Emma.
La cueva estaba demasiado oscura. Rebusqué entre las cosas de mi mochila, hasta dar con una pequeña linterna de color rosado.
—Por aquí —exclamó Rika ronroneando.
—No puedo ver en la oscuridad como tú, no soy un felino. La gatita me rozó la pierna y se restregó contra mí.
La luz iluminó las profundidades como fauces abiertas, el lugar en el que nos encontrábamos.
—¿Qué se supone que debemos buscar aquí? —pregunté. El eco de mi voz retumbó en la cueva.
—Este es el lugar donde no se observa el sol. Busquemos.
Rika y yo miramos entre las rocas, en el suelo, en el techo. Nada, no había nada que nos indicara que íbamos por el buen camino.
—Sin Adam, esto es mucho más complicado.
—No le necesitas —exclamó la gata, subiéndose en el saliente de una roca —a no ser que busques su compañía.
—¿Qué? Claro que no —dije, mientras continuaba buscando por la pared.
Choqué con algo y me hice daño en el brazo. Dirigí el haz de luz en esa dirección. La pared tenía una roca que sobresalía entre el resto y había una palabra escrita con pintura roja.
Empújame.
—¿Estás de broma? —exclamé, acercándome. Puse una mano en la pared de piedra y empujé con todas mis fuerzas. La pared no se movió, ni un solo centímetro.
Dejé la linterna en el suelo, con el haz de luz alumbrando hacia arriba y lo intenté de nuevo, con ambas manos. La pared seguía sin moverse.
—No entiendo nada —exclamé con frustración.
—Quizás necesitas a ese humano odioso —respondió Rika, saltando al suelo del saliente, en el que estaba subida.
—Voy a buscarle —exclamé, recogiendo la linterna y dirigiéndome hacia la salida de la cueva.
Recogí la mochila de Adam, que estaba tirada en mitad del suelo y me coloqué de lado, para cruzar el paso estrecho, entrechocándome en varias ocasiones con las rocas.
Creo que había llegado el momento, de admitir que sencillamente, era torpe y propensa a los accidentes. Adam tenía razón, por mucho que me fastidiara.
Cuando salí, observé al chico tirado en el suelo, completamente inmóvil. Corrí hasta él y me arrodillé a su lado.
—¡Adam! —dije, zarandeándole. Me acerqué hasta su pecho y apoyé mi oreja en él, su corazón latía. Puse mi mano cerca de su boca, entreabierta, su aliento cálido salía, de forma lenta y constante. Sujeté sus piernas con suavidad, y las elevé, dejando su cabeza sobre mi mochila.
Rika salió en ese momento, al notar que tardaba y se acercó a nosotros.
—¿Está muerto? —preguntó con su acento felino.
—¡Claro que no!
Adam se revolvió y abrió los ojos con dificultad. Me observó extrañado e intentó incorporarse.
—Espera, creo que te has mareado —dije, apoyando ambas manos en su pecho. Adam bajó la mirada hasta mis manos, pero no las retiró, tampoco intentó levantarse de nuevo.
—¿Qué ha pasado? —preguntó desorientado.
—Debiste marearte y estabas inconsciente cuando salí.
—¿Encontraste la pista?
—Sí, pero me temo que necesito tu ayuda.
—Ya contaba con eso, Emma.
Le lancé una mirada asesina. Él me sonrió.
—Los humanos sois débiles por naturaleza —exclamó Rika.
—Dijo la gata parlante —respondió Adam —me gustaría tener la oportunidad de poner a prueba, esa leyenda urbana sobre que los gatos tenéis siete vidas.
A Rika se le erizó el pelo y le bufó.
—Basta, tenemos que encontrar la manera de hacerte pasar por ese hueco, o no podremos obtener la pista. —Miré a Adam, quien ya se había levantado —¿estás bien?.
El chico se tambaleó, pero logró conservar el equilibrio. Después se llevó la mano al pecho y la mantuvo ahí, durante un rato. Quise preguntarle si sentía alguna molestia, pero sabía cómo era Adam con su privacidad, por lo que opté por guardar silencio.
—Ha debido de ser una bajada de azúcar —respondió.
Me daba la sensación de que ocultaba algo, sin embargo, no deseaba darle más vueltas, por el momento. Abrí mi mochila y le ofrecí una chocolatina.
—No pienso comer eso.
—Tú mismo —exclamé dándole un generoso mordisco.
Adam se acercó hasta la estrecha abertura, examinándola con cuidado.
—Tengo una idea —exclamó.
Adam se desabrochó su abrigo y lo dejó en el suelo a un lado. Después, ante mi mirada atónita se sacó el grueso jersey azul y una camiseta térmica, que vestía debajo de este.
Miré hacia otro lado para no quedarme observando de forma descarada, su torso desnudo.
Para mi sorpresa, Adam comenzó a desabrocharse los pantalones y acto seguido, se quitó las botas. Quedándose en ropa interior.
Adam Vandepeer era un rarito, con un cuerpo perfecto. Dos cosas, hasta el momento, incompatibles para mí. El chico se acercó a la abertura y se colocó de lado para pasar. Ante mi asombro, lo consiguió, tras varios intentos.
—Con menos ropa, ha sido más sencillo, vamos —me instó desde el otro lado.
Le seguí hasta la cueva, con la linterna en la mano, intentando no mirarle el trasero, ni los músculos de la espalda.
Joder. Anna se reiría cuando le contase esto.
—¿Quieres mi abrigo? —le pregunté cuando entramos en la cueva. Hacía un frío terrible allí dentro.
—Me gusta el frío, me reconforta. Me ducho con agua fría a diario —exclamó caminando con la linterna en la mano.
—Ugh, prefiero un millón de veces el agua tibia o muy caliente.
—Las duchas de agua fría, son excelentes para activar el cuerpo. Por no hablar, de que estimulan los receptores térmicos de la piel.
—Me recuerdas a un amigo, que también ama ducharse con agua helada. Debe haber algún tipo de disfuncionalidad en vosotros dos.
Adam se paró de golpe, haciendo que me chocase con su espalda. Tuve especial cuidado, de no tocar ninguna parte de su cuerpo, carente de tela.
—Es aquí ¿no? —me preguntó alumbrando con su linterna, la tinta roja en la pared.
—Sí —exclamé, intentando no mirar su ropa interior oscura. Adam, se giró y buscó mi mirada.