Emma.
Caminamos varias horas durante la madrugada, hasta encontrar un refugio pequeño. Adam iba a la cabeza, usando la linterna de Mike. Mientras caminaba, en más de una ocasión, paré para mirar hacia atrás, con la esperanza de ver a Rika corriendo hacia nosotros. Por supuesto nada de eso sucedió.
Suspiré. Me había encariñado con la gata.
Me tumbé sobre la litera superior. No había vuelto a hacerlo, desde el día en el que me caí sobre Adam, de forma vergonzosa, pero esta noche deseaba estar sola.
Adam pareció entenderlo y me dejó mi espacio, cosa que agradecí. Al chico no le agradaba Rika, pero en el fondo, y aunque él no lo hubiera mencionado, sabía que también la echaba de menos.
Desconozco cuántas horas dormí. Para cuando abrí los ojos ya hacía mucho que había amanecido. Bajé de mi litera con cuidado, Adam no estaba en su cama.
Recorrí la pequeña cabaña en su busca, finalmente, abrí la puerta principal y me desperecé. Adam estaba haciendo flexiones en mitad de la nada. No llevaba el jersey y por el modo y la eficacia con la que subía y bajaba, estaba más que acostumbrado. Joder. No iba a negar que las vistas me gustaban.
Dirigí la mirada hacia otra parte, avergonzada. No deseaba que me pillase observándole y pensara, que era una descarada.
«Si Anna estuviese aquí, seguro que me diría que mirar es gratis»
Sonreí ante el pensamiento. A veces pensaba en ella y en Justin, seguro que tenía un millón de cosas que contarme al respecto, a la vuelta de la competición. También pensaba en Rachel y en su recuperación.
Les echaba mucho de menos.
En algún punto debí de quedarme embobada mirando a la nada, o en su defecto a Adam, pues el chico estaba parado frente a mí, y me miraba con el ceño fruncido. ¿Cómo había llegado hasta mi posición, sin haberme dado cuenta?
—¿Has disfrutado del espectáculo? —me preguntó.
El muy idiota seguía sin ponerse el jersey. Qué descaro.
—¿Qué?
Quería que me tragase la tierra, y me escupiera lejos, muy lejos, de Adam Vandepeer.
—¿Te sueles evadir de la realidad con mucha facilidad? Mejor no respondas. —dijo, colgándose el jersey de un hombro. —¿Te apetece venir a correr?
¿Estaba de coña? ¿Correr yo?
—No gracias, prefiero leer un rato.
—Tú misma —exclamó, lanzando el jersey sobre mi cabeza al interior de la cabaña, y alejándose a la carrera.
Entré y me tumbé en el sofá a leer Medianoche Roja. Intenté leer durante apenas cinco minutos, antes de cerrar el libro y dejarlo sobre la mesa.
No podía concentrarme, pensé en Rika y en si estaría bien, pensé en mis amigos, pensé en papá y en los abdominales perfectos de Adam.
Me detestaba a mí misma por tener ese tipo de pensamientos, ¿en qué momento había dejado de verle como "el rarito" y había comenzado a verle como alguien con un atractivo potencial? Ese tío era extraño, además éramos totalmente diferentes y, sobre todo, el salía con alguien y ese alguien, parecía ser doña perfecta. Yo estaba a años luz, de ser así.
Y lo más importante de todo, me recordé, yo ni siquiera le gustaba, lo dejó claro.
No iba a admitir, que aquellas palabras me dolieron. Pasó cerca de una hora y lo único productivo que hice, fue mirar al techo.
Escuché a varios drones sobrevolar el refugio.
Adam entró en la cabaña, con la respiración acelerada y una fina capa de sudor, cubriéndole el cuerpo. Se acercó a la nevera y sacó una botella de agua fría, que casi se bebió entera de un trago.
No es que me estuviera fijando, simplemente lo tenía delante.
—Voy a darme una ducha —dijo, entrando en el baño, sin esperar mi respuesta.
Ni me moví. Un maullido lastimero llamó mi atención. Rika estaba apoyada en la puerta, parecía herida. Corrí hacia ella y la abracé.
—Gata boba, estaba preocupada por ti. — Ella se restregó contra mi cara y me lamió. —¿Estás herida?
— No, estoy indigesta.
— ¿Indigesta?
—Ajá. Tuve que comerme a ese lagarto, tardé unas cuantas horas.
—Joder Rika, qué asco —exclamé, poniendo una mueca.
—Era eso, o que os persiguiera hasta daros caza. 'Por cierto, excelente partida de ajedrez, estuviste suprema.
—Gracias —sonreí.
—Y yo que pensaba que me había librado de ti —exclamó Adam, quien justo salía del baño con una toalla alrededor de la cintura.
—¿Todavía sigues en celo? —le preguntó.
Adam la fulminó con la mirada.
— Deja de decir estupideces, gata del demonio.
—¿Entonces por qué te luces delante de ella? —preguntó.
Adam entró en la habitación totalmente enfadado y dando un portazo, tras de sí.
—Deberías dejar de decirle ese tipo de cosas Rika. Además, ya sale con alguien.
—Seguro que tú eres más guapa —ronroneó.
—Oh, gracias.
Me hacía feliz tener a la gatita con nosotros. Me había quitado un peso de encima, estaba realmente preocupada.
—Estamos cerca del camino en donde quizás puedas volver a encontrarte con tus amigos —exclamó.
—Me encantaría ver si han llegado tan lejos como nosotros. —Suspiré.
—Lo han hecho —afirmó la gata, afilándose las uñas en una de las viejas cortinas, que cubría la ventana.
—¿Cómo estás tan segura?
—Les envié a alguien, para que les ayudara —respondió, traspasando con sus afiladas uñas la tela.
—¿Puedes hacer eso? ¿eso no sería hacer trampas?
—No si nadie lo sabe.
—¿Pero y qué hay de los drones y las cámaras? —pregunté con curiosidad.
—Ninguno puede captarnos, somos seres sobrenaturales.
Aquello era impresionante. Me moría de ganas de ver a mis amigos, me sentía realmente feliz.
Adam salió de la habitación con su pijama puesto. Sostenía una botella de cristal medio llena de un líquido granate.
—He encontrado esto, ahí dentro —dijo, señalando con el pulgar hacia la habitación. —estaba bajo la litera.
—¿Qué es? —pregunté, arrebatándole la botella y destapándola para olfatearla.