TACTO.
Del latín tactus. Sentido mediante el cual un organismo percibe el contacto con otro.
<<Para mí nunca fue un sentido. Fue una condena.>>
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Son las cuatro y diecisiete de la mañana. El reloj de la pared lo marca con una lentitud insoportable, como si disfrutara recordándome que llevo despierto desde las dos y once. Hace años dejé de preguntarme por qué el sueño me abandonó. El insomnio dejó de ser un trastorno; ahora es simplemente otra forma de existir.
A esta hora, el Instituto Saint Aurelius todavía duerme.
Los pasillos permanecen vacíos. No hay médicos apresurados con vasos de café entre las manos, ni pacientes incapaces de escapar de sus pesadillas. Solo el zumbido constante de las luces fluorescentes y el golpeteo incesante de la lluvia contra los ventanales. Me gusta ese sonido. Es limpio. No pertenece a nadie. La lluvia nunca guarda recuerdos.
Estoy sentado en el rincón más apartado de la biblioteca, junto a la ventana del fondo. El sofá de cuero tiene una grieta en el apoyabrazos izquierdo que conozco de memoria. Supongo que todos necesitamos algo que permanezca igual con el paso del tiempo.
En mis manos descansa un ejemplar desgastado de Meditaciones, de Marco Aurelio. Las esquinas están dobladas y varias páginas amenazan con desprenderse del lomo. Lo he leído tantas veces que ya no necesito seguir las palabras con la vista. Aun así, vuelvo a empezar desde el principio.
No leo para aprender.
Leo para recordar.
Mi memoria se ha convertido en un lugar extraño. Hay nombres que desaparecen sin previo aviso, fechas que se desvanecen y momentos de mi propia vida que ya no consigo reconstruir por completo. En cambio, soy incapaz de olvidar aquello que nunca viví.
Es irónico.
Olvido quién soy mientras recuerdo con absoluta claridad la vida de los demás.
Paso la página con cuidado.
Cuatro segundos.
Respiro.
Otros cuatro.
Ese ritmo mantiene el ruido bajo control.
Hasta que unos pasos rompen el silencio.
No levanto la vista. No hace falta. Son inseguros. Lentos. Demasiado vacilantes para pertenecer a alguien que conozca este lugar.
Alguien nuevo.
Percibo un perfume dulce antes de escuchar su voz.
— ¿Señor Hale?
No respondo.
La mayoría aprende rápido que no disfruto de las conversaciones.
— Disculpe… soy nueva. Solo quería preguntarle si la sala de…
Su voz se interrumpe. Debe de haber pensado que no la escuché, porque se acerca un poco más.
Un paso.
Luego otro.
Hasta que ocurre.
Un contacto.
Apenas un roce sobre la piel desnuda de mi cuello.
El mundo desaparece.
Estoy en una cocina que no conozco. El reloj del microondas marca las once y cuarenta y tres de la noche. Hay una taza de café frío sobre la encimera y una llamada perdida de “Mamá” iluminando la pantalla de un teléfono. Tengo un nudo en la garganta. Quiero llorar, pero llevo días diciéndome que no puedo hacerlo. Si pierdo este trabajo, no podré pagar el tratamiento de mi madre. No soy suficiente. Nunca lo he sido.
No.
Esos pensamientos no son míos.
Nunca lo son.
El miedo me atraviesa con una fuerza brutal. Me pertenece durante un instante. Lo siento en el pecho, en la garganta, en las manos. Es tan real que olvido dónde termina ella y dónde empiezo yo.
Entonces regreso.
El golpe contra la realidad siempre duele más.
El libro resbala entre mis dedos y cae al suelo. El aire abandona mis pulmones de golpe. Una punzada me atraviesa la cabeza y la presión detrás de los ojos anuncia lo inevitable.
La sangre empieza a descender lentamente por mi nariz.
— ¡Dios mío! — escucho decir a la enfermera —. ¿Se encuentra bien?
Retrocede un paso.
Tiene miedo.
Ahora ese miedo también es mío.
Permanezco inmóvil unos segundos, respirando con dificultad, hasta conseguir separar su angustia de la mía. Nunca resulta fácil. A veces pasan minutos. Otras veces, horas.
Me limpio la sangre con el dorso del guante.
Recojo el libro del suelo.
Solo entonces levanto la vista hacia ella.
Es joven. Quizá veintitrés o veinticuatro años. Está pálida. Sus ojos buscan una explicación que no voy a darle.
— Lo siento muchísimo — susurra —. Yo solo…
— No vuelva a tocarme.
No alzo la voz.
No hace falta.
No es una amenaza.
Es una súplica que he repetido tantas veces que terminó sonando como una norma.
La enfermera asiente de inmediato, incapaz de sostenerme la mirada.
La dejo atrás sin añadir una sola palabra.
El pasillo continúa vacío. La lluvia sigue cayendo con la misma calma de siempre, como si nada hubiera ocurrido. Camino despacio hacia mi habitación mientras la migraña se instala detrás de mis ojos y un recuerdo ajeno encuentra un lugar entre los pocos que todavía conservo.
Cada contacto deja algo.
Una emoción.
Un miedo.
Una pérdida.
Un fragmento de una vida que nunca me perteneció.
Y cada uno de esos fragmentos ocupa un espacio donde antes había algo mío.
Ya no recuerdo cuál fue el rostro de la primera persona que amé.
No recuerdo la última vez que dormí sin pesadillas.
Hay días en los que incluso mi propia infancia se siente como el recuerdo de un desconocido.
Cada contacto roba una parte de mí.
Y algún día… cuando ya no quede nada, nadie recordará que alguna vez existí.
Mi nombre es Silas Hale.
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