La teoría del invierno (completa)

La flor de invierno

Emma.

Adam y Rika no aparecían. Me acerqué a la ventana en varias ocasiones, sólo las tenues llamas de la chimenea, iluminaban parcialmente la estancia. Joder, estaba preocupándome en serio.

—¡Adam, Rika! —grité, a través de la puerta.

Iba a entrar. Fuera lo que fuese, lo que había en el interior, no era nada bueno. Había pasado más de media hora y ninguno había regresado, además, estaba anocheciendo.

Di un paso, y cuando estaba a punto de cruzar el umbral, unas manos fuertes me apartaron con brusquedad. Pataleé en el aire, y las manos, me dejaron en el suelo.

Levanté la mirada para enfrentar a la persona que me había alejado así de la puerta, y me encontré, con la mirada de un hombre de cabello azulado y largo, con los iris amarillos. Iba con unos pantalones viejos de color marrón, y unas botas rotas y desgastadas. Su torso musculoso, iba al descubierto.

—Cuidado, mortal. No querrás quedarte atrapada dentro.

—¿Quién eres? —pregunté retrocediendo.

—Me llamo Norem, y soy uno de los espíritus que guardan el valle.

—¿Como Rika? —pregunté.

—No existe ningún guardián del valle, con ese nombre. —Dijo con sequedad.

—Perdón, Askrim.

El hombre, me observó con interés.

—¿Y qué hace Askrim dentro de la trampa?.

—Entró junto con Adam, mi compañero, hace más de media hora y aún no han regresado.

—Ni creo que lo hagan. Una vez que entras, pocos logran salir.

—¿Cómo es eso posible? —pregunté alarmada.

—Es una trampa que fluye entre ambos mundos, el de los mortales y el de los espíritus. Cuando un mortal entra, los mundos solapan la salida, para que no haya alteraciones en el éter.

—¿Podrías explicármelo como si fuera tonta?

Norem sonrió.

—En corto. No saldrá a menos que alguien le saque, por suerte para ti esa persona soy yo.

—Gracias —exclamé.

—No tan deprisa, a cambio, deseo que hagas algo por mí.

Tenía claro que, con estos seres, siempre había un "pero".

—Te escucho.

—Hace años, que deseo algo con fervor. ¿Ves aquella pequeña montaña? —exclamó, señalando con el dedo. — En su cima, crece la flor de invierno. Es una flor única, que sólo crece una vez, cada cincuenta años. Quiero que me la traigas.

Miré la pequeña montaña y tragué saliva. No tenía demasiada altura, pero tendría que escalarla. No me daba miedo, ya lo había hecho en alguna ocasión, en compañía de mis amigos, pero conocíamos bien el terreno, esto era totalmente diferente.

—¿Y por qué no la coges tú mismo? —pregunté.

—Ojalá pudiera...ese lugar es territorio de Bugham, el espíritu burlón de la montaña. No nos llevamos especialmente bien.

—¿Y si no lo consigo?

—Entonces, Askrim y tu compañero, estarán atrapados para siempre.

—¿Fuiste tú, quien creó esa trampa?

El ser sonrió. No necesité una respuesta.

—¿Cuánto tiempo tengo?

—El que necesites, no me moveré de aquí.

Había anochecido. Tendría que esperar hasta el amanecer. Saqué la manta de mi mochila y la estiré en el suelo, frente a la casa, lo cierto era, que no me reconfortaba encontrarme sola frente a un lugar, del que uno no podía salir si entraba. Esperaba que Rika y Adam, estuvieran bien.

***

Al día siguiente...

Me puse en marcha con los primeros rayos del sol. Noctem, se había desmaterializado cuando le había pedido amablemente que, si podía largarse a otra parte, ya que quería dormir. Sus ojos amarillos, parecían brillar en mitad de la noche, daba bastante miedo. El espíritu obedeció, pero estaba segura, de que me había estado observando durante la madrugada.

Pensé en Anna y Justin, ¿habrían dado con la ruta correcta? Imaginaba que sí, ya que ellos contaban con la ayuda de Aether.

Llegué hasta la pequeña montaña sobre el mediodía. Me rugía el estómago, pero obvié el hambre, necesitaba conseguir esa maldita flor, como fuera.

Alcé la vista, para hacerme una idea mental de lo que tendría que ascender, sin seguridad. Desde mi posición, no parecía tan elevada. Dejé escapar el aire con lentitud.

«Puedes hacerlo, Emma»

Rocé la primera grieta con los dedos. La superficie estaba fría, cosa que agradecí. Alcé el pie y lo apoyé en un pequeño saliente, aguantaba mi peso. Bien.

Comencé el ascenso con lentitud, intentando no mirar, a cuántos metros me encontraba del suelo. Sabía de sobra, que cualquier paso apresurado podría hacerme caer al vacío.

—¡Lo estás haciendo muy bien! —gritó Norem desde abajo.

—¿No tienes nada mejor que hacer?.

—¡Soy un ser inmortal, a ti qué te parece!.

No pude evitar sonreír. Aquellos seres eran fascinantes.

Una pequeña piedra se desprendió bajo mi bota. Me sostuve con todas mis fuerzas, por temor a caer, intentando no mirar al vacío, mientras mi pie se sostenía a duras penas en la piedra que quedaba.

Recordé las lecciones de Jeremy, nuestro instructor en los campamentos de supervivencia.

—Nunca miréis abajo, solo subid.

¡Qué sencillo sonaba en aquella ocasión! Teniendo en cuenta que, ahora escalaba sin nada que me librase de una muerte casi segura.

Continué el ascenso. Mis brazos comenzaban a arderme, por el esfuerzo y la falta de práctica.

«Si salgo de esta, escalaré más a menudo»

Desplacé el peso hacia mi izquierda, para alcanzar una grieta más grande, ya que, en ocasiones, sólo podía sujetarme con la punta de mis dedos. Me temblaron los brazos, y por un momento pensé, que iba a precipitarme al vacío, en el último segundo, tomé impulso y logré sostenerme. Por fin, logré alcanzar la cima.

—¡Bien hecho! —me gritó Norem desde abajo. —Ahora, tráeme la flor.

—¿Cómo sé que después cumplirás tu palabra?

—¡Ya te lo he dicho, les sacaré a ambos!

—¡Necesito garantías!

No confiaba del todo en los seres que habitaban el Valle. Por la escasa experiencia que había tenido durante la competición, algunos de ellos, mentían y eran traicioneros. No iba a jugármela, tan fácilmente.




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