La teoría del invierno (completa)

Palabras que hieren.

Emma.

Amber y Daniel, nos habían prestado una pequeña mochila y nos la habían llenado de víveres, en secreto.

—Os he metido un kit básico de supervivencia, por si acaso —exclamó Amber. —espero que os sea de ayuda.

—Muchas gracias a los dos —dije con una sonrisa. Daniel se acercó a Adam y le dio unos golpecitos en la espalda.

—Más te vale que la cuides —bromeó.

Adam me miró y yo fingí no darme cuenta de la conversación, que estaban teniendo sobre mí.

— Lo haré—respondió Adam. —Gracias por todo.

No había parado de pensar en nuestros besos en toda la noche. Adam no debió hacerlo. Todavía me sentía enfadada con él, por insinuar que le había correspondido por lástima.

No había sido así, el chico realmente me gustaba y ahora estaba echa un lío. ¿Me habría besado para olvidar a Lydia o porque sentía lo mismo que yo? No iba a preguntárselo, lo mejor era zanjar este tema de raíz.

—¿Tenéis hambre? —preguntó Daniel. —Aún os queda bastante tiempo de espera.

Daniel nos invitó a unas tortitas y por supuesto, Adam las rechazó.

—No sé cómo podéis comer tantas porquerías, tenéis una alta probabilidad, de ser diabéticos en los próximos años.

—No me importa —exclamé.

—A mí tampoco —rió Daniel, dando un mordisco a una de sus tortitas. —Bueno, y ¿qué hay de vosotros dos, salís juntos?

Casi me atraganto con la tortita.

—No —me apresuré a decir. —Creo que no nos soportaríamos.

¿De verdad había dicho eso? Adam me lanzó una mirada asesina.

— Sería complicado, supongo —respondió. —Dada su tendencia a no hablar de temas personales.

— Es mejor no hablar de temas personales, que utilizar a una persona como reemplazo de alguien y acusarla de tener lástima de todo.

—Veo que os conocéis muy bien —exclamó Daniel, claramente incómodo.

—No he usado en mi vida a nadie, como reemplazo —exclamó Adam molesto —pero supongo que es más fácil autosabotearse pensando así.

—Me queda claro, que no sois compatibles —rió Daniel.

—Así es —dije.

—¿Te importaría darme tu número Emma? Me has caído muy bien, y me gustaría mantener el contacto en algún punto.

Adam me miró con seriedad. Le sonreí con sorna.

—Claro, dame un papel y un boli y te lo anoto —sonreí.

Daniel fue a la barra a por ello, mientras yo comía, intentando no atragantarme, con mi mal humor.

—¿Vas a darle tu número?

—No veo porque no. —dije —deberías habérselo dado a Amber, anoche parecía muy interesada en ti.

— Tal vez lo haga.

—Genial —exclamé, haciendo demasiado ruido con el tenedor.

—No tienes que hacer esto —exclamó Adam, acercándose a mí.

—¿Hacer el qué?.

—Intentar ponerme celoso.

—No intento ponerte celoso, ni siquiera es mi intención.

— Tu lenguaje corporal te delata; leve rubor en las mejillas, respiración acelerada, mayor número de pulsaciones por minuto y lo más importante, incapacidad de sostenerme la mirada.

—Todo lo que has mencionado son suposiciones tuyas.

—Aquí está —exclamó Daniel, justo a tiempo, ya que notaba el rubor de mis mejillas acentuarse.

Cogí el pedazo de papel y anoté mi número de teléfono. El chico lo miró y se guardó el papel en el bolsillo del pantalón.

—Te llamaré —dijo, guiñándome un ojo.

—Espero que lo hagas.

—Debo dejaros chicos, comienza mi turno. A esto invita la casa —exclamó. —mucha suerte en el último tramo.

Daniel desapareció tras la barra y Adam me lanzó una sonrisa de medio lado.

—¿Espero que lo hagas? —se burló.

—Pues sí, es guapo y me cae genial.

— Serías un sujeto de estudio interesante. Sobre todo, teniendo en cuenta que le has dado un número de teléfono falso.

¿Cómo coño lo había sabido?

—Yo... eh, te equivocas. —disimulé.

—¿En serio? Le has dado mal los dos últimos dígitos.

—¿Cómo lo sabes? —susurré.

—Sencillo, has pausado ligeramente tu escritura durante medio segundo, y solo lo has hecho en los dos últimos dígitos de tu número telefónico. Es lógico pensar que estabas pensando, qué número escribir a continuación. —sonrió satisfecho.

—Eres un psicópata.

—Te equivocas, el término psicópata se refiere a un tipo de sujeto que... —Adam se calló de repente, al observar cómo le acerqué a la boca, un trozo de mi tortita de chocolate, con el tenedor.

Adam arrugó el entrecejo y se echó para atrás disgustado.

—¿Qué estás haciendo?

—Si no quieres comerte el último pedazo de tortita, lleno de mis babas, cállate.

—Emma, anoche te besé y recorrí toda tu boca con mi lengua, ¿acaso crees que comerme tus babas, me va a generar algún tipo de trauma?

—Ha funcionado —dije, satisfecha.

Ante mi asombro, Adam me arrebató el tenedor y se metió el pedazo de tortita en la boca.

Me miró triunfal, mientras masticaba.

—Los humanos sois raros, ¿cuánto os dura el cortejo? —exclamó Rika, que hasta ese momento había estado tumbada a mi lado, en una silla.

—¡No es ningún cortejo!

—Depende de ella —exclamó.

Sentí que se me enrojecieron las mejillas de nuevo y mi corazón comenzó a martillear fuerte en mi pecho.

—Será mejor que salgamos, no queda tanto para que nos llamen.

Adam se acercó a mí, mientras caminábamos.

—Y para tu información, no eres el reemplazo de nadie —me susurró.

Había sentido su calor cuando se había acercado hasta mí, y un ligero cosquilleo me había recorrido, al sentir su aliento en mi oreja.

Sacudí la cabeza para alejar esos pensamientos. Esta semana iba a ser muy larga.
***

Horas más tarde...

—¿Estás seguro de que es por aquí? —pregunté.

Adam resopló, molesto por mi comentario.

—Estoy totalmente seguro.

—Yo creo que se ha perdido —exclamó Rika desde el interior de mi abrigo.

—De nuevo, estoy totalmente convencido de que...

La ruta estaba cortada. Enormes piedras tapaban el camino y era imposible, rodearlas o atravesarlas. Le dediqué a Adam una mirada de satisfacción.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.