Adam.
Habían pasado varios días, desde que encontramos la segunda pista en aquella cueva. Emma me había estado dando charlas esporádicas acerca de las bajadas de tensión de su abuela y su padre día sí, día también, totalmente ajena, a lo que me sucedía en realidad.
Cima Gris ya se observaba cada vez más cerca. Me sentí optimista, tal vez lográramos ganar el premio, después de todo.
— Necesito dormir durante dos días seguidos —se quejó Emma, al llegar al nuevo refugio.
—Lamento decirte que eso no es posible.
—¿Desde cuándo eres tú, quien toma las decisiones en este equipo?
— Quizás, porque si no fuera por mí, estarías herida o algo peor, y debes tener en cuenta, que he encontrado y resuelto las pistas con rapidez. Soy el candidato idóneo.
Emma resopló y se lanzó sobre una de las literas inferiores.
Aquel refugio era mucho más grande que el resto. La cabaña tenía dos plantas en lugar de una, y en él, había dos habitaciones con literas. Al fondo del salón, había un viejo piano, lo que supuso una pequeña alegría.
Me senté en la banqueta y comencé a tocar. Cerré los ojos y me dejé llevar por la melodía, sin percatarme de que, Emma se había acercado y se encontraba de pie, observándome.
No me importó y continué tocando Rondo alla turca de Mozart, como si me encontrase solo en el auditorio de Aelston.
—Te has equivocado —exclamó Emma.
Paré en seco y miré a Emma con el ceño fruncido.
—Por supuesto que no, mi ejecución está siendo impecable.
—Has tocado mal uno de los primeros compases —exclamó, mientras mascaba un chicle de color azulado.
—¿Cómo alguien que no sabe tocar el piano, está tan segura de que he tocado mal uno de los compases? —respondí, rodando los ojos.
—Fácil. Has tocado; Do-Mi-La-Si-Re, en lugar de un Mi, al final. Observa —exclamó insistiéndome con la mano, para que la dejara sentarse en mi lugar.
Aquello era alucinante. ¿Desde cuándo Emma, estaba formada en lenguaje musical? Me levanté de mala gana, sobre todo, porque la chica ya me estaba empujando sutilmente, para que lo hiciese.
Para mi sorpresa, Emma comenzó a tocar el piano con una maestría que me dejó sin habla, pero no sólo eso fue alucinante, lo increíble es que ella, tenía razón. Había cometido un fallo de principiante en uno de los primeros compases del Allegretto.
Cuando finalizó, me sonrió desde la banqueta con aire arrogante.
—No te ha venido mal una lección de humildad, ¿eh, Vandepeer?.
—Me encanta esta chica —ronroneó Rika desde el sofá.
—Aquel día en el auditorio, no me dijiste que sabías tocar.
—No me lo preguntaste —exclamó, con total indiferencia —es más, recuerdo que me dijiste que "no tenía manos de pianista".
—Es evidente que me equivoqué. Te pido disculpas, por darte por sentado.
Emma me miró y luego sonrió.
—Ese es el problema, Adam. Las personas suelen dar por sentado a los demás, sin llegar a profundizar en quienes son, y molestarse en conocerlos. Me suele pasar a menudo.
Me di cuenta, de que aquellas palabras la afectaban de alguna manera, que aún no llegaba a comprender, aun así, no me atrevía a preguntarle algo que sentía que era tan personal.
—Tengo que darte la razón —admití —aunque no siempre es así.
—No, no siempre es así. Sin embargo, déjame decirte algo —exclamó, sentándose junto a Rika en el sofá —cuando me viste, ¿cuál fue tu primera impresión?, estoy segura de que, a nivel inconsciente ya me pusiste una etiqueta, seguramente en tu cabeza yo solo era otra chica tonta, con una inteligencia bastante alejada a la tuya, alguien torpe y descuidada. Jamás habrías pensado, que, al alguien como yo, pudiera interesarle la música. Sin embargo, cuando miraste a Lydia la primera vez, ¿pensaste lo mismo de ella?
Aquello era inaudito. Emma Garello, no sólo me había humillado ante el piano, sino que estaba demostrando no ser en absoluto, como había pensado.
—Pensé que Lydia era inteligente, elegante e instruida en muchas cosas —admití.
—Y quizás pensaste eso, por su manera de vestir, más refinada o elegante, por su forma de hablar o porque tiene una cara bonita, y todo eso se ajusta a tus estándares, quizás a lo que te parece que es bello o correcto, todo, bajo tu prisma personal. Lo que quiero decir, es que es muy fácil prejuzgar a lo que es diferente a uno.
—Visto así, quizás tengas razón. Sólo apuntaría algo, todos juzgamos Emma, incluida tú.
—Nunca he dicho que no lo haga —sonrió. —He dicho que no está bien.
Aquella chica era una caja de sorpresas, de sorpresas agradables. Emma fue hasta la cocina y comenzó a rebuscar entre los cajones latas de comida para la cena.
—Pasta enlatada, me da brincos el estómago de la alegría —comentó con sarcasmo.
—Qué asco —exclamé, sintiendo nauseas.
Emma le abrió la ventana a Rika. La gata prefería cazar su propia comida, a comer lo que comíamos nosotros. Era totalmente comprensible.
Nos sentamos a cenar en silencio. No deseaba que nuestra charla de antes volviese el ambiente raro, entre nosotros.
—¿Cuándo aprendiste a tocar? —le pregunté con curiosidad.
—Cuando era pequeña. Tenía unos ocho años, cuando papá me apunto a clases, después de haberle estado insistiendo durante todo el verano. ¿Y tú?
— Toco desde los tres años.
—Eso es a muy temprana edad —silbó.
—Mi padrastro buscaba que fuera excelente en todo. Tengo que admitir, que, en este caso en concreto, me hizo un favor.
—¿Es duro contigo? tu padrastro...
—Siempre lo ha sido.
—Lo lamento Adam—exclamó, apartando a un lado su lata. — Uno debería ser libre, para crear su propia vida, sin expectativas. Si doy un solo bocado más a esto, creo que vomitaré.
Yo también aparté la mía, sin tan siquiera mirarla. Si observaba con detalle lo que había dentro, acabaría por no comer, ni un solo día más.
Emma se desperezó y se recostó en el sofá.