La teoría del invierno (completa)

Amor.

Adam.

Aquello estaba siendo una pesadilla. No sólo por estar encerrados dentro de ese sitio macabro y a media luz constante, sino por esa bola de pelo infernal.

Rika me observaba con cara de pocos amigos, después de haberla mencionado una lista de inconvenientes de hacer sus necesidades, en la esquina de la habitación.

—¿Quieres que me cague encima? —había sido su respuesta.

Durante la madrugada, la gata había permanecido en una esquina de la habitación y yo me había sentado pegado a la pared, lejos de ella.

Aquello era insoportable, además, estaba preocupado por Emma. Había pasado la noche fuera y sola, ¿qué clase de seres rondarían, por esta zona del valle?

Analicé la pared una vez más, en busca de alguna salida.

—Deja de perder tu tiempo —exclamó la gata. —esto es cosa de Norem.

—¿Quién es Norem?

—Un idiota con mucho tiempo libre, obsesionado con la belleza y las flores. Le olí, nada más llegar.

—¿Esa cosa está ahí fuera con Emma?

—No te preocupes, es inofensivo. No le hará ningún daño.

—¿Inofensivo como ese hombre lagarto que casi nos toma de aperitivo?

—Más o menos.

Maravilloso.

De pronto, una luz cegadora se abrió paso entre la penumbra de la habitación, cegándonos, momentáneamente.

—Rápido —instó una voz.

Cuando recuperé la visión, me encontré de frente con una criatura bastante peculiar, de aspecto humano, con el cabello azul, semi desnudo y con las pupilas amarillas.

—Ya era hora —se quejó Rika, saliendo.

—Vuestra amiga está en problemas.

Giré la cabeza hacia él y me acerqué, ignorando la repulsión, que sentía hacia la criatura.

—¿Dónde está Emma? —pregunté con preocupación.

—¡Seguidme, rápido! —exclamó el ser, usando sus manos, para hacer una serie de movimientos en el aire. Acto seguido, un haz de luz apareció de la nada.

—Es un portal —dijo Rika, ante mi indecisión.

Lo crucé con desconfianza, siguiendo a Rika y a la criatura. Al otro lado, una pequeña montaña se alzaba ante nosotros. Vi a Emma, tirada en el suelo, sus manos, estaban repletas de heridas, y un hilillo de sangre, le resbalaba por la comisura de sus labios.

Lancé la mochila a un lado, y corrí hacia ella, agachándome a su lado. Varios hematomas, le decoraban los brazos.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Rika.

—Escaló la montaña y se cayó en el descenso.

Acaricié su rostro con ternura y me acerqué a su boca para escuchar su respiración. Aún respiraba. Le tomé el pulso, los latidos de su corazón eran demasiado lentos.

—Adam, esto pinta mal —exclamó Rika.

—El viejo Endel no os lo habrá contado, pero posee un refugio secreto en estas montañas. Está oculto entre las rocas. Os guiaré —exclamó Norem.

El espíritu del Valle abrió nuevamente un portal.

Sostuve con cuidado a Emma en mis brazos, su cabeza, se balanceaba, a cada paso, como una muñeca inerte y sin vida. El dolor me apretaba el pecho, intentando dejarme sin respiración. Nunca me había sentido de esa manera.

Crucé el portal con Emma en brazos, seguido de Rika y Norem.

—No puedo continuar, debéis proseguir solos. Al fondo, hallaréis una roca con un símbolo rojo. Pulsadlo, activará el mecanismo de apertura —exclamó Norem. —Buena suerte con la chica.

—Si le sucede algo a ella, regresaré a por ti —exclamé.

Norem tragó saliva y entró a toda prisa en el portal, que se cerró tras su paso.

Le tomé el pulso a Emma de nuevo, no lograba sentirlo.

No. No. No.

Entonces, como si el cielo decidiese llorar, lágrimas blancas, comenzó a nevar.

—Hay que moverse —me instó Rika.

El dolor era insoportable. No quería perderla.

Dicen que el corazón late aproximadamente entre unas cien mil y unas ciento quince mil veces al día, de ochenta a cien veces por minuto. Sin embargo, no notaba mi corazón palpitando ahora. Sentía una opresión en el pecho y no podía respirar.

Sostuve en mis brazos su cuerpo aún caliente. Los copos descendían sobre nosotros, mientras una capa blanca y fría, nos cubría como un manto. Necesitaba que el frío me calase los huesos, los destrozase y bailase sobre ellos.

La gatita se acercó sigilosa entre la nieve, y apoyó su patita en mi brazo, como si de alguna manera, supiera cómo me siento. Como si fuese el único ser en este mundo, con el que poder compartir el dolor que me oprime el pecho.

La comprensión llegó como una punzada a mi estómago.

Haría cualquier cosa por la persona que amo, y esa es la razón por la que no amaba a cualquiera.

Yo no creía en un dios, no era un orador, ni tampoco un santo. Pero en aquellos momentos supliqué, al invierno, al viento, al universo, a esa gata endemoniada que no dejaba de mirarme con tristeza, que lo que me hacía latir el corazón, me sonriera de nuevo, por última vez.

Acaricié su mejilla, que comenzaba a estar demasiado fría, y las lágrimas cayeron, como pequeñas gotas congeladas en el tiempo y el espacio, sobre su rostro. Y me quedé ahí, inmóvil, abrazando a la única persona que tenía el poder de hacer arder mi corazón.

Me tambaleé con ella en brazos, mientras la nieve caía sin tregua. Pronto no seríamos más que un recuerdo.

La muerte es un suceso irreversible, y en ocasiones llega sin previo aviso. Apreté los dientes con fuerza, pero no sería hoy, no ella.

Logramos llegar hasta la roca con la marca roja. Pulsé la marca con dificultad y la roca se deslizó hacia la derecha.

Entré como una exhalación, el lugar era demasiado opulento, digno de Lydia y su familia.

Todo estaba lujosamente decorado en madera y oro. Dejé a Emma sobre el enorme sofá de cuero negro del salón.

—Por favor, Emma —supliqué.

Abrí mi mochila y saqué la bengala. Rika me miró.

—Espera, Adam. Déjame a mí —exclamó la gata, saltando sobre el estómago de Emma.

—Aparta tus sucias zarpas de ella.

—Trato de salvarla la vida. No me hagas perder más tiempo, humano —exclamó Rika.




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