La teoría del invierno (completa)

Cosas que no deben pasar.

Adam.

Emma parecía haber superado por momentos, su tristeza, cosa que me alegraba bastante. Había sido un momento muy incómodo para ella y lo entendía. No cualquier persona se abre de esa manera, con algo tan personal.

Valoraba mucho que hubiese confiado en mí, antes que en sus propios amigos. Imaginaba que, era debido a la libertad de no sentirse juzgada, por alguien que apenas te conoce. No tenía ninguna idea preconcebida de ella en realidad, más allá de lo que estaba descubriendo en su compañía, en los últimos días.

Emma parecía el tipo de persona que no se detenía ante nada, si se trataba de hacer lo correcto. Había demostrado tener un alto nivel de empatía y un gran sentido de lo que era justo, al haber liberado al Yetghram.

Ambos estábamos esperando en mitad de la nada, observando las estrellas. Aún no eran las tres, pero faltaba poco. Rika estaba intentando cazar un insecto que revoloteaba a nuestro alrededor.

— Es curioso cómo tiene el instinto depredador tan afianzado —exclamó Emma. —Espero que no se coma algún insecto peligroso.

—No te preocupes, la mayor parte de los felinos, prefieren jugar con los insectos antes, que comérselos. Sólo el cinco por ciento son peligrosos, es una probabilidad bastante baja.

Emma me miró, enarcando una ceja.

—Me pregunto si hay algo que no sepas.

—Las hay.

—¿Por ejemplo?

«Entender a las mujeres, entenderte a ti»

— No soy bueno expresando mis propias emociones y en ocasiones, me cuesta entender las de los demás. Me cuesta empatizar con ellas, por eso desde fuera, la gente me percibe como una persona distante y fría.

—No es cierto —exclamó —antes, estaba llorando y me sentía bastante mal, y me has ofrecido un abrazo, de manera desinteresada.

«¿Tú crees?»

—La razón, es porque no soporto ver a la gente llorar. Me incomoda —mentí.

No solía empatizar con las emociones ajenas como las personas comunes, pero había sentido la necesidad de consolar a Emma, algo bastante extraño viniendo de mí. Supongo que se debía, a que la chica parecía a punto de romperse y en cierta manera, me había disgustado verla llorar.

Y para qué engañarme, me había gustado demasiado, sentirla cerca de mí.

Lógicamente, no pensaba admitirlo en voz alta.

La única ocasión en la que me había permitido llorar, fue a los siete años, cuando nuestro perro Hocker, fue atropellado. No recuerdo, haberme sentido tan mal como aquel día.

Desde entonces, si me había sentido triste, incluso devastado, sobre todo con la noticia de mi enfermedad, pero nada o nadie, parecía activar esa parte tan emocional de mí mismo.

Sospechaba que la negación inconsciente de todo lo emotivo, se debía a la educación de "el general". Para él, un hombre debía parecer fuerte y, además, serlo. Jamás debía mostrar debilidad ante nadie.

—Claro—exclamó Emma con una sonrisa.

De repente, el sonido de varios drones llenó la quietud del lugar. Iban en formación circular y se quedaron suspendidos en el aire, a pocos metros de donde nos encontrábamos. Dos de ellos, abrieron unos compartimentos en la parte trasera y proyectaron un holograma en el cielo, justo, donde se encontraban las Pléyades.

"Si otro atajo queréis encontrar, hacia el Norte debéis caminar.

Un hombre allí os esperará, pero sólo tres preguntas podéis preguntar"

Los drones se movieron, adoptando una formación lineal y desaparecieron en la distancia.

—¿Cómo sabe Endel Harst que vendríamos justo a las tres? —preguntó Emma.

—No lo sabe, todas las noches a las tres, esas cosas vienen hasta aquí y hacen el mismo espectáculo una y otra vez —exclamó Rika.

—¿Cómo sabes eso? —pregunté.

—Ya te lo he dicho, soy el espíritu guardián de este lugar, humano sordo.

Emma se rió. Yo le lancé una mirada asesina a la gata y esta, movió la cola con total indiferencia.

Regresamos al refugio a paso lento. Emma se sentó en el sofá y se desperezó.

Yo permanecí de pie, junto a la mesa de roble, que se encontraba en un estado bastante deplorable.

Un trueno sonó en la distancia y de repente, comenzó a llover de manera intensa.

Emma echó a correr hacia la litera y se cubrió con la manta, de manera exagerada. La seguí confuso y levanté la manta ligeramente de un lado. La chica estaba echa un ovillo.

Emma me quitó la manta de las manos de un manotazo, cubriéndose de nuevo.

—¿Qué haces? —exclamé.

—¿No es evidente? Le dan miedo las tormentas —exclamó Rika, lamiéndose una pata.

Otro trueno sonó, esta vez, más cerca, y un halo de luz iluminó la habitación. La chica se echó a temblar.

—Tranquilízate —dije —los rayos no van a traspasar la pared y alcanzarte. Las únicas casas con probabilidad de que un rayo les caiga encima son aquellas con un techo puntiagudo o las que están... —me callé.

Emma apartó la manta y asomó la cabeza.

—¿Las que están qué?

Carraspeé.

—En lugares aislados y apartados...

—¿Estás de coña?

Emma salió de debajo de la manta como una exhalación y se abalanzó sobre mí, justo cuando un rayo iluminaba de nuevo la estancia, y un trueno rugió sobre el refugio.

Ambos caímos al suelo con un sonido sordo. Emma se había abrazado a mi pecho con desesperación, mientras la tormenta rugía furiosa en el exterior.

Sentía su cuerpo pegado al mío. Tragué saliva, intentando concentrarme en algo más, que no fuesen sus brazos alrededor de mí. Emma estaba totalmente encima, inmovilizándome con su cuerpo.

—Emma...

Otro trueno resonó por encima de nuestras cabezas. La chica estaba tan aterrorizada, que permanecía ajena a todo, con los ojos cerrados.

—Cálmate —dije. Mantenía ambos brazos alejados de ella, inertes en el suelo, ya que no me parecía apropiado tocarla.

Desconozco cuánto tiempo pasamos así. Una vez que la tormenta desapareció, Emma abrió los ojos despacio y se incorporó lo suficiente para mirarme.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.