La teoría del invierno (completa)

Cuidado con lo que deseas.

Emma.

A la mañana siguiente, salimos del refugio, dirección Norte. Era el día en el que más tarde habíamos salido, ya que la no comunicación entre Adam y yo, sumado a que la ducha se había estropeado, nos había hecho perder, prácticamente toda la mañana.

Adam y yo no hablamos durante el desayuno, tampoco mientras intentábamos arreglar la ducha, infructuosamente.

Había logrado dar con la dirección correcta, gracias a mis veranos en los campamentos de supervivencia, a los que solía asistir con Anna, Justin y Rachel. Para ello, había tenido en cuenta la posición del sol.

— El sol sale por el este, y se pone por el oeste —dije. — el sol se encuentra en su punto más alto, me colocaré en frente y se supone que el Norte estará a mi izquierda, y el sur a mi derecha.

Adam me observó en silencio, pero no dijo nada.

—Tienes una actitud muy infantil —exclamé, mientras metía a Rika dentro de mi abrigo y encabezaba la marcha.

—No soy yo, quien se lanzó encima de ti, y después, hizo como que no sucedió nada.

Me paré en seco, con los brazos en jarra y le encaré.

—¿Tanta importancia tiene para ti, que necesitas hablar de ello?

—¿Y tan poca importancia tiene para ti, que necesitas evitar hablar de ello? —respondió.

—No pasó nada Adam. Fue incómodo para ambos, lo admito, pero ya está. Tema zanjado.

Lo cierto era que sí que me había importado, pensé que sería mejor para los dos, hacer como que no había sucedido nada, a pesar de la vergüenza que sentía. Pero no deseaba que él lo supiera.

Caminamos en silencio, hasta llegar a un pequeño lago, donde decidimos descansar un rato.

Adam se tumbó en la hierba, usando su mochila como almohada. Estaba tan quieto, que pensé que se había dormido. Caminé con sigilo hacia donde se encontraba, para comprobar que estaba bien, y no había perdido el conocimiento, como la otra vez.

Justo cuando había llegado, el chico abrió los ojos de golpe, y me observó fijamente. Me quedé inmóvil, sin saber muy bien qué hacer.

Adam enarcó una ceja y me dedicó una sonrisa.

—¿Me estabas observando?

Me sonrojé.

—Quería comprobar si estabas muerto, más que nada para lanzar tu cadáver al lago —respondí, regresando junto a Rika, que jugueteaba con uno de los cordones de la mochila de Mike.

—Sigues haciéndolo fatal —exclamó la gata, dirigiéndose a Adam.

—Ni una palabra más, bola de pelo —gruñó Adam, señalando a la gata con el dedo.

Los miré a ambos confusa, no sabía de qué estaban hablando. Adam ignoró a Rika y se incorporó hasta quedar sentado y me miró.

—Te has preocupado por mí —exclamó. No era una pregunta, sino una afirmación.

—Quizás te vi demasiado quieto —respondí.

Ambos nos quedamos callados durante demasiado tiempo.

—Lamento lo de ayer. Me aterran las tormentas, como pudiste comprobar, no era consciente de lo que hice. Intenté no hablar del tema, para que la situación no se volviese más incómoda.

—Está olvidado.

—¿Amigos? —exclamé, tendiéndole la mano, en un gesto exagerado de reconciliación. Adam miró mi mano extendida y me tendió la suya.

—¿Somos amigos? —preguntó.

—Supongo.

—Es una amistad, bastante rara —exclamó Rika, bostezando.

—¿Puedes dejar de opinar de nuestras cosas? —exclamó Adam.

Rika se acercó a él despacio y este retrocedió.

—No te acerques a mí —exclamó, poniendo ambas manos entre la gata y él.

—¿Me tienes miedo, humanito?.

Y así fue como Adam y Rika, comenzaron una danza estúpida; él, retrocediendo y ella acercándose. Adam estaba tan asustado, que llegó a la orilla del lago, sin darse cuenta.

—¡Adam cuidado! —grité. Fue demasiado tarde. El chico entró de lleno en el agua, empapándose los pantalones y las botas.

No pude contener la risa.

La gata aprovechó su distracción, saltando sobre él, y haciendo que ambos, cayeran al agua.

Rika nadó hasta la orilla y se sacudió. Después, como si no hubiese ocurrido nada, comenzó a lamerse las patas. Adam, aún permanecía sentado en el agua, totalmente inmóvil y con cara de desear asesinarla.

Me acerqué a la orilla, intentando contener la risa, estaba claro que iba a fracasar.

—No le veo la gracia —exclamó Adam. —Podría resfriarme o algo peor.

—No seas exagerado—reí —venga, sal de ahí.

Adam se levantó y caminó pesadamente, hacia la orilla. Estaba empapado, de pies a cabeza.

Se quitó el abrigo y lo lanzó a un lado, luego miró a Rika y volvió a señalarla con el dedo.

—No se me olvidará esto, gata del infierno. Ella lo ignoró.

—Deberíamos continuar, ya está atardeciendo y necesitamos un refugio o como mínimo, una cueva para pasar la noche.

Ninguno de los dos protestó, cuando nos pusimos en marcha. Tardamos un par de horas en encontrar a un hombre bastante peculiar, en mitad del camino.

Llevaba el cabello largo y desaliñado, con varios nudos poblando su cabeza. Era delgado y bajito y vestía con una especie de túnica marrón, totalmente sucia y rota, por varias partes.

Estaba sentado en mitad del sendero con los ojos cerrados, en pose de meditación.

Adam y yo nos miramos.

—Hola... —comencé a decir.

—Tssss —exclamó el hombre, levantando una mano.

—Disculpe —dijo Adam.

—Tssss —repitió de nuevo el hombre.

Me acerqué a Adam, sin dejar de prestarle atención, solo por si acaso.

—Creo que está zumbado —susurré.

—Supongo que ha perdido la razón, se comporta de manera extraña —exclamó Adam.

El hombre abrió de golpe los ojos, de un azul intenso y nos observó. Sacó una pipa de una mochila vieja y sucia, y se la encendió.

Pasaron varios minutos en los que, el hombre se dedicó a fumar su pipa, mientras Adam y yo le observábamos confusos.

—Quizás no sabe hablar —exclamé en susurros.

—Por supuesto que sé hablar —respondió el hombre, observándome con atención —eres una muchacha insolente.




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