La teoría del invierno

La verdad y nada más que la verdad.

Adam.

Caminamos cerca de cuatro horas, hasta estar inmersos en mitad del valle. Giré la cabeza en un par de ocasiones, para ver si alguien más, había encontrado nuestra ruta. Nada. Parecía que Emma y yo, éramos los primeros, y quizás, los únicos.

La chica, se había pasado la mitad del trayecto parloteando sobre sus amigos y su ciudad. Prácticamente me conocía toda su vida, sin embargo, había evitado hablar, sobre aquel chico o sobre su familia. El resto del tiempo, Emma había estado tarareando un sin fin de canciones que desconocía, levantándome un ligero dolor de cabeza.

Me resultaba increíble que no pudiese caminar, sencillamente en silencio.

—¿Has pensado alguna vez que puedes tener sedatefobia? —pregunté.

Emma dejó de tararear y me miró con el ceño fruncido.

—¿Sedate qué?

—Sedatefobia, fobia al silencio.

—Claro que no, puedo caminar en silencio, pero el trayecto se hace sumamente pesado —gruñó — Tampoco es que seas un gran conversador.

—No me gusta perder el tiempo en banalidades.

Emma resopló y se quedó rezagada, observando el paisaje.

—Te espero ahí —exclamé, señalando con el dedo, a una pequeña cabaña de madera, que se encontraba a pocos metros de distancia. Ella alzó el pulgar, afirmando que me había escuchado, mientras contemplaba embelesada el valle.

Me dirigí hacia la pequeña cabaña y empujé la puerta, que, para sorpresa de nadie, estaba cerrada. La llave debía estar escondida en algún lugar. Registré los alrededores, poniendo especial atención en la vegetación que la rodeaba, incluso en las ramas más bajas de los árboles.

—¿Has probado mirar bajo el felpudo? —preguntó Emma con diversión.

—Es un lugar demasiado obvio, para esconder las llaves.

Me quedé estupefacto, cuando la chica levantó el felpudo y las sacó. Las agitó de manera intencional ante mis ojos, buscando provocarme.

—En ocasiones, la opción más simple, suele ser la correcta —exclamó, abriendo la puerta.

Me lo merecía.

La cabaña era pequeña, formada por un salón-cocina, un baño y varias literas en una habitación, al fondo.

Me fijé en la chimenea y en una mesa robusta en el centro del salón, rodeada de varias sillas de madera, que no parecían demasiado cómodas. También había varias estanterías dispersas aquí y allí, con algunos libros y juegos de mesa.

Las ventanas pequeñas, mostraban parte del valle. Era un lugar acogedor.

Emma soltó su mochila, sobre una de las sillas y se quitó el abrigo, dejando al descubierto un jersey de color blanco, que le quedaba bastante bien.

«Debería dejar de pensar en eso»

Me quité el abrigo, imitándola, quedándome con un jersey azul, el favorito de Lydia.

Lo miré y sonreí. Me había alegrado verla antes de la competición, sin embargo, había algo dentro de mí que seguía inquietándome en silencio. Lydia, estaba empeñada en que me mudara con ella a su ciudad. Yo era feliz en Aelston, y si bien las clases de piano no eran la gran cosa para ella, lo significaban todo para mí. ¿Estaba dispuesto a sacrificar lo que amaba por ella? Lo cierto, era que no.

Emma y yo encendimos la chimenea con la leña que había fuera, y preparamos algunas latas de conserva que había en los armarios.

—Esta comida está asquerosa —exclamó simulando una arcada.

Giré el envase vacío sobre la mesa para leer los componentes. Aparté mi plato con disimulo.

—Dado que has apartado tu plato con fingido disimulo, te imitaré —rio —tengo chocolatinas en la mochila, ¿te apetece una?

—¿Sabes la cantidad de porquerías que tiene eso?

Emma abrió una de ellas, rasgando el envoltorio azul y dando un mordisco despreocupadamente, mientras yo la observaba atónito. Le importaba una mierda su salud.

—¿Quieres o no? —exclamó masticando con la boca llena, y ofreciéndome la chocolatina mordida. Estaba loca, si creía que iba a morder del mismo sitio que ella.

—No, gracias.

Ella se rio y terminó de comerse la chocolatina, en menos de lo que dura un pestañeo.

— No eres tan escrupuloso, cuando te besas con esa chica —dijo levantando las cejas.

—Es diferente —respondí.

—¿Por qué? —preguntó, abriendo una segunda chocolatina.

— Porque conozco a Lydia desde hace bastante tiempo, sé que no posee ninguna enfermedad contagiosa y su higiene es impecable.

—¿Salís juntos?

—Te responderé si me cuentas quién era ese tío, al que pareces tener miedo.

Ella guardó silencio durante unos segundos, mientras masticaba, con más lentitud que antes, claramente, sopesando su respuesta.

—Salimos juntos durante un tiempo, no es alguien a quien me apetezca ver. La relación no terminó muy bien.

—Entiendo.

—Bueno, me debes una respuesta.

—En realidad, no tengo muy claro lo que somos. Nos vemos un par de veces al año, el resto del tiempo, nos mensajeamos y hablamos por teléfono. Somos dos personas adultas, intimando. Podría decirse que no tenemos una relación formal al uso.

— Es guapa, hacéis buena pareja —exclamó, jugueteando con sus uñas pintadas de negro.

— Gracias, supongo.

Ella me sonrió y acto seguido miró hacia la pequeña ventana, justo a su derecha.

—Está anocheciendo —exclamó.

Quizás no había sido buena idea preguntarle por aquel tipo, su ánimo había cambiado. Emma parecía taciturna, mientras observaba el paisaje a través de la ventana. Era extraño, ya que solía ser una persona bastante ruidosa y molesta, la mayor parte del tiempo.

—Puedes hablar conmigo, si lo necesitas —dije, casi en susurro. Pensé que ella no me escucharía. Sin embargo, Emma me miró y algo atravesó su mirada. Sus ojos se volvieron más brillantes y me lanzó una sonrisa triste. Estuvo a punto de decir algo, pero cambió de idea en el último segundo.

—Gracias, pero todo está en orden.

Emma y yo permanecimos en silencio durante varios minutos más, antes de que la chica profiriera un grito aterrador, subiéndose a la mesa, casi de un salto.




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