Emma.
Adam, Rika y yo, habíamos caminado, no, corrido prácticamente, detrás de esos dos imbéciles. Sin las mochilas, íbamos bastante más ligeros.
—Ya los veo —exclamó Adam, entre jadeos.
A lo lejos, Robert y Mike caminaban charlando y totalmente ajenos a que, metros atrás, les seguíamos muy de cerca. Seguramente, daban por hecho que tardaríamos en salir y que, para entonces, ellos ya nos habrían tomado mucha delantera.
Ingenuos.
—Pensaba que estarías en mejor forma física —bromeé, mirando a Adam. —Vas con la lengua fuera.
—Estoy en una excelente forma física, Garello. Puedo demostrártelo cuando quieras.
Aquellas palabras me chocaron. ¿Qué insinuaba?. Tenía que dejar de ser tan malpensada. Adam carraspeó, al ser consciente de lo que había dicho. Vale, no era cosa mía.
—Quiero decir, que cuando quieras podemos medir nuestra resistencia con una carrera de fondo o con cualquier deporte que se te ocurra, lo dejaré a tu elección.
—Cuando quieras —le reté —pero ahora, vamos por esos dos.
La verdad y siendo muy honesta, yo odiaba el deporte, además, no se me daba especialmente bien. Esperaba que mi arrogancia fuera olvidada por Adam y que no tuviera que hacer el ridículo en una carrera contra él, o algo así.
Robert fue el primero en darse cuenta de que les seguíamos, avisando a su compañero con un empujón.
—Vaya, vaya ... —exclamó —las ratas han salido de su agujero, más pronto de lo que pensaba.
—¡Devuélvenos nuestras cosas! —dije.
—Es una lástima, las dejamos atrás hace mucho tiempo. Tendréis que regresar por ellas.
Robert no estaba mintiendo. Sólo llevaban sus mochilas y no había ni rastro de las nuestras.
—Estas rompiendo las normas de la competición —exclamó Adam, con una calma que parecía imposible.
Robert se acercó de manera amenazante a Adam, quedando a escasos centímetros de su rostro. Mike se colocó detrás de él, ambos, acorralándole.
—¿Y quién va a delatarme con el viejo Endel Harst, tú? —exclamó con una media sonrisa —oh, se me olvidaba, que es el abuelo de Lydia...
Miré a Adam sorprendida. Él no se movió. De repente, Mike se abalanzó sobre él, agarrándolo por el cuello. Robert se acercó, con el sigilo de una serpiente.
—Me las vas a pagar todas juntas, Vandepeer.
Una luz blanca alumbró el lugar, cegándonos a todos de manera momentánea. Rika, estaba envuelta en un halo de luz blanca y crecía en tamaño, por momentos.
—Qué mierda... —exclamó Robert.
Ante nuestro asombro, la gata se convirtió en una leona enorme, de ojos dorados.
Mike soltó a Adam, tirándolo al suelo y Robert se alejó aterrado. Rika rugió con ferocidad, abalanzándose sobre ambos. Corrí hasta Adam, y le ayudé a incorporarse, el chico estaba atónito.
Robert y Mike huían despavoridos desviándose del sendero principal. Rika se detuvo, una vez conseguido su propósito, ahuyentarlos. La leona nos observó y pareció sonreírnos ampliamente con su hilera de colmillos perfectos y aterradores. Acto seguido, volvió a ser una gatita menuda y juguetona.
—¡Eso ha sido alucinante! —exclamé, sosteniéndola en brazos.
—Dudo que vuelvan a molestaros —ronroneó. Un sonido lejano, nos hizo girar la cabeza. Habían lanzado una bengala.
—Parece que se retiran de la competición —dijo Adam.
Tosí con descaro.
—¿No deberías darle las gracias a alguien? —pregunté, enarcando una ceja.
—Gracias, Rika.
—Sería aburrido sin ti —respondió la gatita.
Recogí la mochila de Mike del suelo. Robert se había llevado la suya.
—Tendrá que valernos —exclamó Adam. —No podemos perder tiempo en volver y ver dónde las han dejado.
Asentí. Un helicóptero voló ruidosamente sobre nuestras cabezas, en dirección a donde Robert y Mike habían lanzado su bengala.
—¿Cómo saben si alguien desea abandonar? —pregunté, acariciándome la barbilla.
—Se sospecha que hay cámaras en determinados lugares de este lugar. Lógicamente, están ocultas.
—¿Lydia no te lo ha contado?
Adam me miró extrañado.
—¿Y por qué iba Lydia a contarme eso? —preguntó.
—Es la nieta de Endel Harst, seguro que sabe un par de cosas.
—Y por esa misma razón, su abuelo no le cuenta nada.
—Desconozco las razones por las que participas, y por las que necesitas el dinero, pero si alguien que me importa fuese a competir, le ayudaría sin pensármelo dos veces.
—¿Y te saltarías las normas? —Adam resopló. —Eso no es ético.
—Tienes razón, pero dependería de si el medio justifica o no, el fin.
Adam sopesó mis palabras en silencio, mientras caminábamos.
Pasaron, lo que me parecieron un millón de años, hasta que llegamos a un nuevo refugio. No había nada de comida, tampoco agua en la mochila de Mike, tan solo encontramos una linterna, una especie de manta térmica, un reloj digital y una botella vacía.
Aquello comenzaba a recordarme a la maratón de nuestra ciudad. A Justin le había parecido una excelente idea que ese año los cuatro compitiésemos. Anna y él, tenían muy buen fondo, ya que eran deportistas naturales, Rachel y yo, en cambio, éramos todo lo contrario.
Recuerdo haber comenzado totalmente motivada, para terminar casi al borde de la deshidratación, mientras que Rachel, se torció un tobillo. Me prometí a mí misma, no volver a hacerle caso a Justin, por el resto de mi existencia.
Me tumbé directamente en el suelo del refugio, nada más entrar.
—Eso es asqueroso —declaró Adam, haciendo una mueca. — Hay un montón de bacterias y microorganismos en el lugar donde estás, ahora mismo. Muchos de ellos, arrastrados desde fuera por el calzado de todos los que hemos entrado aquí.
Miré a Adam y le dediqué una sonrisa.
—Mientras esas bacterias no me obliguen a caminar más, no tengo inconveniente.
Adam se dejó caer en el sofá, agotado. Me levanté y me senté junto a él.
—Olemos a mierda —me quejé. —La ropa que había traído, está tirada en algún lugar ahí fuera.