La teoría del invierno

El largo camino de retorno, a ninguna parte.

Adam.

Mis dedos fluían con delicadeza y precisión, sobre las teclas. Cuando tocaba, cerraba los ojos y me dejaba envolver por la melodía, era mi manera de evadirme de la enfermedad, y de mi inminente muerte. En ocasiones, pensaba que había nacido en la época equivocada, ya que me hubiese gustado protagonizar uno de los duelos de piano, que se organizaban en los salones aristocráticos, del siglo XVIII. Sería uno de los dos virtuosos pianistas, improvisando una melodía sobre una canción popular francesa, como hizo Mozart.

Aquel pensamiento me hizo sonreír. Cuando me encontraba solo en el auditorio, sentía una paz, que en pocas ocasiones lograba encontrar, en ninguna otra parte. La calma, duró poco.

—He tardado un montón, en encontrar este sitio.

Mis dedos pararon de golpe, emitiendo un sonido estridente. Me giré con el ceño fruncido, para encontrarme cara a cara con Emma, quien me observaba apoyada en el marco de la puerta.

—Sigue tocando, lo haces fenomenal. No te cortes porque tengas una espectadora —exclamó, sonriendo.

—Dudo que puedas apreciar realmente el nivel de precisión con el que toco, sólo lo comprenderías, si fueras pianista —dije observando sus manos —y me temo, que no tienes manos delicadas que lo confirmen.

Emma puso los ojos en blanco y se miró las manos con interés. Llevaba un abrigo negro y unos jeans. Su cabello estaba recogido en un moño alto y dos mechones sueltos, enmarcaban su rostro redondo, dándole un aspecto juvenil y desenfadado.

Emma se quitó el abrigo, que tiró de cualquier manera sobre una mesa cercana e hizo lo mismo con su bolso. Después me miró sonriente.

—Bueno, ya que, según tú, "no soy pianista de largos dedos delicados y manos finas", vamos a prescindir del concierto por ahora. Deberíamos hablar de la competición, ya que comienza mañana.

—Para eso estás aquí. Y obviaré tu comentario sarcástico.

Emma se sentó en la silla más cercana a su posición. Me levanté y cogí otra de las sillas, colocándola tácticamente lo más alejada posible de ella. Esa chica olía a problemas.

Ella enarcó una ceja, y levantándose, arrastró ruidosamente la silla hasta quedar situada en frente de mí, demasiado cerca. Luego, se sentó.

—Creo que no conoces demasiado bien, los límites de la no invasión, a una persona a la que apenas, conoces—exclamé molesto.

—Si que nos conocemos, y, de hecho, pasaremos varias semanas juntos —argumentó.

—Qué tortura... —susurré. —Bueno, más cosas que debas saber antes de mañana. Las parejas que compiten no pueden o, mejor dicho, no deben, tener contacto entre sí. Por lo que los teléfonos móviles estarán prohibidos. Hazte una idea, ya que, con toda probabilidad, eres de esa clase de persona que dedicará gran parte de horas de su vida, a husmear en internet.

—No tengo inconveniente con no usar mi teléfono en varias semanas —gruñó.

—Bien. Para evitar que los competidores, se sigan entre sí hasta Cima Gris, Endel Harst, creó hace varios años múltiples rutas de ascenso, distribuidas a las afueras de Aelston. De manera que los competidores, ascenderán por diversas vías, haciendo que todos quedemos aislados unos de otros.

—Eso significa, que no podré ver a Anna y Justin en varias semanas —se lamentó.

—Correcto.

—¡Menuda mierda!

Carraspeé. Esa chica era exasperante, me preguntaba si de verdad estaba escuchándome, ya que se estaba mordiendo las uñas con desesperación.

— No sé si eres consciente, de que si te muerdes las uñas, puedes causarte daños en los dientes, las encías, aumentar el riesgo de infecciones y causar daños en tu salud emocional.

Emma me miró durante unos segundos, y paró con cara de fastidio.

—¿Algo más? —exclamó con ironía.

—No, eso es todo.

—Vale, si no tienes nada más que contarme acerca de mañana, me marcho —exclamó levantándose demasiado rápido, lo que hizo que tropezase con una de mis botas, ya que tenía la pierna derecha extendida. La chica emitió un grito antes de aterrizar sobre mí.

La sujeté con rapidez, evitando que aterrizara de cara contra el suelo. Emma se revolvió, con las mejillas encendidas por la vergüenza, intentando incorporarse.

En ese momento, alguien tosió al fondo del aula de música, haciendo que ambos giráramos la cabeza en esa dirección. Emma, aún sobre mis piernas.

Lydia nos miraba atónita, mientras sujetaba con fuerza el asa de su bolso. Estaba preciosa, había cortado su larga melena, que ahora le llegaba por el pecho, en ondas delicadas. Llevaba puesto un abrigo blanco y largo, que se ajustaba a su figura, a juego con su bolso.

—Perdón Adam, no sabía que estabas... —comenzó.

Joder, de todos los momentos en los que había esperado reencontrarme con ella, y disculparme, por haberme portado como un gilipollas, Lydia decidió aparecer hoy.

Solté a Emma, de mala gana, quien se sujetó al respaldo de mi silla, para no caerse al suelo, y me dedicó una mirada asesina.

Me levanté, alisándome la camisa y me acerqué a ella. Lydia me miró y me sonrió, como sólo ella sabía hacerlo. Después se lanzó hacia mí, rodeándome en un abrazo cálido.

—Te odio. Estaba preocupada por ti —sollozó.

—Perdóname —respondí, aspirando el olor de su cabello.

Lydia era de las pocas personas, a las que le permitía acercarse tanto a mí, como para tocarme. Brian y mis padres, conformaban el resto de ese grupo.

Emma carraspeó ruidosamente.

— Bueno, yo ya me iba. —dijo, mientras se dirigía a la puerta. Antes de salir, Emma se giró —nos vemos mañana.

La vi salir por la puerta a paso apresurado. Mejor, necesitaba hablar a solas con Lydia.

—¿Quién es? ¿Es algún ligue? —exclamó con preocupación —¿es por eso por lo que no respondías mis mensajes?

—No, ella es una amiga. Competiremos juntos en la senda del Yetghram, nada más.

«Lo que faltaba», pensé.

Lydia se alejó de mí y me miró con el ceño fruncido.




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