La teoría del invierno

¡ La gata habla!

Emma.

Habíamos salido del refugio, al amanecer. El sol iluminaba el valle y el cielo estaba despejado. Llevábamos más de tres o cuatro horas caminando sin parar y me dolían los pies.

Observé a Adam, quien parecía inmutable ante el esfuerzo físico.

—Estoy cansada —exclamé.

—Hay un refugio no muy lejos de aquí, si seguimos a este ritmo, estaremos ahí antes del anochecer.

— Tradúcemelo en horas. Adam me miró de soslayo y sonrió.

—No te gustaría saberlo —dijo por fin.

La gatita se revolvió dentro de mi abrigo, hasta acomodarse, asomando la cabeza por la franja abierta de mi abrigo. Adam la miró con recelo. Se había pasado la noche en el saloncito del refugio, alejado de nosotras. Mi teoría era que le aterraban los gatos.

—¿No es adorable? — dije mientras le rascaba las orejas. La gatita ronroneó satisfecha. —aún debo ponerle un nombre.

—¿Qué tal gata del infierno? —sugirió en tono burlón —¿acechadora de la noche?, ¿arañadora de puertas?

— Muy gracioso.

El animal me observó con esos grandes ojos ámbar y maulló.

— Se llamará Rika.

—¿Rika?

—Ajá. Mi abuelo tenía una gata con ese nombre, era similar a esta. Creo que le va bien.

Caminamos un par de horas más, hasta parar junto a un lago, a comer y a descansar un rato.

El paisaje era de los más bonitos que había visto en mi vida. El lago se encontraba entre dos valles de un hermoso tono verde. Ojalá pudiese tomar una fotografía para enseñársela a papá.

Pensé en Anna y Justin, ¿habrían conseguido encontrar alguna de las vías de acceso? Les echaba mucho de menos.

Rika maulló, revolviéndose en el interior de mi abrigo. Abrí la cremallera y dejé que saltara al exterior. La gata se desperezó y camino con paso felino hacia Adam. Cuando este se percató de que Rika se acercaba, retrocedió varios pasos.

—¿Te dan miedo los gatos? —pregunté riendo.

—¿A ti qué te parece?.

La gata se acercó hasta su pierna y se restregó en él. Adam estaba muy quieto, me pareció que se le cortó la respiración.

—¿Podrías quitarme a esta cosa de encima?.

—Es inofensiva —dije, acercándome a él.

—También, era inofensivo el gato de mi vecino, antes de lanzárseme a la cara en una ocasión. No sabes lo que estas cosas pueden hacerte en cuestión de segundos, con esas sucias zarpas.

No pude contener la risa y Adam, me lanzó una mirada asesina.

Algo sobrevoló nuestras cabezas a baja altura. El animal se asustó y se escondió tras de mí.

—Es un dron —exclamó Adam.

—¿Crees que estamos incumpliendo alguna norma? —pregunté, mientras le observé alejarse de nosotros y perderse entre las montañas.

—Lo dudo.

Observé el lago durante un momento. Los rayos del sol de mediodía se reflejaban en sus aguas tranquilas. Por un momento, quise bañarme en él. Adam siguió la dirección de mi mirada hacia el lago y negó con la cabeza.

—Ni se te ocurra. Sería una pésima idea, la temperatura es demasiado baja.

—¿De verdad estáis debatiendo si bañaros o no, en un lago?

Una voz femenina de acento extraño nos puso en guardia. Adam y yo nos miramos confusos.

—¿Has escuchado eso? —pregunté asustada, mirando en todas direcciones.

—Sí.

—Estoy aquí —exclamó de nuevo, la voz.

Bajé la mirada hacia Rika, quien nos observaba de manera intermitente a ambos.

—No pensarás que es el gato —exclamó Adam.

—Qué humano más estúpido.

Retrocedí asustada, cayendo hacia atrás y arrastrándome lejos de Rika. Adam se unió a mí, y ofreciéndome la mano, me ayudó a ponerme en pie.

La gata se acercó a nosotros con movimientos elegantes y felinos. Y nos sonrió. Adam y yo estábamos en shock. ¡La gata nos había sonreído!

—¿Crees que es una alucinación? Tal vez la cena de anoche estaba en mal estado. —exclamé.

Rika se sentó sobre sus patas, y comenzó a lamerse una de ellas, con total desinterés, como si aquella situación, no fuese lo más irreal del mundo.

Adam se acercó a mí, y sin previo aviso, colocó su mano sobre mi frente, sobresaltándome. Me aparté unos centímetros y él pareció recordar, que no me gustaba que invadiesen mi espacio personal. Después colocó su mano sobre su propia frente.

—No parece que tengamos fiebre.

—No estáis enfermos —exclamó la gata mirándonos con aquellos ojos felinos —soy Askrim, el espíritu guardián de este lugar.

—¿Por qué la gata sigue hablando? —le susurré a Adam.

—No tengo ni idea —me respondió él, imitando mis susurros —deberíamos largarnos sin mirar atrás.

—Nadie va a moverse de aquí, hasta que me escuchéis —exclamó la gata moviendo su cola, de manera hipnótica.

—No le mires la cola —exclamé —creo que intenta hipnotizarnos.

Rika se acercó hasta mí y me olfateó con curiosidad. Adam y yo permanecíamos inmóviles.

—Eres justo como él me dijo, Emma Garello.

—¿Quién?

—Ya sabes quién —respondió, acercándose a Adam. Rika le olfateó y se alejó de él, sin decir nada, hasta sentarse frente a nosotros de nuevo.

—Dijiste que eras el espíritu guardián de este lugar —comenzó Adam —Eso no es posible. No hay evidencia científica de que, uno, un felino pueda hablar como un ser humano, ya que careces de cuerdas vocales, y dos, no existen tales cosas como los espíritus de ninguna parte. Por tanto, sólo me queda como hipótesis, que debemos haber comido algo en mal estado, que nos está provocando alucinaciones.

—¿Qué opinas tú, Emma?

—¿Cómo sabes mi nombre?

—El Yetghram me lo dijo. Es él, de hecho, quien me envía, en busca de tu ayuda.

Adam me miró como si de pronto, me hubiese convertido en otro felino parlante.

—¿Eres parte de esta...esta broma? —exclamó frunciendo el ceño.

—No es una broma —me defendí.

—Ya veo que no le has contado a este idiota, lo que pasó. No te juzgo, tampoco lo haría si fuera tú —dijo Rika.

—¿De qué está hablando? Mira, esto no me parece divertido.




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