Adam.
Encontramos una pequeña cueva cerca de donde nos encontrábamos. Debía reconocer, aunque no me gustara hacerlo, que la ayuda de la gata había sido necesaria.
Estaba a punto de congelarme. El frío me calaba los huesos y me abrazaba los pulmones, sin piedad. Comencé a encontrarme un poco mareado, por lo que opté por recostarme sobre la pared de la cueva y abrazarme a mí mismo.
Emma encendió un pequeño fuego para calentarnos, con algo de yesca y algunos fósforos, que había guardados en un cajón, en el último refugio en el que habíamos dormido.
—Tienes mala cara —dijo.
—Estoy bien, sólo tengo un poco de frío.
—¿Sólo un poco de frío? Estás temblando.
Ella tenía razón.
Comencé a analizar los síntomas de la hipotermia de manera mental; escalofríos, temblores, dificultad para realizar movimientos coordinados, habla lenta...
—Adam.
¿En qué momento había caminado hacia mí? Emma me miraba con cara de preocupación.
—¿Te encuentras bien?
—Me estoy congelando —respondí, casi castañeando los dientes. —Si esa gata no hubiera saltado sobre mí, ahora no me encontraría calado hasta los huesos.
—Los humanos no aguantáis nada. Los felinos somos fuertes y resilientes —exclamó la gata, masticando algo que, previamente había cazado. No quise mirar demasiado, por temor a vomitar.
Emma se quitó el abrigo y lo colocó sobre mis hombros. El mío, estaba junto al pequeño fuego, secándose.
—No es necesario.
—No seas tan orgulloso —exclamó ella —no deseo convivir con tu cadáver, hasta que vengan a recogerte.
—¿Por qué siempre hablas sobre cadáveres y muerte?
Aquella chica era bastante rara, por no hablar de sus gustos musicales; tan pronto tarareaba una canción de rock, como que cantaba una canción de los años ochenta. Su mente, debía ser un caos.
—No veo qué hay de malo en eso.
—Sólo podrías tener un perfil de asesina en serie.
Emma puso los ojos en blanco y se sentó a mi lado, demasiado cerca. Podía notar su brazo, rozando el mío y el calor que desprendía su cuerpo.
— Así no tendrás tanto frío —exclamó como si nada.
Nunca había conocido a ninguna persona que se tomase ciertas cosas con tanto desinterés, cuando a mí, me descolocaban tanto. Casi, parecía imperturbable.
Me pregunté cómo era posible que hubiera salido con Roy Chatterson. ¿Cómo demonios habían logrado conquistarla? No es que me importara, y no es que yo quisiera hacerlo, pero joder, aquella chica era un muro de hielo.
Ni siquiera notaba que se sintiera nerviosa, y no es porque quisiera que lo estuviese. Era totalmente perturbador.
Emma me miró con el ceño fruncido.
—¿Por qué me miras con esa cara? —soltó, sacándome de mis pensamientos.
—¿Qué? —exclamé, un tanto distraído.
— Tu cara —señaló —¿en qué pensabas?
—En nada en concreto —mentí.
—¿Seguro? Si te preocupa algo, puedes contármelo.
«Me preocupas tú»
—Nada en especial.
—No voy a insistir. Sólo quiero que sepas que estoy aquí.
De repente, sentí la mirada inquisitiva de la gata desde un rincón de la cueva.
—Deja de mirarme así —espeté.
—Deberías recibir unas clases —exclamó.
Aquel bicho inmundo, iba a buscarme problemas con Emma. No quería que la chica malinterpretara nada.
—Lleváis días hablando de algo, de lo que no me hacéis partícipes, me siento un poco excluida.
Miré a la gata y le dediqué una mirada de súplica.
«Por favor, no me metas en problemas»
Aquella bola de pelo infernal me sonrió. Lo juro, fue la sonrisa maliciosa, más aterradora que había visto en mi vida.
—A Adam le gustas. Creo que está en época de celo.
—¿¡Qué!? — exclamamos Emma y yo, al unísono.
—Mírale —exclamó Rika —ni siquiera sabe disimular.
Iba a asesinar a esa gata.
—Eso no...no es cierto. ¿En qué te basas?
Emma tenía las mejillas teñidas de rojo, y observaba a Rika, evitando mirarme.
—¿Quieres que te haga una lista? —soltó.
—A mi no...no me gusta Emma —exclamé.
Ella me miró, confusa.
—No tienes que explicarte —dijo.
—En serio. No te veo...así. No sé por qué Rika ha llegado a esa conclusión.
—No pasa nada —exclamó. —Será mejor que durmamos algo.
De nuevo ese muro de hielo. Joder.
—Emma... —comencé. Ella me miró, esperando a que dijese algo. No lo hice.
Emma cerró los ojos, y suspiró. Noté cómo se había separado ligeramente de mi lado.
Con cada día que pasaba, la situación entre nosotros se volvía un poquito más tensa, y aunque ambos intentábamos aparentar normalidad, me había dado cuenta de que, era imposible.
Esa noche no dormí. El calor reconfortante del fuego secó finalmente mi ropa y mi abrigo, cosa que agradecí. Durante la madrugada, me había acercado a Emma con sigilo, y le había colocado su abrigo encima.
Rika me observaba con sus ojos relucientes por el fuego, desde una esquina de la cueva.
—Estarás contenta —susurré enfadado.
—Te estoy haciendo un favor —exclamó, y acto seguido se hizo un ovillo, y se durmió.
Al amanecer ya tenía el desayuno preparado. Unas chocolatinas probablemente caducadas, que Rika había encontrado en uno de los armarios de la cocina, del último refugio. Aquella gata, tenía la habilidad de encontrar cosas, de manera asombrosa.
Emma se desperezó y me miró cuando le tendí un par de ellas, algo arrugadas.
—Gracias —dijo.
Esperé algún tipo de comentario, sobre lo que Rika había dicho la noche anterior, pero Emma no dijo nada, mientras masticaba con cara de asco una de las chocolatinas.
—¿Has dormido bien? —pregunté, rompiendo el silencio.
—Sí, gracias. ¿Y tú?
—No he dormido nada —confesé.
—¿Y eso? —exclamó, mientras masticaba sonoramente la chocolatina. Daba la sensación, de ser un bloque de piedra.
¿Y eso? ¿Cómo que, "y eso"? Aquella chica me estaba matando. Ella me miró, esperando una respuesta.