólares...
—Entiendo.
Aquella era una cantidad desorbitada de dinero. No tenía esa cantidad, y tampoco mamá o "el general". En otras palabras, si no sucedía un milagro, y la probabilidad, sin entrar en materia de creencias religiosas, era escasa o nula, estaba jodido.
Me levanté de la silla despacio y totalmente desmotivado.
—Gracias, doctor.
—Buena suerte, Adam —exclamó dándome unas palmaditas en la espalda, a modo de consuelo. Siempre me había preguntado si ese gesto ayudaba a alguna persona a sentirse mejor. Estaba claro que no.
Al salir de la consulta, pequeños copos de nieve caían con una lentitud antinatural. Levanté la mirada al cielo, y cerré los ojos, dejando que la nieve me cubriera el rostro, intentando sentir el frío gélido en mi piel y respiré profundamente.
—Aquí estabas, te he buscado por todas partes.
La voz de Brian me sacó de mi pequeña burbuja de relajación. Brian era dos años menor que yo, y era la persona más amable y bondadosa que había conocido.
Tenía el cabello corto y oscuro, y una barba incipiente que le hacía aparentar más edad de la que realmente tenía. Era bajito y le sobraban algunos kilos, pero a él parecía no importarle.
—Me he perdido dando un paseo —mentí.
Brian me miró con expresión de incredulidad y negó con la cabeza.
—No voy a preguntarte qué tal te fue en la consulta del doctor Wells, porque sé que no te gusta hablar del tema, pero espero que todo haya ido bien.
—No hay cura aparente -solté —sólo una leve posibilidad, si viajo al otro lado del país y pago cincuenta mil dólares, por una medicación en fase experimental.
—Joder —exclamó mi amigo, apoyando una mano en mi hombro —lo siento Adam, puedo hablar con mis padres y ver si consigo algo más de dinero. Entre lo que gano en el taller y algo que tengo ahorrado...
—Para Brian, sabes que odio que se compadezcan de mí.
—Sí, lo siento, sólo quiero ayudarte.
Le dediqué una sonrisa genuina.
—Gracias, pero no puedo aceptar tu dinero, encontraré la solución. Por ahora, vayamos a por un par de hamburguesas al Aelston's café, ¿te parece?
—Vamos —exclamó, y aunque mi amigo intentaba fingir que todo estaba bien, sabía que estaba preocupado por mí. Juraría que intentaba contener las lágrimas.
No existía un porcentaje exacto, del número de personas que superaban la muerte de un amigo cercano, ya que la situación, era un proceso muy subjetivo y personal, sin embargo, una de cada veinte personas, presentaba un trastorno de duelo prolongado.
Esperaba que Brian no entrara dentro de las estadísticas.
El Aelston's café estaba lleno. Me pregunté si había sido una buena idea sugerir comer aquí. No es que fuese el único lugar en el que preparaban hamburguesas con la carne, excesivamente tostada y las patatas frías, pero si era el lugar más conocido.
Recorrí el lugar con la mirada, hasta dar con una pequeña mesa vacía, frente a una de las grandes ventanas.
Brian se encaminó hacia la pequeña mesa, para evitar que alguien se sentara, y yo me dirigí a la barra para pedir nuestra comida. Me apoyé con gesto cansado, mientras las camareras cuchicheaban al verme.
Dos de ellas, habían intentado seducirme el pasado verano. Al parecer, "el rarito", como me llamaban la mayoría en Aelston, les parecía atractivo.
Mi experiencia con las mujeres no había sido exitosa en absoluto, a la mayoría les parecía arrogante y aburrido. Había salido con Lana Rogers en secundaria, no mucho más de seis meses y había montado todo un drama, cuando había decidido romper con ella, ya que la compañía de un árbol era más satisfactoria que la suya. Más tarde, a mis veinte, había salido durante casi un año con Maya Hurts, más de lo mismo... la razón por la que siempre rompía mis relaciones amorosas era la misma. Nadie me parecía lo suficientemente interesante, y yo era un cretino integral, un idiota sin corazón.